El viejo Almacén. BsAs

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

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7 dic 2014

La voluntad


Por Claudio Scaletta

Una de las grandes fortalezas de la administración iniciada en 2003 fue el manejo de la política económica y su principal resultado: el crecimiento con inclusión y desendeudamiento. Pero en los últimos años algo salió mal. Hay cuestiones de ciclo económico que son innegables. Un informe de la Cepal conocido esta semana destaca que la región crecerá este año un magro 1,1 por ciento. Sin negar la importancia de un contexto global contractivo, aquí interesan exclusivamente las cuestiones internas que cortaron el ciclo expansivo de una década.

De la misma manera que cuando se analizan épocas históricas, siempre es difícil establecer con exactitud el punto de inflexión. Sí pueden, en cambio, detacarse algunos hitos. El primero, con seguridad, fue la intervención del Indec y la consiguiente pérdida de credibilidad social en las estadísticas públicas. Tratándose de la evolución de la macroeconomía, la alteración de estadísticas parece una formalidad, pero fue el surgimiento de una manera de entender la forma de hacer política; la creencia de que para transformar algunos parámetros económicos bastaba con la voluntad. Más concreto: la interpretación extremista del postulado “la subordinación de la economía a la política”, malentendido como “la subordinación de las relaciones de mercado a la voluntad”. El segundo hito fue el llamado cepo cambiario; la creencia, otra vez, de que la formación de activos externos podía combatirse simplemente con restricciones. Fue el nacimiento de un sistema de tipos de cambio múltiples de facto, con todas las discrecionalidades asociadas, y un punto de partida para manejos dudosos de la política comercial, como la regulación de las Declaraciones Juradas Anticipadas de Importación condimentadas con el sistema de obligar a exportar para importar, lo que llevó a absurdos como que los importadores “compren” exportaciones, o sea, políticas de efecto nulo en el agregado.

A las formas en el manejo de la política económica, las precedió un factor estructural, también de origen voluntarista, pero preexistente: la creencia de que una economía caracterizada históricamente por sus ciclos de Stop & Go no demandaba planificación. La principal desgracia se expresó en la llegada del déficit energético, situación que hizo palidecer la ausencia de otras políticas sustitutivas de importaciones. En el plano industrial, las armadurías electrónicas representan un enclave deficitario que ni vale la pena analizar, un negocio para pocos sin efecto multiplicador que se traduce en productos caros para quienes pagan la fiesta: los consumidores. Más compleja es la cuestión automotriz. La caída sectorial de 2014 es impresionante: 24 por ciento en los primeros 10 meses según el último informe de la consultora Ecolatina, una señal ineludible de la mala apuesta realizada. Una baja de semejante magnitud, que se “subexplica” por la caída de Brasil, las restricciones a las importaciones y la caída de la demanda interna, indica en realidad las limitaciones del modelo industrial elegido; en concreto, de su inserción internacional y de “regresión sustitutiva”. También explica la estrategia de administración de la restricción externa, un combo que incluyó la restricción de importaciones, situación que, dado el modelo industrial, significó un freno en la producción. En otras palabras: en los últimos años el Gobierno no previó la restricción externa y cuando finalmente llegó, la única decisión fue dejar de crecer. El matiz es que en el último año, el Ministerio de Economía había iniciado una estrategia diferente, pero que fue abortada a partir del acoso del Poder Judicial estadounidense en sintonía con los fondos buitre.

Resta la política cambiaria, otra iniciativa tardía post cepo. Luego de negarse a reconocer el problema de que los excedentes financieros se transformaban a los distintos dólares paralelos por la ausencia de alternativas en pesos, presionando así una devaluación, los cambios en el Banco Central corrigieron el rumbo y, al mismo tiempo, eliminaron también las microdevaluaciones periódicas. No se trata sólo de una “vuelta al ancla cambiaria”, como sintetizan algunas consultoras, sino de asumir que la devaluación no corrige los problemas. Los hechos demostraron que la cuestión cambiaria era inseparable de la inflación. La suba generalizada de precios no era monetaria, pero tampoco resultado de una maldad especial de los empresarios locales en relación con otros países del mundo (inflación oligopólica). Al margen de la discusión por el número verdadero, el último trimestre del año consolidó una baja tendencial de los aumentos de precios. Las explicaciones son dos: la estabilización cambiaria y el freno de la actividad, es decir, de la puja distributiva. El último relevamiento del Estudio Bein difundido este viernes destacó que la inflación pasó de un anualizado del 67,7 por ciento en enero, inmediatamente después del salto devaluatorio, a un 22,4 en noviembre.

Finalmente, esta semana cayó la última interpretación extremista; la idea de que el desendeudamiento siempre es bueno. Haber desendeudado al país fue un gran logro emancipatorio de la última década. Desde los picos post default de 2002 la relación deuda pública/PIB pasó del 166,4 al 39,5 por ciento en 2013. Combinado con el crecimiento de la economía y las reestructuraciones de 2005 y 2010, eso posibilitó que la relación intereses/PIB pase en el mismo período del 3,8 al 1,3 por ciento. Sin embargo, con proximidad de déficit de cuenta corriente, acecho buitre y fuertes vencimientos en 2015, seguir pagando todo con reservas sería un suicidio macroeconómico. Las reservas quedarían en niveles críticos y se desatarían inmensas presiones devaluatorias. Frente a estos datos, el Gobierno decidió abrir la cuenta capital, pagar una parte de los vencimientos del Boden 2015, que suman 6700 millones de dólares, por adelantado y refinanciar, canjeando por Bonar 2024, otra parte a quienes lo deseen. A la vez, también se colocarán nuevas emisiones de Bonar 2024 con una tasa del 8,75 por ciento anual. Si esta operación se completa como prevé Economía, se despejará parcialmente el horizonte financiero y se descomprimirá el nivel de extorsión del Poder Judicial estadounidense, lo que quizá posibilite aumentos de la Inversión Extranjera Directa en sectores hoy clave como infraestructura y, fundamentalmente, energía; lo que se necesita para salir de una economía parada.

Original: Pagina 12.

20 jul 2014

Planificación y Divisas


 Por Claudio Scaletta


Dejando de lado a quienes creen que todo se reduce a una cuestión de equilibrios presupuestarios, que son los mismos que anhelan que el sector público no intervenga en prácticamente nada, existe un consenso bastante extendido acerca de cuáles son los factores clave para sostener el crecimiento de la economía. La enumeración es breve. Partiendo del efecto principal, y estructural, de los procesos de crecimiento de largo plazo en la economía local, la escasez de divisas, se proponen todos aquellos factores que la contrarresten. La urgencia pasa hoy por recuperar el autoabastecimiento energético y una sustitución de importaciones más efectiva, comenzando por la principal rama de la industria.
En segundo lugar, como el excedente de divisas no es sólo lo que se deja de importar sino el neto del comercio exterior, es igualmente importante aumentar exportaciones. Bajo esta idea-objetivo debería limitarse la falsa dicotomía campo-industria.
 En tercer lugar, las divisas no se van solamente por importaciones. Todos los pagos al exterior restan dólares y, con ello, crecimiento: este es, por ejemplo, el efecto real de un mal arreglo en materia de deuda externa, algo que los buitres internos nunca explicitan en su menú de predicción de desastres.

Lo enumerado trasciende la contabilidad del balance de pagos. Es, simplificado, un enfoque integral que no suele estar en la mente de los hacedores de política, incluso en la de quienes se mostrarían de acuerdo en que alejar la restricción externa es el punto de partida. De ser así no se hubiese demorado tanto en tomar las riendas del problema energético, o no se seguirían importando centrales térmicas llave en mano o vagones de ferrocarril. Tampoco se vería como una panacea la inversión de capitales extranjeros en centrales hidroeléctricas, pues estos capitales traen consigo, como se encargó de demostrar la experiencia de los ‘90, la importación de insumos de proveedores del exterior, por ejemplo las turbinas. Lo que se importa no se produce fronteras adentro, se importa empleo y las empresas locales pierden ganancias y capacidades tecnológicas.

Si se conversa aisladamente con los funcionarios involucrados en estas decisiones, negativas para el problema principal, es probable que tengan un discurso desarrollista. La pregunta es: ¿qué falla para que elijan opciones que no disminuyen los efectos del problema principal? Una posible respuesta inmediata es que no existe “planificación para el largo plazo” (tranquilos, se evitará aquí la cita de Keynes). Las decisiones de gestión se encuentran permanentemente sumergidas en la urgencia. Por ejemplo: las tendencias de crecimiento de la demanda y disminución de la oferta de hidrocarburos se conocían desde mucho antes que las curvas se crucen. Los problemas de oferta eléctrica también eran sabidos desde bastante antes que se decida importar usinas térmicas que, de paso, siguen demandando hidrocarburos. Enarsa serviría para la exploración offshore, no para importar gas. Los problemas de infraestructura en el transporte público también son anteriores a las primeras señales de colapso y a la decisión de importar material rodante. En el país existen empresas con capacidad de producir turbinas hidroeléctricas desde antes de que se imagine cualquier “alianza estratégica” con China. El componente importado de la producción automotriz, un problema que se discute desde la hora cero del Mercosur, no sólo se mantuvo sino que se agravó notablemente.

Lo que falla, entonces, es la visión integral. En ningún tablero de comando se encienden luces de alarma cuando los sectores avanzan aisladamente en la dirección equivocada. Las soluciones de apuro se muestran como buenas noticias y se legitiman, precisamente, por la urgencia de la hora.

El debate por el desarrollo sigue impregnado por dicotomías falsas, como la citada campo-industria. A pesar de la existencia de un ministerio que lleva el nombre “de Planificación”, todavía hay poco en materia de planificación integral y de largo plazo. Aun considerando las especificidades de cada economía, existe una experiencia internacional relativamente homogénea que debería considerarse. Todos los países que cerraron o están en vías de cerrar la brecha del desarrollo siguen una receta similar: eligen sectores para que se vuelvan dinámicos a partir de su integración en la economía mundial y movilizan todos los recursos del Estado, no sólo materiales, para impulsar estos sectores en el tiempo.

La propia selección de sectores es parte del plan de desarrollo. Parece claro que la selección de Argentina debe incluir la potencia de su complejo agropecuario y sus abundantes recursos naturales, con eje en los energéticos. Pero ambos sectores son la parte de un todo que también debe incluir una mayor agregación de valor en origen. Las alternativas industriales ensayadas hasta ahora, salvo en el caso de algunas industrias metálicas básicas productoras de commodities, y con una alta concentración orgánica del capital, no fueron exitosas en su integración dinámica al mercado mundial. La selección de ramas y su sostenimiento todavía está pendiente. La misma selección es sumamente compleja en tanto supone definir también la alianza de clases que le dará sustento en un marco de estabilidad política.

El desarrollo económico no es un proceso lineal. Las políticas necesarias para el desarrollo no son las mismas en cada momento del tiempo. No alcanza con que cada decisión vaya en la dirección ideológica correcta. La actual administración siempre hizo un culto de las decisiones inmediatas, ignorando de hecho la planificación de largo plazo. Es comprensible cuando se recuerda que asumió en la urgencia, pero después de más de una década ya no debería funcionar bajo la urgencia permanente. No si la meta es el desarrollo como posibilidad de dar continuidad y consolidar las transformaciones iniciadas en 2003.

Original: Cash