El viejo Almacén. BsAs

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

Entrada destacada

Teorías del valor y la distribución una comparacion entre clásicos y neoclásicos

Fabio PETRI   Esta obra, traducida por UNM Editora, ha sido originalmente editada en Italia con el título: “Teorie del valore e del...

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31 may 2020

Santiago Gahn: "Nuestra estructura productiva no genera los bienes de capital necesarios para crecer



Santiago Gahn está viviendo en Italia desde octubre de 2017, cuando viajó para cursar el doctorado en Economía Política en la Università Roma Tre. Previamente había realizado una maestría en Desarrollo Económico en el Instituto de Altos Estudios Sociales (Idaes), de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), y había estudiado Economía en la Universidad de La Plata. 

- ¿Cómo ve la situación mundial con la irrupción del coronavirus?
-Lo veo como una gran caída en la demanda, porque la gente no puede salir y consumir. Esto hace que caigan los niveles de actividad y la inversión. Y hay un montón de empresas que, si el Estado no las mantiene, van a cerrar. Entonces, nos vamos a encontrar con gente que no tendrá más trabajo. La tasa de desocupación y las tasas de pobreza y de indigencia van a aumentar mucho. Acá se suma también el tema de la restricción del sector de la salud: si hay 50 camas para internar a las personas y ya están cubiertas, no se puede seguir abriendo la economía, porque habrá gente que se va a contagiar y se quedará sin cama. Entonces, hay que adecuar la restricción económica a la cantidad de camas disponibles. Creo que el Estado tiene la capacidad de financiar a las empresas y a las personas para que se queden en la casa sin generar ninguna actividad. Dado que el gasto es el que genera la circulación de dinero y el crecimiento económico, no hay que producir primero, sino que primero se necesita el gasto. De hecho, hay personas que se dan cuenta de que pueden vivir sin trabajar, porque pueden llegar a estar seis meses cobrando un sueldo del Estado. Si el Estado tiene la decisión política de hacerlo, lo puede financiar. 

-¿Cuánto tiempo puede el Estado financiar esta situación? ¿Cuál es el límite, por ejemplo, en un país como la Argentina, que tiene menos herramientas fiscales y de endeudamiento?
-En la Argentina la restricción es el sector externo, la falta dólares. La restricción del sistema de salud está, pero la segunda restricción que sigue es la de los dólares. No veo que haya una restricción fiscal. De hecho, el Gobierno puede financiar el déficit todo lo que quiera. Es un decisión política. 

-¿No hay un límite de tiempo para mantener la economía cerrada y que el Estado financie los pagos con emisión? 
No veo que haya límites temporales, más que la decisión política. Doy como ejemplo el caso de Inglaterra, donde hubo un conflicto con el presidente del Banco Central, quien dijo que no quería financiar al Tesoro porque decía que eso era inflacionario, que iba a generar falta de credibilidad de la autoridad monetaria y que no iba a ser más independiente. El discurso que escuchamos siempre. Y el Tesoro le dijo que igual debía financiar todo lo que ellos necesitaban. El Banco Central tuvo que acceder. Para ellos, la decisión de abrir o no la economía es un decisión política, además de que el sistema de salud cuenta con una restricción de oferta. Inglaterra es un país que emite moneda internacional y no tiene ningún tipo de límite. Nosotros tenemos dos restricciones: la del sistema de salud y la externa, que es la falta de dólares. Este año, igual, no veo que haya una escasez de dólares. Hay un problema financiero con la política monetaria, con el tema del tipo de cambio paralelo pero, en principio, la gente no se va a ir de viaje, no habrá turismo y ahí hay miles de millones de dólares que nos vamos a ahorrar. Además, las importaciones se van a destruir, van a caer muchísimo por la caída en la actividad. Los empresarios no van a invertir porque no hay demanda, y esas máquinas que antes se traían de otros países, no se van a traer. 

-Está también el problema de la brecha cambiaria, por la diferencia de precios entre el dólar oficial y los paralelos. ¿Cómo puede afectar eso?
-Una forma de reducir la brecha es aumentando la tasa de interés, para intentar que la gente ahorre en pesos y no compre dólares de manera compulsiva. Creo que fue lo que intentaron hacer en las últimas semanas, con el aumento de la tasa de los plazos fijos. 

-¿Se puede por un lado subir la tasa para que la gente ahorre en pesos y, al mismo tiempo, pedirle a los bancos que bajen las tasas para dar créditos?
-Se puede trabajar con el subsidio al crédito como políticas puntuales. Yo soy más de los que piensan que es mejor tener la tasa de interés alta y que la gente ahorre en pesos. Además, el crédito es endógeno a la actividad. Si la actividad cae, porque están cayendo las exportaciones o el gasto público, el crédito va a caer. No se le puede pedir a los bancos que empujen la cuerda. Habría que subir la tasa de interés para que la gente se quede en pesos, y aumentar el gasto público para que la rueda empiece a girar de nuevo. Los bancos son agentes bastantes pasivos en la parte de créditos productivos. 

-La inflación hoy no es un problema, pero ¿cómo ves la situación cuando lo peor ya haya pasado y volvamos a la normalidad?
-La Argentina tiene una historia inflacionaria histórica, de muy largo plazo. El único momento en el cual no tuvimos fue en los 90, con el sistema del uno a uno. Hubo dos cosas en esa época: la fijación del tipo de cambio y el desarme de los sindicatos. Por lo tanto, las causas principales de la inflación en la Argentina son dos: la fluctuación del tipo de cambio y la puja distributiva. La inflación en los últimos años empezó a estar en el orden de 20% esto a partir de 2007 y 2008, cuando hubo un incremento impresionante de los precios internacionales de la comida. El gobierno de entonces quiso poner retenciones y no pudo, pero era una manera de gestionar ese conflicto. Recuerdo que Hugo Moyano decía: "Voy a pedir de incremento salarial lo que aumente el changuito en el supermercado". Como tenemos una historia de densidad sindical muy fuerte y muy interesante, creo que esto también colabora con el problema inflacionario. Pero no es que hay que ver a los sindicatos como si fueran dañinos, porque es una lectura sesgada. La realidad histórica argentina es que también, gracias a esos sindicatos, los niveles de vida de la gente que trabaja ha sido más alto en comparación con los del resto de América Latina. Con la cuestión del tipo de cambio, es más fácil controlarlo, ya que el Banco Central puede vender futuros e intervenir para estabilizarlo. Pero la puja redistributiva es un tema más político. Nadie quiere resignar sus ingresos. 

-Pero también es difícil tener un Banco Central activo cuando hay cada vez menos dólares y caen las reservas. ¿Cómo ve el tema de deuda en esta situación?
-Las reservas son el arma del Banco Central, son la manera de defenderse frente a los ataques especulativos y de cuidar el tipo de cambio. Hay que tratar de evitar la pérdida de reservas. Con el tema de la deuda, no estoy tan informado en detalle, pero es muy importante que haya un acuerdo, porque la Argentina siempre necesita dólares. Tenemos una estructura productiva que no produce los bienes de capital necesarios para seguir creciendo. Por eso necesitamos los dólares para importar. Desde 1975 fuimos perdiendo nuestra capacidad productiva. Uno entiende la puja distributiva que hay a través de eso: el peso de los rentistas agrarios contra los industrialistas. Es una discusión que la Argentina no saldó nunca, todavía estamos discutiendo las retenciones y si hacer o no política industrial. Es una discusión que el mundo ya la saldó hace rato en favor de la industria. 

-¿Con la aparición de los servicios, no entra un tercer jugador: industria, campo y servicios?
-Los servicios son importantes, pero tienen a las industrias atrás. Por ejemplo, para todo lo que sea internet hay que construir redes de infraestructura para tener servidores. 

-¿Pero eso no se puede tercerizar?
-Sí, pero lo necesitan. Los servidores están en Estados Unidos, no puede haber uno en la Argentina donde se corta la luz cada 10 minutos. 

-Pero las empresas argentinas como Globant y Despegar tienen a la mayoría de sus empleados brindando servicios. Por eso pareciera que ya hay un tercer jugador.
-Sí, hay una tendencia a que los servicios participen más en el producto, pero esos servicios no existirían si no está la industria atrás. Por ejemplo, Despegar, si no está la industria del turismo, que implica tener aviones, no existiría. Los servicios están, pero son un eslabón final de algo que está atrás. 

-Escribió bastante sobre la cuestión del déficit fiscal. ¿Se puede tener siempre más gastos que ingresos?
-Si hay un Banco Central que emite moneda propia, no veo cuál puede ser el límite. Mi tesis es que el ajuste en las cantidades es mucho más potente que el ajuste en precios. Cuando se aumenta la demanda, ya sea por gasto público o porque aumentan las exportaciones, la capacidad productiva se adecua a esa nueva demanda esperada. Es muy flexible. En la teoría tradicional, neoclásica, se espera que si aumenta la demanda con déficit fiscal, debería subir la inflación. En realidad no es así porque las empresas compiten entre ellas, por eso el ajuste de precios es cero, ajustan por cantidades. Por ejemplo, el gobierno quiere comprar ambulancias y la utilización de las plantas automotrices crece ante la mayor demanda. Y si la demanda se sostiene, van a decidir abrir otra planta, porque si no lo hacen ellos, lo hará otra empresa. La manera de defender su negocio es invirtiendo. Ante cada aumento de demanda, o aparecen nuevas firmas o las que están, expande sus plantas. Pero, porque tenemos problemas en nuestra estructura productiva y no producimos los bienes de capital, hay que comprarlos con dólares. Entonces, la empresa automotriz le comprará al Banco Central los dólares para importar maquinaria, porque los otros países no van a aceptar pesos. El límite que hay es de escasez de dólares. ¿Por qué cuando se abre una planta automotriz se necesitan tantos dólares? Esa es la pregunta principal. ¿Por qué las máquinas no se producen en la Argentina? En algún momento se produjeron. Pero desde 1975 para acá, todos los gobiernos fueron integrando la industria de bienes de capital nacional, y nos hicimos más dependientes del resto del mundo, pero no de una forma positiva. En nuestro caso, fue de manera negativa, porque cada vez que crecemos, necesitamos más dólares y eso nos limita porque tenemos escasez. 

Fuente: La Nación
 

7 feb 2019

El “populismo” y la restricción externa


  


Por Fabián Amico y Mariano de Miguel


En el análisis de las cuentas externas de Argentina y los resultados de su balanza de pagos, es habitual deducir de una proposición primaria contable, proposiciones secundarias que refieren a relaciones de comportamiento que adolecen de sustento lógico fuera de determinados supuestos que la evidencia no parece confirmar.

La proposición verdadera reza así. “Un déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos expresa necesariamente un exceso del gasto sobre la producción interna”. Esta proposición es incontrovertible desde el punto de vista contable en la medida en que el gasto bruto interno es la suma de los gastos en consumo privado y público, la inversión y las exportaciones netas de importaciones. Si esta última resta es negativa, el gasto interno en consumo (privado y público) e inversión debe superar a la producción (efectiva) interna de bienes y servicios. Si suponemos, para simplificar, que la cuenta corriente de la balanza de pagos solo registra transacciones en la balanza comercial, el saldo negativo de esta última se corresponde con un déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos.

Pero de la anterior proposición suelen, como dijimos, derivarse otras a modo de corolario, sobre la base de los cuales se sacan conclusiones que validan interpretaciones controvertidas. Veamos esto un poco más de cerca.

Cuando existe un déficit en la balanza comercial, el gasto es mayor que el producto, esto es, el país gasta más de lo que produce. Por otro lado, cuando la balanza comercial es positiva (es decir, las exportaciones son mayores que las importaciones), tenemos un exceso de producto sobre el gasto.

Sin embargo, de ello no se infiere, en ningún caso, que la economía esté operando en el nivel de pleno empleo de los “factores” y que, por ende, no pueda ampliar su producción. Lo único que indica aquel déficit externo es que la economía no logra generar todas las divisas que el crecimiento requiere.

Ello puede deberse a cuestiones estructurales vinculadas al comercio exterior, y no a un “exceso de gasto” sobre las posibilidades potenciales de producción domésticas. Es decir, la economía puede contar con abundantes recursos ociosos (muy bajos niveles de utilización de la capacidad productiva, alto desempleo) y aun así tener un déficit externo creciente. Dicho de otro modo, el déficit externo no es el resultado de la pretensión de “vivir por encima de los propios medios”.

En el supuesto de pleno empleo, el déficit externo se debe forzosamente a un exceso de gasto sobre la producción potencial interna. En esta hipótesis, el exceso de gasto puede deberse a que el consumo, la inversión o el gasto público (componentes internos) son muy altos en relación con el producto potencial. Paradójicamente, puede ocurrir que, si la economía está en pleno empleo, un exceso de gasto puede provenir del aumento de las exportaciones (ya que la economía no puede producir más).

Curiosamente, el diagnóstico habitual siempre asume que el “exceso” proviene del gasto público y el déficit fiscal, aun cuando la economía muestre claramente la existencia de abundantes recursos ociosos. El diagnóstico subraya además que existiría un “consumo excesivo”, es decir, insostenible, asociado a una política de sesgo populista. En particular, se supone que los gobiernos populistas, a los efectos de acumular poder electoral, y sin preocuparse por sentar las bases para el crecimiento de largo plazo, fomentan el consumo “artificialmente” mediante alzas “arbitrarias” de salarios, aumentos de las jubilaciones y transferencias sociales, apreciación cambiaria o subsidios a las tarifas. Estas políticas expanden la demanda de consumo, generando inflación y aumento de las importaciones. Luego, más inflación supone un tipo de cambio real más apreciado, lo que refuerza la tendencia al déficit externo.

En algún punto, sea por reversión de los términos de intercambio o porque los mercados internacionales de crédito racionan los préstamos, la “fiesta” no puede seguir financiándose y sobreviene el ineludible ajuste interno, que comienza necesariamente por el déficit fiscal y el gasto público. Así, en este enfoque se considera que una crisis de balanza de pagos es la manifestación de un exceso de gasto interno (usualmente fiscal), en línea con la hipótesis de los “déficits gemelos”. De modo que no existe realmente una restricción externa al crecimiento en este enfoque.

Sin embargo, si se suprime el supuesto de pleno empleo, todo el análisis previo cambia sustancialmente. El gasto interno (consumo, inversión y gasto público), aunque crezca en niveles bien por debajo del pleno empleo, puede generar un volumen de importaciones que resulte incompatible con la base exportadora del país.

En este caso, el país está viviendo por debajo (y no por encima) de sus posibilidades potenciales a causa de una escasez relativa de divisas. Basta con que los precios internacionales de (o la demanda por) sus exportaciones aumenten, para que el país reanude el proceso de crecimiento sin problemas, sencillamente porque ahora cuenta con más divisas.

En los hechos, se redujeron los déficits gemelos aumentando la subutilización de recursos, cada vez más lejos del pleno empleo, y sin perspectivas ciertas de comenzar alguna recuperación, todo lo que desenvuelve un escenario dramático e insostenible en el mediano plazo.

Por ello, es vital cambiar el diagnóstico y las políticas. El déficit externo (verdadera restricción) no expresa el sesgo populista de la política económica sino la dependencia tecnológica y comercial del país (su necesidad de importar crecientes cantidades de insumos y bienes de capital cuando crece) y el hecho obvio, pero crucial, de que no emite la moneda internacional de reserva.

Si se sigue considerando que el déficit externo es simplemente la manifestación de un desequilibrio doméstico (es decir, un “exceso de gasto” en una economía que fluctúa en torno al pleno empleo) la solución seguirá siendo la misma: dolorosa e inútil.

Si, por el contrario, el déficit externo es una restricción que comprime las posibilidades de crecimiento y fuerza a tener más desempleo y recursos ociosos, entonces el diagnóstico anterior no solo no resuelve el problema, sino que lo agudiza. El problema real es desplazar la restricción externa, en vez de adaptarse recesivamente a ella.

23 jul 2018

Matias Vernengo sobre la Argentina (audio)

 
 

 
 
"Los países que les ha ido bien son Estados desarrollistas. En Argentina debemos economizar los dólares que tenemos, hacer sustitución de importaciones y es necesario algún tipo de control de divisa. Los dólares son escasos".

"No sé cómo se sale de este momento ¿más retenciones, cepo otra vez, que los exportadores entreguen sus dólares? Los mercados no reaccionarían bien; esto no es 2001 pero es una crisis importante, y en solo 2 años y medio de mandato. 

"Hay situaciones de crisis en las que el FMI permite controles de capitales, pero esta posición muy dura del Gobierno tiene que ver con quiénes quieren quedar bien. El próximo año será muy dura la elección, con conflicto social en la calle".
 

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13 sept 2015

“Si no se transforma la estructura productiva, el crecimiento se frena”

Primera parte de la entrevista al economista Claudio Scaletta, uno de los intérpretes más claros y lúcidos de la macroeconomía local, para pensar la economía que se va y comenzar a debatir la que viene.  


Claudio2

 ¿Qué balance general hace en materia económica sobre los 12 años de gobiernos kirchneristas?

Claudio Scaletta: Un largo período de crecimiento con inclusión, desde 2003 a 2008 por lo menos, luego un freno por la crisis internacional y vuelta a la recuperación del crecimiento hasta 2011, y los últimos 4 años de freno relativo provocado fundamentalmente por la reaparición de la restricción externa o escasez relativa de dólares. El hilo conductor fue, la mayor parte del tiempo, el énfasis en sostener la demanda agregada, lo que es lo mismo que decir el ingreso de los trabajadores y el consumo, es decir el bienestar de la mayorías. Cualquier balance debe incorporar el punto de partida, porque todo esto se logró en paralelo a un profundo proceso de desendeudamiento que dejó a la deuda pública en divisas por debajo del 10 por ciento del PIB, un gran activo para los herederos. La gran batalla cultural fue terminar con las políticas ofertistas y la teoría del derrame, el ajuste sacrificial del salario en función de las promesas de inversión, con el paraíso siempre en el futuro, y pasar a las del crecimiento sostenido por la demanda. Todo esto se dice fácil, pero supuso un fuerte enfrentamiento con muchos sectores del poder económico local y global. Esto es lo que más o menos sabemos todos, luego existió un factor, que no suele ser muy tratado, que es el rol del Estado y que me gustaría destacar porque es muy importante mirando hacia el futuro.

 El kirchnerismo no creyó en el Estado desde el minuto cero. Se me ocurren varias razones, primero porque en 2003 estaba destruido como aparato, pero además porque todavía era fuerte la herencia que no comulgaba con la intervención directa en sectores clave de la economía. Por eso, al margen de la necesidad de acumulación política previa que demandan algunas transformaciones, no hubo voluntad de recuperar el sistema previsional desde el primer día y en materia de infraestructura y transporte, por ejemplo, la mecánica fue durante demasiados años la renovación de concesiones. La intervención directa, como en ferrocarriles y energía, fue hija de la necesidad. Esto es clave porque la diferencia entre crecimiento y desarrollo es la transformación de la estructura productiva. Cuando el Estado retoma, vía la participación accionaria en YPF, el control del sector energético comienza en forma embrionaria un verdadero proceso de desarrollo, porque se aumentan las inversiones sectoriales y la producción y se sustituyen importaciones. También sirven como ejemplo los casos de Aerolíneas Argentinas y los ferrocarriles, mientras se insistió con la gestión privada la cosa no funcionó. Piensen también todo lo que se pudo hacer a partir de la recuperación del sistema previsional, desde el financiamiento de centrales nucleares a la AUH, el ProCrear y la mayor inclusión en el sistema, lo que al mismo tiempo también fue volcar más recursos a la demanda.
"La gran batalla cultural fue terminar con las políticas ofertistas y la teoría del derrame, el ajuste sacrificial del salario en función de las promesas de inversión, con el paraíso siempre en el futuro, y pasar a las del crecimiento sostenido por la demanda"

 ¿Cuáles piensa usted que son los puntos que requieren una pronta intervención en la economía argentina?

Claudio Scaletta: Creo que la sola idea de “puntos” es complicada. Para que se tomen determinadas medidas el poder económico tiene primero que ponerlas en la agenda pública. Los tiempos electorales son el momento en que esto es más evidente. Así, por ejemplo, nos dicen que el problema es el déficit fiscal, las tarifas, la inflación, el arreglo con los buitres, el mal llamado cepo, pero en la realidad ninguno de esos puntos es una causa de nada, son todos efectos. Confundir causa y efecto es un problema grave para el analista de cualquier cosa, pero imagínense en economía donde la mala praxis se traduce en el malestar de millones de personas. Tomemos el ejemplo del déficit fiscal que es, en la superficie, “el punto” que más obsesiona a los economistas ortodoxos. Miremos por un momento Brasil, ya que el único laboratorio que tenemos en economía no son las ecuaciones y los modelos, que son más que nada para proyectar y jugar, sino la realidad. Allí el PT, después de ganar las elecciones inició un proceso de ajuste del gasto con el argumento de la existencia de déficit. Acotemos que al ajustar el gasto lo primero que cae es la inversión pública, que es crecimiento futuro, ya que los gastos corrientes suelen ser bastante inelásticos. El resultado fue el de manual: la economía se contrajo y ahora el déficit es todavía mayor. 

¿Qué nos dice esto? Que la única manera de reducir un déficit es mediante el crecimiento, no con la reducción del gasto. Esto no quiere decir que no importa gastar cualquier cosa en cualquier momento sin ton ni son, de lo que se trata es de entender cómo funcionan los procesos económicos, de razonar como economistas, no como contadores, dicho con todo respeto hacia los colegas, pero la economía de un país no es como la de una empresa o, como suele argumentarse, como la de una familia. Si quiero reducir el gasto primero tengo que crecer, al revés no funciona en ningún lado. Traslademos ahora esto a la Argentina, donde muchos economistas tienen a la reducción del gasto como tic nervioso. ¿Qué hubiese pasado si en un contexto de contracción internacional, con caída de precios, el gobierno hubiese empezado a gastar menos a partir de 2011? Hoy tendríamos recesión y, en consecuencia, a pesar del sufrimiento innecesario, todavía más déficit. No es que los ortodoxos sean todos brutos y desconozcan estas relaciones, pasa que en realidad quieren otra cosa: bajar salarios y disciplinar a la mano de obra, un proceso que fue estudiado en la década del 50 del siglo pasado por el gran economista polaco Michal Kalecki. Lo mismo podemos decir de la inflación, que hasta 2012-13 fue fundamentalmente por puja distributiva y después fundamentalmente cambiaria. Para no irme por las ramas, los problemas no son puntos a abordar, sino procesos económicos, ir de las causas a los efectos y no al revés. Y la “gran causa” en nuestra economía no nos demanda descubrir la pólvora o tener una capacidad analítica especial. Basta con leer, porque es algo que los macroeconomistas argentinos ya estudiaron desde la década del ’60 del siglo pasado: la restricción externa. Este es el tamiz por el que debe pasar cualquier medida económica puntual, lo que permite o no la expansión del mercado interno y los salarios.
"Los problemas no son puntos a abordar, sino procesos económicos, ir de las causas a los efectos y no al revés. Y la “gran causa” en nuestra economía no nos demanda descubrir la pólvora o tener una capacidad analítica especial. Basta con leer, porque es algo que los macroeconomistas argentinos ya estudiaron desde la década del ’60 del siglo pasado: la restricción externa"

¿Qué desafíos de fondo tiene el próximo gobierno en materia económica?

Claudio Scaletta: El principal desafío es poner en marcha un proceso de desarrollo estructural que permita superar la restricción externa en el mediano plazo, lo que quiere decir que en el corto plazo se necesitará algo de financiamiento externo. Esta es otra de esas cosas que son bastante obvias y fáciles de decir, pero tremendamente complejas a la hora de ejecutar. Pero por qué nos vamos a inhibir nosotros de decir cosas fáciles si los ortodoxos nos cuentan todo el tiempo el cuentito de que tenemos que bajar el gasto, luego la emisión, con eso la inflación y entonces llega la confianza de los mercados y adviene el mundo feliz. Necesitamos profundizar un proceso que sustituya importaciones, que agregue valor local a las exportaciones, aleje la restricción externa y, con los dólares en el bolsillo, posibilite la continuidad de la expansión del mercado interno. La tarea supone inevitablemente un plan de desarrollo explícito, con definiciones sectoriales, mirando la matriz insumo producto para reforzar los eslabonamientos y gastar los dólares en el lugar preciso, una banca de desarrollo, inversión en infraestructura, elegir sectores y actores, un conjunto de acciones que sólo pueden llevarse adelante si al mismo tiempo se mantiene lo que se llama “una macroeconomía para el desarrollo”, lo que no es otra cosa que sostener la demanda.
Necesitamos profundizar un proceso que sustituya importaciones, que agregue valor local a las exportaciones, aleje la restricción externa y, con los dólares en el bolsillo, posibilite la continuidad de la expansión del mercado interno

 ¿Qué evaluación hace de la política de desarrollo industrial aplicada durante los últimos doce años?

Claudio Scaletta: No soy un especialista en industria. En general estoy mirando la macroeconomía y lo industrial salta cuando es un problema, por ejemplo, cuando genera déficit de divisas. Igual hay dos cosas para decir, la primera puede sonar un poco fuerte. No estoy muy seguro que haya existido algo así como “una política de desarrollo industrial”. Sí existió una vocación industrialista que se expresó fundamentalmente en la política comercial y arancelaria, en la protección del mercado interno, que no es poco pensando que veníamos de un cuarto de siglo de ortodoxia, pero no hubo mucho más salvo esfuerzos aislados. Se me ocurren algunos, como la recuperación de astilleros o la fábrica de aviones de Córdoba, también los millones que insume el régimen fueguino, que es preexistente, pero no veo que haya existido una política integral, que dicho sea de paso es una de las condiciones para el desarrollo. Digo, creció la fabricación de autos, la metalmecánica, los plásticos, la maquinaria agrícola, pero no por una política específicamente industrial, sino porque creció la economía, en parte gracias a la protección y los aranceles, pero no hubo cambio estructural, seguimos exportando e importando más o menos los mismos productos que hace una década. Aquí el dato a tener en cuenta es que cuando el PIB crece un punto, las importaciones industriales crecen 2,5 puntos. La segunda cuestión que quiero destacar es que la industria no debería pensarse como un fin en sí mismo, sino como un medio. El fin es que crezca el salario y la inclusión y para ello necesitamos una industria que sustituya y exporte porque si no lo hace aparece la escasez de dólares y no podemos seguir expandiendo el mercado interno.
"No estoy muy seguro que haya existido algo así como “una política de desarrollo industrial”. Sí existió una vocación industrialista que se expresó fundamentalmente en la política comercial y arancelaria, en la protección del mercado interno, que no es poco pensando que veníamos de un cuarto de siglo de ortodoxia, pero no hubo mucho más salvo esfuerzos aislados"

 ¿Pero cuáles son los casos más importantes a destacar positiva y negativamente, y cuáles los principales errores cometidos?

Claudio Scaletta: Lo positivo, insisto, más que los casos puntuales, fue tener una macroeconomía para el desarrollo, sostener en todo momento la demanda agregada y proteger el mercado interno y la producción nacional. A lo mejor a quien no está pensando los temas económicos cotidianamente esto le parece una vaguedad, algo que no tiene que ver directamente con la industria, pero es absolutamente clave. Durante décadas la ortodoxia y los medios de comunicación bombardearon a la población con la idea de que las empresas invierten si se generan las condiciones para la inversión, algo con lo que es imposible no estar de acuerdo en general, pero para el mainstream esas condiciones son todas “por el lado de la oferta”, bajos impuestos, flexibilidad laboral, apertura económica, políticas pro mercado. Sin embargo, los empresarios invierten cuando tienen la certeza de que se venderá lo que se va a producir, y eso ocurre primero cuando se tiene un mercado interno fuerte. Ahora, si hay que buscar ejemplos negativos concretos hay pocas dudas de que a la cabeza de la lista se encuentra el régimen fueguino. ¿Por qué? La promoción industrial es una política que en términos neoclásicos supone un montón de “distorsiones”, se hacen transferencias a sectores particulares, se alteran precios relativos, es casi inevitable alguna discrecionalidad, todo lo que los manuales de macroeconomía con los que estudiábamos en los ’90 enseñaban como malo. Por lo tanto hacer malas políticas heterodoxas es darle pasto a las fieras, a los enemigos de la promoción. En la vereda de enfrente aparece una idea generalizada que afirma que todo vale cuando se hace política industrial, que ninguna “distorsión” importa porque se trata de un objetivo superior. Yo también lo creo, pero agregaría que si desde el Estado voy a beneficiar a algún sector, tengo que preguntarme también a cambio de qué y durante cuánto tiempo. En Tierra del Fuego el costo anual por cada trabajador empleado será en 2015 de dos millones de pesos. Y el régimen viene desde los ’70. A eso hay que sumarle que nunca será competitivo frente a las empresas globales gigantescas que hoy lideran el mercado mundial de la electrónica de consumo, que importar las piezas que se ensamblan es más caro que hacerlo con el producto terminado, porque las empresas globales no tienen interés en que se ensamble en otras partes. Y por último, lo más importante, es que si desaparecieran las subvenciones, las transferencias, la protección de mercado y los impuestos especiales, desaparecería también la producción fueguina. Si es sólo como política regional es carísima, ineficiente e insustentable. Hay que hacer política industrial y regional, pero con otros criterios. Quiero decir, si después de 40 años de promoción sólo tenemos ensambladoras hay algo que no funciona y debe reformularse.

Original: ABC
Segunda Parte 


15 jun 2015

Superar el estancamiento



Por Diego Coatz * y Fernando Grasso **

La economía argentina transita un camino de relativa estabilidad. Esto reviste dos activos valiosos respecto de procesos anteriores: el país no vivirá ninguna situación de crisis política y, al haberse contenido las tensiones “explosivas” que se avizoraban en diversos planos, tampoco económica. Sin embargo, en sus fundamentos, el esquema macro y la economía en general aún conservan profundos desafíos que deberán atenderse de manera integral en el futuro más próximo.

La agenda del desarrollo es más compleja, requerirá definiciones estratégicas y esfuerzos de envergadura, entre ellos, cómo seguir industrializando la economía de un modo competitivo e insertado internacionalmente. Esto implica avanzar contundentemente sobre las brechas de productividad y, también, las vinculadas a los factores que determinan las relaciones de precio-calidad. Cualquier proyecto que no incorpore un plan en este sentido podrá mostrar algunos resultados positivos por un tiempo, pero nunca nos conducirá al desarrollo. La industria argentina, que recién en 2011 había recuperado el nivel de producción per cápita del año 1974 a partir de incrementos formidables en el nivel producción, productividad, inversión, salario real y empleo entre el año 2002-2011, ingresó a un terreno de menor desempeño en los últimos años. Desde entonces, los resultados fueron discretos. Aun cuando se observa cierta estabilización en los últimos meses, la actividad describe actualmente una trayectoria de relativo estancamiento. En estos últimos años, el producto industrial se retrajo en algo más de un 1 por ciento, lo que equivale a una caída superior al 4 por ciento medido per cápita.

Producto de la aparición de la restricción externa (escasez de divisas), existen mayores dificultades para expandir la demanda interna a partir de mejoras sustanciales en el poder adquisitivo de los salarios y/o la ampliación de las escalas de consumo que derivan de mayores niveles de empleo, la inclusión social de sectores marginados, la extensión de coberturas previsionales, etc. Por su parte, el menor desempeño de Brasil y la región, especialmente en países que son destino mayoritario de nuestras exportaciones industriales, impacta negativamente sobre la demanda externa y, en algunos casos, se agrava por problemas asociados a la competitividad-precio de nuestra producción. Este escenario se agudiza con la caída en el precio internacional de varios commodities que exportamos, especialmente los del complejo oleaginoso, pero también de productos vinculados a las economías regionales.

En un libro que hemos lanzado recientemente junto a Bernardo Kosacoff (La Argentina estructural) se abordan estas cuestiones con el objetivo de aportar al debate sobre el desarrollo económico y social. Lo que ocurra a partir del año próximo dependerá en gran medida de la capacidad de generación de divisas de un modo genuino, compatible con el sendero de expansión de nuestras capacidades productivas y sin acudir al endeudamiento externo cómo único instrumento. El desarrollo es una experiencia nacional, única e irrepetible. Cada país debe seguir su propio camino según su derrotero histórico y sus posibilidades. Un país como la Argentina debería buscar su especificidad productiva y socioeconómica entre las experiencias de Corea del Sur, algunos países europeos y las transitadas por países abundantes en recursos naturales como Australia, Noruega o Nueva Zelanda (que lo son más que la Argentina en términos relativos). La articulación profunda de los sectores intensivos en recursos naturales y los de mayor valor agregado, intensivos en mano de obra y tecnología, constituye un camino posible. Construir capacidades tecnológicas en sectores industriales pero también en aquellos que no lo son tradicionalmente (biotecnología, servicios como el software y desarrollos vinculados a la electrónica) nos ayudaría a apuntalar el crecimiento de largo plazo.

Pensar una estrategia de este tipo requiere de fuertes consensos internos para dar la discusión en el plano internacional, donde nadie regala espacios para el desarrollo. El rol de las compras públicas, una política comercial activa, inteligente y sofisticada de largo plazo, la creación de una banca de desarrollo y el diseño e implementación de un programa coordinado que articule políticas de infraestructura, industrial, tecnológica y comercial deben ser un punto de partida de esta nueva etapa. Argentina sigue teniendo un conjunto de fortalezas que la ponen un paso adelante en la región: tecnología de punta en diversas ramas industriales, capacidad empresaria y mano de obra calificada, instituciones y empresas públicas capaces de potenciar la actividad y la inversión productiva (YPF, Invap, Arsat, Conea, CNEA, entre otras) y recursos naturales estratégicos que constituyen pilares sobre los cuales trazar un horizonte con más desarrollo.

* Economista jefe - CEU - UIA. Vicepresidente SIDbaires.
** Presidente de SIDbaires.


Original: Página 12

9 mar 2015

Retorno al mercado


Por Matías Vernengo *

Todo indica que el default, que parecía inminente después de la decisión del juez Thomas Griesa y que en definitiva fue vista como tal por varios agentes del mercado, como por ejemplo la International Swaps and Derivatives Association (ISDA), pasó de largo. Más allá de lo que ocurra en el ámbito político, un golpe de Estado financiero, como el que sufrió Raúl Alfonsín, es muy improbable. Pero la cuestión de la deuda externa seguirá vigente, y el próximo gobierno tendrá que lidiar con ella.

La reestructuración de la deuda externa en 2005 y 2010 fue muy bien realizada, y es verdad que objetivamente se ha reducido la deuda. Según los datos del Banco Mundial, la deuda externa total como proporción de las exportaciones cayó de 380 por ciento en 2000 a aproximadamente 138 por ciento en 2013. El servicio de la deuda, el pago de los intereses, como proporción de las exportaciones cayó, en el mismo período, de 64 por ciento a poco menos de 34 por ciento. Las exportaciones son la fuente segura de divisas necesarias para pagar a los acreedores externos. Algo similar se observa con la relación entre reservas internacionales y obligaciones de corto plazo, aunque las reservas hayan caído en los últimos años. En otras palabras, el riesgo del default es pequeño, y el ataque de los buitres, que con el vencimiento de la cláusula RUFO (Rights Upon Future Offers) que prohibía pagarles más a los holdouts, también podría ser resuelto sin mayores problemas, aunque probablemente sólo ocurrirá con el próximo gobierno.

La caída del precio del petróleo y de los costos energéticos que presionan la cuenta corriente en general, las tasas de interés domésticas más altas y la crisis internacional que no termina y que mantiene las tasas de interés internacionales en niveles bajos, han ayudado a reducir la presión sobre el tipo de cambio. Por eso, una corrida al dólar, típica de los defaults, y de las crisis externas, puede ser evitada. La cuestión es cómo superar el estrangulamiento externo, que está por detrás del estancamiento económico, que parece ser algo a lo cual el Gobierno se ha conformado. Y es por eso que aunque el país se haya desendeudado, y el fantasma del default no este presente, el problema de la deuda externa sigue vigente. No se puede esperar un boom de exportaciones, ni por el lado de los precios internacionales, ni por la mítica devaluación que incrementaría la competitividad externa, y sin acceso a los mercados de capitales internacionales las posibilidades de crecer se ven acotadas por el equilibrio de la cuenta corriente. El viejo problema de restricción externa está, en este caso, simbióticamente conectado con la cuestión de la deuda externa.

De hecho, el desendeudamiento del gobierno federal ha ocurrido conjuntamente, en los últimos años con el creciente endeudamiento en dólares de algunas provincias y gobiernos municipales, como el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Las dos cosas no están necesariamente separadas, una vez que si el gobierno nacional aumentara las transferencias fiscales, los préstamos externos sub-nacionales no serían necesarios, pero el déficit externo sería mayor. El endeudamiento de los gobiernos sub-nacionales en parte agrava los problemas futuros, una vez que estos no tienen fuentes de recursos en dólares, y históricamente sus deudas externas fueron de algún modo asumidas por el gobierno federal. El endeudamiento a nivel sub-nacional, que a veces es necesario para financiar la inversión en infraestructura, por ejemplo, debería ser en moneda nacional, pero eso justamente pondría en evidencia los límites impuestos por la cuenta corriente a la expansión del gasto público.

En ese sentido, el gobierno de Kirchner, que manejó con coraje y de modo eficiente la renegociación de la deuda externa, ha también diseminado la idea de que endeudarse es siempre una mala idea. Y es verdad que la deuda en moneda extranjera es más peligrosa que la denominada en moneda nacional, una vez que el peligro de default en el primer caso es real. Sin embargo, la idea de que toda deuda externa es mala es también peligrosa. La idea de las finanzas funcionales, de que el uso, la función de la deuda es lo que importa, también puede y debe ser aplicada a la deuda externa. El problema de la deuda en moneda extranjera no es tanto la deuda misma, sino cómo se utiliza. Si la deuda se usa para estimular el crecimiento, diversificar la estructura productiva y las exportaciones, y para reducir las importaciones, y en el caso especifico nuestro, reduciendo la dependencia energética externa, haciendo la cuenta corriente más sostenible a largo plazo, el retorno a los mercados de capitales no sería mala noticia. La alternativa es seguir estancado.

* Profesor de la Universidad de Bucknell. Maestría en Desarrollo Económico de la Unsam.


Original: Pagina 12

21 may 2014

La Restricción Externa y el Nivel de Actividad Económica



Alejandro Fiorito

Docente y economista de la UNLU



Una causalidad empírica bien probada sobre la variación de la inflación en la Argentina es la de su transmisión por suba de costos. Estos incluyen macroeconómicamente a los salarios reales y las importaciones, en tanto que las exportaciones afectan a los precios domésticos por efecto del “traccionamiento” de precios internacionales traducido a precios domésticos. Se agrega además, que cualquier modificación del tipo de cambio real, alterará la distribución del ingreso, y por esa vía a los precios domésticos.

También está empíricamente probado que estos menores costos no tendrán mucho impacto en un aumento de las cantidades exportadas, ni en una disminución de las cantidades importadas, debido a la fuerte inelasticidad-precio de estas variables. Por ende, las devaluaciones no son deseadas por los gobiernos y si se producen es por la tendencia declinante de las reservas de divisas, pero no por “falta de competitividad” de la economía. ver ACA 

Finalmente, negando a las visiones convencionales, la inflación desde los ’60 hasta ahora no se encuentra correlacionada con el déficit fiscal en la Argentina. Por lo que sigue siendo confuso el argumento de una inflación por “exceso de demanda”, (menos hoy con el menor nivel de utilización de la capacidad productiva en los últimos años).

Una devaluación sí elevará los costos de insumos importados y de los productos que se exportan. Las paritarias permiten una puja (deseable distributivamente) sobre el nivel del salario real perdido, que forma parte de la propagación de los mismos. Si se le agregara la suba de tarifas por eliminación de subsidios a la energía en la producción industrial –que fueron puestos en su momento para evitar mayores subas en los precios- también se impulsarán mayores costos y precios. Por lo que la inflación es un ciclo de transmisión continuo cuya moderación necesita de una fuerte injerencia política desde el Estado en la negociación entre partes. Una política de control de precios y de ingresos y no un ajuste de cantidades como postula la ortodoxia.

Por lo que luego de una devaluación suele producirse una reducción del nivel de actividad (efecto ingreso y no sustitución), en tanto los salarios reales caen fruto de ese cambio inicial reduciendo por inducción el nivel de importaciones (vg. energía) y con ellas también la inversión privada. Por ello, es totalmente adecuado desde una visión alternativa el mantener una actividad fiscal expansiva, por su efecto compensatorio interno en pesos, independizándolo de la obtención de divisas.

En cambio la receta convencional, recusa esa compensación, y no diferencia moneda doméstica de divisas, lo que al final de su cadena causal se termina siempre con mayor desempleo afectando indirectamente la capacidad de negociación salarial (costo), pero destruyendo en el proceso el impulso de demanda autónoma que permite el crecimiento.
No es opción entonces, bajar el nivel de actividad en base a la reducción del déficit fiscal, (la Argentina está en la media de la región, -2.4 vs -2.6, CEPAL, 2013), que como se dijo, no mejora realmente el frente externo y sería como un “tiro en el pie”, que podría llevar a una “restricción social”.

Confusiones convencionales

Pero toda esta causación menguante se produce a nivel de la moneda doméstica, sin mejorar per se el ingreso bruto de divisas, que fue lo que impulsó la devaluación. Por lo que no se evita el problema original. Y como no hay muchas salidas por el lado real a corto plazo: es difícil incrementar exportaciones (que dependen de quien compra) y lleva un tiempo sustituir importaciones, (vg.YPF, Vaca muerta, etc.) en punto a la obtención de divisas sólo resta la ampliación del uso de la cuenta de capital en una situación internacional  favorable de bajas tasas de interés nominales.

De hecho, la periferia luego del ingreso de China a la OMC, se ha “desacoplado” creciendo mucho más que el centro, aun con similar ciclo económico, de tal forma que la periferia crece más y decrece menos que el centro en el ciclo. Por caso pertinente, nuestra región, que tiene mayores cuentas corrientes negativas que la Argentina, financia su crecimiento con la cuenta de capital.

La suba del diferencial de tasas nominales de interés era lógicamente necesaria para frenar la formación de activos en el exterior, elevando el costo de oportunidad de fuga y de no liquidación de granos. ACA    Críticas especiosas, afirman que esto sería una medida de “derecha” por sus efectos contractivos. Sin embargo, más allá de su dudoso efecto sobre la inversión y su escaso impacto vía créditos, el resultado final no es independiente de lo que se haga al respecto: los efectos negativos sobre el consumo, pueden mitigarse segmentando los mercados de préstamos con tasas de interés más bajas al consumo, (tarjetas de crédito, etc.) como Brasil, ACA  pero por medio de los bancos públicos en competencia con los privados y claro está también manteniendo la ya citada compensación fiscal de demanda. La media convencional en este punto, parece pelearse con el álgebra, al criticar ideológicamente toda salida, ora por  izquierda, ora derecha.

No obstante, no se ha logrado una robustez del nivel de reservas necesaria para volver a crecer a tasas mayores. Obstáculos como riesgo país, los fondos buitre y el no haber incrementado sustancialmente el “poder de fuego” en divisas, podrían debilitar la posición del banco central en la pulseada para no volver a devaluar y tornar otra vez negativo el diferencial nominal de tasas con sus asociados peligros de la formación de activos externos. ACA

Entonces, la opción de recurrir al financiamiento externo (deuda y/o IED y/o ingreso de divisas) es válida al permitir un mayor crecimiento económico sin implicar necesariamente un camino de endeudamiento masivo y creciente como antaño. ¿Por qué?

En primer lugar, porque ofrece un mayor lapso para generar políticas industriales y madurar las de sustitución de importaciones que mejoren la productividad en el largo plazo y el frente externo. En segundo lugar, por la combinación de buenos precios de nuestros exportables y bajas tasas de interés internacionales, sin la existencia de la fragilidad financiera de antaño debido al desendeudamiento producido en estos años. En tercero, el gobierno actual es un factor para negociar las condiciones favorables para dicho financiamiento.   Pero aún sin tener esos plazos para planes industriales dado el próximo recambio del 2015, puede ser más que conveniente, el dejarle al próximo gobierno una economía con mayores reservas y con algunos proyectos industriales en marcha, para que tenga un mayor costo político cualquier intento de ajuste ortodoxo.
El nudo gordiano fue y sigue siendo el externo y no la inflación como se menea todo el tiempo, en tanto esta última puede menguarse más fácilmente sin la amenaza de una devaluación constante sobre la única escasez real de la economía argentina que son las divisas.
original: El Economista

19 ene 2014

La cuestión financiera


 Por Alfredo Zaiat

Es un mismo precio que tiene influencia en las dinámicas productiva y financiera. Si bien existen canales vinculantes fuertes entre ellas, resulta esencial distinguirlas para abordar con más precisión el debate sobre el tipo de cambio. Por un lado, esa variable se utiliza para evaluar un aspecto de la competitividad de la economía, y por otro, es relevante en la orientación de la inversión financiera de capitales locales y del exterior. Es importante precisar entonces cuál es la motivación de la estrategia cambiaria para no confundir los objetivos, o para no terminar afectando el frente productivo y, por lo tanto, el sociolaboral cuando el financiero es el dominante.

Pese al consenso existente entre economistas, es discutible la pérdida de competitividad por un supuesto atraso del tipo de cambio. La paridad con el dólar, con el real y con una canasta de monedas de un tipo de cambio multilateral, y en una comparada con los costos laborales en dólares, no mostraban un atraso global. La devaluación horizontal, sin discriminar sectores productivos, ofrece una renta adicional a actividades que no la requieren para contabilizar ganancias.

Alrededor del nivel de la paridad cambiaria asociada con la disponibilidad de divisas, en cambio, aparece un aspecto estructural que tiene que ver con una industria deficitaria en su comercio exterior y con las importaciones de combustible. Pero también existe una tensión coyuntural por la persistente fuga de capitales que terminó derivando en la implementación de un sistema de control de acceso a la moneda extranjera cuya consecuencia fue la aparición de la brecha cambiaria. Esta terminó afectando el flujo de dólares porque ha desalentado el ingreso por el canal oficial y ha sumado tensiones en un mercado cambiario bajo estrés permanente desde el 2007.

El nuevo equipo económico abordó la coyuntura acelerando el ritmo de devaluación del peso (cierre del viernes a 6,81 pesos), flexibilizando la compra de dólares para turistas con aprobación de la AFIP (a 9,19 pesos) y habilitando la compra de dólares a través de operaciones bursátiles (a 9,55 pesos). El propósito es reducir la brecha. La intensidad que está teniendo el ajuste de la paridad cambiaria tiene costos porque genera presiones inflacionarias y sociales. Se despliega además en un contexto de una fuerte pulseada financiera mientras aún permanecen abiertos frentes externos por el default de 2001. Sobre uno de ellos el ministro Axel Kicillof inicia hoy el proceso de cerrarlo en París.

Los bruscos movimientos en la plaza cambiaria, con los diferentes precios del dólar (oficial, blue, Bolsa, contado con liqui, turista) son manifestaciones de un problema financiero más que de uno del frente productivo por cuestiones de competitividad. O sea, existe una cuestión estructural conocida como restricción externa, que debe ser abordada con una política integral de sustitución de importaciones fomento de exportaciones con la consiguiente modificación del perfil industrial. Pero la situación de urgencia es financiera. Esto significa que el problema es de liquidez de dólares y no de solvencia debido a que existe superávit comercial y el déficit de cuenta corriente es reducido. Además existe un muy elevado stock de billetes en la plaza local (en circulación y en cajas de seguridad) y un monto considerable de dólares en soja retenida como activo de inversión de los productores.

La combinación de una parte de la cosecha guardada en silos-Bolsa, como estrategia de ahorro defensiva de los productores por la restricción a comprar dólares, y la estrategia de grandes exportadores de granos de financiar sus operaciones con créditos en pesos tomadas en el mercado local, en lugar de conseguir los fondos vendiendo divisas, no debería tener la observación pasiva del equipo económico.
Una clave central es definir qué hacer con el tipo de cambio. Un grupo de economistas ortodoxos y heterodoxos conservadores que ya tienen experiencia en ajustes recesivos (suba de tarifas y disminución del gasto público) proponen una devaluación brusca, sendero que conduce a una gran recesión y fuerte caída de los salarios para equilibrar las cuentas externas. Para evitar ese desenlace traumático, el desafío por el lado financiero es frenar la fuga y achicar la brecha.

Una cosa es ajustar el nivel del tipo de cambio y otra es intervenir sobre la brecha. Es una distinción relevante al momento de evaluar qué hacer. Lo primero, con impacto positivo en la ya elevada rentabilidad de sectores vinculados con la exportación (agrario y producción de insumos difundidos), está agudizando la inestabilidad cambiaria. En casi todos los países de la región ha habido una muy fuerte apreciación de las monedas en los últimos años con déficit de cuenta corriente más elevados que el argentino, y esto no tuvo como saldo crisis cambiarias ni pérdida de reservas. También es cierto que las condiciones financieras de Argentina son distintas al resto de los países de la región por el default, la renegociación con una sustancial quita de capital, el juicio de los fondos buitre, la deuda impaga con el Club de París, las tensiones con el FMI y los juicios con el Ciadi (Banco Mundial). Por esos motivos, en estos años el mercado financiero internacional ha estado castigando y ahora, que está oliendo sangre, aspira a dar una lección disciplinadora a la Argentina y una advertencia hacia otros países, para disuadirlos de la pretensión de desplegar el guión de “vivir con lo nuestro”.

La trinchera de defensa ante la desmesura del mercado se encuentra en apuntar todas las baterías para aligerar el frente financiero: cuidar las reservas, obtener créditos externos para obras públicas e inversión privada, y colocación de deuda para cubrir vencimientos. Y también en cómo reducir la brecha cambiaria. Subir rápido escalones de la paridad cambiaria tiene como efecto la expectativa de una mayor devaluación futura, con resultados indeseados: más compra de dólares por especulación, adelanto de compras para importaciones y retención de liquidación de exportaciones.

El diagnóstico es más fácil que la gestión, y sobre qué hacer aparecen algunas vías que buscan eludir la opción de la gran recesión de la megadevaluación. Algunos economistas cercanos al Gobierno proponen disminuir sustancialmente la tasa de devaluación nominal como herramienta para reorientar las expectativas cambiarias junto con otras medidas. Afirman que acelerarla, en el contexto actual, sólo excita la inestabilidad financiera. Postulan la necesidad de que el Banco Central pueda recuperar el control del mercado cambiario. En parte, el funcionamiento de la plaza ha quedado en manos del sector privado, escenario no deseable si el objetivo es manejar la paridad y reducir la brecha. El Central tiene diferentes herramientas monetarias (tasa de interés), financieras (emisión de deuda vía letras), cambiarias (contrato de dólar futuro) y regulatorias (sobre entidades financieras y exportadores) para retomar el control del mercado. Para ello cuenta con la colaboración del Banco Nación y la Anses para intensificar el poder de fuego.

Alguna de esas y otras medidas en forma aislada tienen menos chance de ser efectivas. Todas juntas articuladas para intervenir con fuerza para influir sobre las expectativas cambiarias no garantizan el éxito, pero la disputa será más peleada. El frente financiero es complicado pero existen condiciones holgadas para encararlo: tasas de interés internacional reducidas, precios de las materias primas altos y endeudamiento público bajo.

Si el objetivo del equipo económico es tratar de reorientar las expectativas sobre el tipo de cambio y restringir la corrida, para seguir con una política expansiva, es esencial no quedar atrapados de la especulación de los privados. Más aun cuando los grupos empresarios juegan con el horizonte de los últimos dos años del gobierno de CFK. El dólar es una variable política, además de económica y financiera.
Mejorar la rentabilidad relativa de los pesos en manos de la población con capacidad de ahorro, desacelerar el ritmo de devaluación, cerrar frentes aún abiertos por el default y aliviar la cuestión financiera refinanciando vencimientos, dado el bajísimo nivel de deuda pública en dólares en manos privadas, como estrategia para frenar la fuga y achicar la brecha, tiene un costo más bajo que el de una recesión por una fuerte devaluación.

Original: Pagina 12

6 ene 2014

Turismo y restricción externa

Por Silvio Guaita *


En una economía periférica, durante períodos de crecimiento, pueden producirse cuellos de botella debido a la escasez de divisas. Es decir, la expansión económica puede verse restringida por la falta de dólares, necesarios para el funcionamiento de la economía. Ante esto existen tres opciones: se disminuye la tasa de expansión de la economía o se incrementa la oferta de divisas y/o se sustituyen importaciones. Si en una economía con estas características, existiese un gobierno cuyo objetivo es promover el crecimiento económico con inclusión social, la primera opción debería descartarse por razones obvias. Una menor tasa de crecimiento del producto desacelera la reducción del desempleo, así como la generación de puestos con mejor remuneración para los mismos, e impide la inclusión social de una gran parte de la población que tiene trabajo pero no se encuentra registrada.

La segunda y/o tercera opción es la única alternativa. Para esto se podría apuntar, entre otras opciones, a reducir el gasto realizado por los habitantes que van a vacacionar al extranjero. Una pregunta interesante es saber si la disminución de este gasto, por un aumento del costo de adquisición de los bienes y servicios extranjeros a través de un impuesto a las compras, por ejemplo, va a generar un ahorro de divisas a nivel macroeconómico, no sólo en el corto plazo sino también en el largo plazo. Es decir, si se van a consumir menos dólares a través del tiempo.
Suponiendo que existe un nivel de ingreso a partir del cual un habitante puede y comienza a demandar bienes y servicios en el extranjero, es esperable que en una economía en expansión (ingreso per cápita creciendo) en la que se promueve la reducción de la desigualdad e inclusión social, exista cada vez una masa mayor de individuos por encima de dicho nivel.

Ergo, un impuesto a las compras en el extranjero reduce en un primer momento la cantidad de bienes y servicios que se pueden comprar con un ingreso dado. Pero esta caída es de carácter temporario, ya que el ingreso de la población que vacaciona en el extranjero no es fijo. En otras palabras, a menos que se esté aumentando el costo de viajar al extranjero de forma continua, dicho encarecimiento sólo retrasa lo inevitable. En una economía en expansión tarde o temprano se produce un aumento del ingreso de la población, que compensa la pérdida de poder adquisitivo generada por el impuesto.

En segundo lugar, indudablemente se produce un desaliento a vacacionar en el extranjero. Pero el número de individuos disuadido es pequeño. Esto se debe a que el aumento del impuesto afecta mayormente a aquellas personas que tienen un ingreso muy cercano al requerido para vacacionar fuera del país. Hay una gran porción de individuos que puede financiar sus viajes con tarjetas de crédito, tomando créditos o apelando a ahorros anteriores, sin necesidad de tener que disminuir sus gastos.

En tercer lugar, puede suponerse que el impuesto a las compras con tarjeta es lo suficientemente fuerte como para generar que una gran cantidad de individuos desista de viajar al extranjero y decida vacacionar dentro del país. En ese caso se incrementará el gasto interno, aumentando la demanda de bienes y servicios nacionales. Como muchos de ellos requieren insumos importados para ser fabricados, paralelamente se incrementarán las importaciones. Al mismo tiempo, el ingreso per cápita de la población se incrementará por la mayor actividad económica interna, generando que viejos y nuevos individuos tengan mayores ingresos para gastar en el extranjero.

Por lo tanto, ante la ausencia de una política de sustitución de importaciones coherente que disminuya la demanda de dólares a nivel agregado (realizada a partir del estudio y análisis de una matriz insumo producto), dicho impuesto no alterará significativamente el consumo de dólares o incluso lo empeorará.
En cuarto lugar, si dicho aumento en el costo de los bienes y servicios extranjeros va acompañado de una devaluación sostenida por goteo, posiblemente se vea reducido el consumo de divisas a corto plazo, pero debido a la caída de la actividad económica interna por la pérdida de poder adquisitivo de la población. Es decir, la regresividad de la devaluación y su incapacidad para inducir cambios estructurales en la economía, solamente disminuirá el consumo de dólares de forma coyuntural, dejando inalterada la tendencia a un mayor consumo de dólares en el largo plazo.

En conclusión, un gobierno que promueve el crecimiento económico con inclusión social debe tomar medidas de política económica coherentes con dichos objetivos. El encarecimiento del tipo de cambio para vacacionar en el extranjero no puede por sí solo revertir las tendencias a nivel macroeconómico, tanto en el corto y largo plazo, de consumo de divisas. A menos que la misma se complemente con políticas sustitutivas consistentes, se seguirá observando una incoherencia entre objetivos y resultados.

* Licenciado en Economía (UBA).

Original: Pagina 12