El viejo Almacén. BsAs

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

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7 abr 2013

Inflación Oligopólica y el Crecimiento dirigido por Ganancias






Por Alejandro Fiorito* y Eduardo Crespo**


El domingo 24 de marzo los investigadores de Flacso, Schoor y Manzanelli, en respuesta a una crítica nuestra realizada la semana previa, afirman que en estas discusiones se debe tener “rigor metodológico y sustento empírico”. Estamos totalmente de acuerdo y por ello insistimos en que la hipótesis de la ‘inflación oligopólica’ carece tanto de sustento teórico como empírico. En el terreno de la teoría, los autores argumentan que el precio de ‘exclusión’ -que por definición es inferior a aquel que tornaría viable la participación de competidores marginales- es necesariamente ‘circunstancial’, dado que una vez expulsada competencia, los ‘oligopolios’ tenderían a colocar precios superiores a los iniciales. En esta descripción los ‘oligopolios’ parecen seguir una receta experimental con la cual primero bajarían precios para luego subirlos.

Los procesos de concentración estarían signados por una curva de precios primero descendente y luego ascendente. Cabe preguntarse por el rigor metodológico apuntado: los investigadores de FLACSO, o de cualquier otra institución, ¿conocen algún 'experimento' de esta naturaleza llevado a cabo en la vida real? ¿Por qué motivo cuando vuelven a elevar los precios por encima del nivel de exclusión los productores marginales no pueden reingresar al mercado? Llama la atención la referencia a Sylos Labini, un autor absolutamente cristalino cuando apunta al precio de exclusión (o precio ‘límite’) justamente como un nivel tan bajo que excluye del mercado a eventuales competidores. Para Labini los ‘oligopolios’ excluyen competidores colocando precios bajos, no altos. Y deben mantenerlos en niveles bajos para inhibir la entrada.
En el terreno empírico los autores refieren a la puja distributiva intra-capital y reclaman un mayor nivel desagregación para sacar conclusiones. Sin embargo, la simple comparación entre los índices agregados de las ramas ‘más concentradas’ en relación, por ejemplo, con los de precios al consumidor, desbaratan la hipótesis de una inflación impulsada por prácticas oligopólicas (ver gráfico 1).

Gráfico 1


Como se puede observar, las ramas altamente concentradas (RAC) presentan tasas de variación casi idénticas, hasta resultar indistinguibles a partir de 2006, al índice IPIB manufacturero promedio que publica el INDEC, al tiempo que crece a tasas significativamente menores al índice de precios 7 provincias, sobre todo a partir de 2006 cuando se aceleró la inflación.
Los investigadores reconocen no tener datos sobre costos, lo que no les impide asegurar que existe una presión inflacionaria derivada de la estructura ‘oligopólica’. Aunque no disponemos de una estructura de costos detallada, como primera aproximación contamos con la participación de los salarios en el valor agregado bruto de las 500 mayores empresas. Como puede observase en el gráfico 2, esta participación se incrementó en forma sostenida desde 2003, confirmando las estimaciones sobre los margen unitarios entre decrecientes y estables mencionadas en nuestra nota anterior.

Gráfico 2


Es significativo que se admita una caída (aunque leve) de las utilidades con relación al valor agregado durante la ‘post-convertibilidad’ sin abandonar la hipótesis de una inflación impulsada en forma significativa por presiones oligopólicas. Además, debe recalcarse que la rentabilidad efectiva de los capitales en cualquier economía no depende únicamente de los precios finales con relación a los costos unitarios, sino del nivel de la demanda final en relación al stock de capital disponible. Durante el período analizado la rentabilidad del capital en Argentina no se preservó en base a subas de precios desvinculadas de los costos, sino que fue el aumento de la demanda agregada, al elevar el grado de utilización de la capacidad productiva, lo que permitió que los capitales disfrutasen de un nivel de rentabilidad alto en términos históricos aún con márgenes unitarios decrecientes.
En un pasaje de la respuesta los autores sostienen que “estudiando los precios relativos del sector de bienes de capital (rama escasamente concentrada) se advirtió que los precios mayoristas del mismo aumentaron muy por debajo del de sus insumos críticos. Resulta que los principales proveedores de materias primas son grandes oligopolios con larga tradición en elite empresaria local (Aluar, Acindar, Siderar, Siderca), cuya rentabilidad media fue del 22 por ciento, mientras que la de la industria de bienes de capital alcanzó el 7 en 2005-2009.” Es importante notar que los productos elaborados por estos ‘oligopolios’, como aluminio, acero y tubos sin costura, son commodities estandarizados cuyos precios están también influenciados por el mercado mundial, al tiempo que no guardan una relación directa con la estructura de mercado doméstica. En todo el mundo estos productos aumentaron de precio y Argentina no fue una excepción.  
Con relación al comportamiento inversor de la clase capitalista en la Argentina, los autores señalan, como si se tratase de una paradoja, que las inversiones efectivamente realizadas durante la ‘post-convertibilidad’ no fueron proporcionales a la rentabilidad obtenida. Aquí aparece una vez más un problema de naturaleza teórico. En contraposición a muchas corrientes neomarxistas con significativo peso en la academia argentina, debe notarse que en ninguna economía del mundo la inversión privada es inducida por la rentabilidad obtenida en el pasado, sino por la ganancia adicional que es posible obtener por ampliar la capacidad productiva, es decir, por realizar una nueva inversión. Los autores, quizás sin advertirlo, dan una solución para la ‘paradoja’ planteada cuando dicen que “el elevado crecimiento del producto manufacturero durante la posconvertibilidad ha sido impulsado por la enorme capacidad ociosa existente tras la crisis de la convertibilidad”. Si realmente existía una enorme capacidad ociosa, ¿por qué debía esperarse un boom inversor cualquiera fuera la rentabilidad? ¿En qué lugar del planeta las empresas invierten alocadamente cuando la capacidad ociosa es elevada? Este comportamiento inversor puede resultar contradictorio con los postulados del neomarxismo y quizás allí radique el origen del cuestionamiento moral implícito en la expresión ‘reticencia inversora’. Pero lo relevante en este caso es que no se trata de una conducta reñida con las leyes más elementales del capitalismo.  
Según los autores “la contrapartida (de la ‘reticencia inversora’)… fue una plétora de capital remitida al exterior por distintos mecanismos”. De allí infieren que este es “también un factor de importancia para reflexionar sobre la escasa diversificación de la matriz industrial en la última década”. Por un lado, distintos investigadores de FLACSO desde hace años argumentan que el ‘capital concentrado’ de Argentina goza de ganancias extraordinarias. Por otro, este curioso capital en lugar de quedarse en la Argentina y penetrar en otros mercados con mercancías domésticas, aprovechando sus ‘extraordinarios’ privilegios, opta por migrar al exterior huyendo de esta mina de oro de la rentabilidad extraordinaria. 

 Cabría preguntarse, ¿ganancias extraordinarias con relación a las que se pueden obtener en otros países? A modo de ejemplo, ¿los investigadores saben cuál es la rentabilidad de una colocación financiera en Argentina con relación al resto del mundo?  Y esto nos conduce al problema final de la escasa diversificación de la matriz industrial del país. Pareciera que los autores imaginan que el único capital que sabe crear barreras a la entrada es el que opera en Argentina.



Dada la apenas incipiente política industrial de los últimos años y el bajísimo nivel de inversión pública, en realidad es ingenuo pensar que cualquier actor privado va a reinvertir ganancias y adoptar una actitud audaz en materia de inversión, independientemente de los vaivenes de la demanda agregada y de las reticencias típicas del capital privado para afrontar los desafíos del desarrollo. En ese sentido, no hay ninguna novedad histórica: Argentina no tiene otra opción más que elevar los niveles de inversión pública. Quien descubrió América y llegó a la luna no fue el mercado. Fue el Estado.
 

* Profesor de la UNLU
** Profesor de la UFRJ

Original: Pagina 12

3 mar 2013

Oligopolios e inflación



 Por Claudio Scaletta

Cuando se dice que la causa principal de la inflación es la puja distributiva, se hace referencia a que la suba de salarios se traslada a precios, a que es un problema de estructura de costos. Ello no quiere decir que no deben aumentarse salarios o, bien, que no existan formas de mejorarlos sin provocar un descalabro inflacionario. En todo caso, es una cuestión de ritmos. No obstante, es necesario separar los momentos analíticos. Una cosa es dar cuenta de un fenómeno económico y otra abordar las políticas redistributivas. El punto de síntesis es que sólo el diagnóstico correcto del fenómeno permitirá brindar la respuesta correcta.
El tema de la puja distributiva ya fue tratado en este espacio y no se insistirá en él. Importan algunas ideas derivadas de este razonamiento, que gozan de corrección política y aceptación entre algunos economistas cercanos al Gobierno, pero que son erróneas. Si la inflación es por puja distributiva, sostienen, significa también que alguien remarca los precios: los empresarios. Con ello ya se tiene un malo: el empresario remarcador. Puede agregarse otra cualidad negativa. El actor central de los mercados concentrados: el empresario oligopólico. Con él aparece un estadio superior de maldad: el malo entre los malos. Podría sumarse una categoría aun peor, el empresario oligopólico que no invierte, pero significaría apartarse del punto central.
El tema de los mayores precios en mercados oligopólicos fue muy estudiado por la ortodoxia, siempre concentrada en el momento de la circulación. Se trata de una de esas imperfecciones de mercado que tanto la obsesionan. La conclusión conocida, sencilla y verdadera, es que en mercados oligopólicos los precios son más altos. Sin embargo, un precio más alto que el existente bajo el supuesto de competencia perfecta sólo explica la renta oligopólica. Puede explicar algún aumento instantáneo, pero nada dice sobre los aumentos de precios constantes en períodos más largos, es decir sobre la inflación. Es claro que un actor con poder de mercado, como el empresario monopolista, tiene más capacidad instantánea para aumentar precios. Lo que no está demostrado es que esa capacidad dé lugar a un proceso de “inflación oligopólica”.
El problema, que puede resultar abstruso para los no economistas, se observa mucho mejor si se le pone números. Si es cierto que los malos entre los malos, por su poder de mercado, se estarían beneficiando del actual proceso inflacionario, a la vez que generándolo; es decir, si existiese una cosa tal como la “inflación oligopólica”, sus márgenes de ganancia deberían estar aumentando contante o consistentemente. La tarea de obtener estos números exige muchas estimaciones, empezando por los precios y siguiendo por los costos. El último informe de Estudio Bein presenta una serie de indicadores aproximados (“proxi”) de los “márgenes unitarios” de la industria para los últimos diez años, los que fueron calculados sobre “la trayectoria que surge del relevamiento de precios minoristas del Estudio y una estructura de costos promedio estimada”. Su resultado puede ser sorprendente para quienes defienden la existencia de una inflación oligopólica. Lo que se observa es un crecimiento de los márgenes en 2003, una caída constante hasta 2007, luego una leve recuperación, con altibajos, hasta 2010 y una caía posterior hasta 2012, precisamente en años de alta inflación. La caída punta a punta, entre 2002 y 2012, fue de alrededor del diez por ciento. La conclusión es que no fueron los malos los causantes de la inflación, sino que éstos perdieron en la puja distributiva; aunque no todos hayan perdido por igual.
Esto puede compararse con lo sucedido con los salarios. También de acuerdo con cálculos de Estudio Bein, tomando a diciembre de 2001 como base cien, en 2012 los salarios del sector privado registrado se encontraban en 141,5, los del sector privado informal en 123, lo que habla de quiénes fueron los ganadores del modelo. Sin embargo, los salarios del sector público se encuentran en 68; 32 puntos abajo que en el ya deteriorado último año de la Convertibilidad.
Regresando a la “inflación oligopólica”, la pregunta es cómo puede haber ocurrido que sectores con poder de mercado pierdan márgenes unitarios. Una interpretación posible es que los acuerdos de precios, más allá de sus efectos en el mediano y largo plazo, efectivamente funcionaron en el corto. La pregunta hacia adelante es si la tasa de ganancia puede seguir contrayéndose, los salarios creciendo y el consumo expandiéndose.
Una lectura posible es que con menores tasas de ganancia, lo que los empresarios no obtenían por margen lo obtenían por cantidades, con el crecimiento del PIB. Si el crecimiento, como ocurrió en 2012, continúa moderado, la posibilidad de compensar ya no existirá. Esto se enfrenta con la demanda de aumentos de salarios de la dirigencia sindical y de sostenimiento del consumo para sostener la demanda. Si todo esto ocurre aparece una incompatibilidad: no es posible, al mismo tiempo, estimular el consumo y moderar la inflación. Más si existen restricciones de divisas para aumentar importaciones.
En este contexto, la apuesta oficial se concentra en un delicado equilibrio: moderar las demandas salariales lo suficiente para contener la inflación, pero no tanto como para que se frene la economía en un año electoral.
Esta necesidad de concentrarse en la problemática salarial descuida sin embargo otros estímulos pasibles que servirían para incentivar la demanda por fuera de las decisiones privadas: más inversión pública, la que hoy sólo representa alrededor de cuatro puntos del Producto, y la recuperación de los salarios públicos, muy retrasados respecto de los privados. La primera porque impacta en la demanda como cualquier otro de sus componentes, pero resulta fundamental para el desarrollo de infraestructura y para la provisión de bienes extrasalariales, y la segunda porque además de no impactar en los costos privados es clave para un gobierno que reivindica la intervención del Estado y, por lo tanto, debe estimular a sus cuadros.

jaius@yahoo.com
original: Pagina 12