El viejo Almacén. BsAs

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

Entrada destacada

Teorías del valor y la distribución una comparacion entre clásicos y neoclásicos

Fabio PETRI   Esta obra, traducida por UNM Editora, ha sido originalmente editada en Italia con el título: “Teorie del valore e del...

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27 abr 2014

Fin de Ciclo

Por Claudio Scaletta
jaius@yahoo.com

  Desde al menos 2008, con alguna retracción en 2011 frente al 54 por ciento, la base social de la ortodoxia económica viene anunciando el “fin del ciclo kirchnerista”. En la carrera por apurar la película apareció el freno de la economía y, con él, el precozmente llamado “giro ortodoxo” de la nueva política económica, la implementada a partir de los cambios en el Ministerio de Economía tras la llegada de Axel Kicillof. Fuera de la lucha estrictamente política, tarea complicada hablando de economía, cabe preguntarse si efectivamente existen señales económicas de un fin de ciclo. Recurriendo a uno de los grandes macroeconomistas argentinos, el ingeniero electrónico Marcelo Diamand, y aca el verdadero fin de ciclo es el que llega cuando se agotan las Reservas Internacionales. La primera señal de alerta es siempre el déficit de la cuenta corriente del balance de pagos. Pero la crisis no adviene inmediatamente, sino cuando no se encuentran los instrumentos para financiar este défict. Y junto con la crisis, que es siempre recesiva, llega el ajuste.

  En “El péndulo argentino ¿hasta cuándo?”, un texto de absoluta actualidad a pesar de que fue escrito hace casi tres décadas, dato que lo ratifica como clásico, Diamand explicó las razones que conducen a este agotamiento, tanto bajo lo que denominaba la “corriente popular”, la que el kirchnerismo representa en esencia, como bajo la ortodoxia neoliberal. El texto se consigue fácilmente en Internet, lo que exime de reescribirlo aquí, pero el punto central es que en ambos extremos del movimiento pendular, aunque con distinto costo para los trabajadores en el trayecto, se encuentra el agotamiento de las reservas. Ambas corrientes, por distintas razones, encuentran un problema en el sostenimiento de largo plazo. El desafío para cualquier hacedor de política, entonces, es como evitar la redundancia de estos ciclos.

  Siguiendo la perspectiva de Diamand, entonces, el estadio actual del péndulo se ubicaría sobre el fin del ciclo de la “corriente popular”. Los objetivos principales de esta corriente, el crecimiento, conducido por la demanda, y el aumento del empleo y el nivel de salarios, se cumplieron durante la última década. Ya son un haber de la actual administración. Si bien en toda América Latina el proceso puede relacionarse con la mejora en los términos del intercambio, en el país existió también una voluntad de ir más allá en políticas activas, lo que se manifestó en tasas de crecimiento más altas que en el resto de la región y, también en salarios en dólares más elevados. La puja distributiva generada motorizó lo que Diamand, empresario al fin, llamaba “excesos sindicales” y la consiguiente inflación.

  El problema de largo plazo no reside, sin embargo, en esta puja distributiva, sino en la ampliamente citada Estructura Productiva Desequilibrada, con diferentes productividades entre agro e industria, que tras períodos de crecimiento sostenido conducen al estrangulamiento de divisas. La sustentabilidad de largo plazo de la corriente popular demandaba combatir este problema desde el minuto uno del modelo, estructuralmente con la sustitución de importaciones vía la integración de cadenas industriales y aumento de las exportaciones y coyunturalmente con ingresos de capitales en todas sus formas.

  No fue así como sucedieron las cosas. El crecimiento industrial de la post convertibilidad fue, en una primera etapa, esencialmente cuantitativo sobre la base del uso de factores productivos ociosos. Aunque luego de esta recuperación se registró un aumento de la inversión faltó integración de las cadenas de valor. Además, tras la cesación de pagos del fin de la convertibilidad y la reestructuración de la deuda, el flujo de capitales fue negativo. A ello se sumaron las remesas de utilidades consecuencia de la extranjerización de los ’90 y, ya sobre el fin de la década, el déficit energético.

   En el presente, los límites del ciclo parecen un hecho. De acuerdo a las cifras oficiales, el déficit de la cuenta corriente comenzó levemente en 2010 con 777 millones de dólares, se manifestó claramente en 2011 con 2.271 millones, se obtuvo un respiro forzado en 2012 y se consolidó el año pasado, con un importante rojo de 4.330 millones. Ante la ausencia de entrada de capitales y continuidad de la salida, el desajuste se cubrió con la caída de las reservas internacionales acumuladas gracias al superávit comercial de los años anteriores, situación que presionó la depreciación cambiaria. En los últimos dos años las reservas cayeron a la mitad y hoy rondan los 27.000 millones. El panorama es un cóctel explosivo: déficit de cuenta corriente en aumento más reservas en baja. Pero el problema principal no se encuentra sólo en una sustitución inconclusa o en el déficit energético, sino especialmente en el horizonte financiero. Cuando se reestructuró la deuda pública en 2005, 2015 aparecía como un horizonte remoto, pero a una década de distancia se acumulaban vencimientos de capital e intereses muy importantes. De acuerdo a los números de la Secretaría de Finanzas, para el año próximo estos vencimientos superan los 13.650 millones de dólares. No están incluidos aquí los pagos a Repsol o los que pudieran surgir de un arreglo con el Club de París o con los fondos buitre. En el mejor de los casos los vencimientos de 2015 demandarán la mitad de las reservas actuales. Frente a la imposibilidad de obtener estos recursos de la economía real, es decir de un superávit de la cuenta corriente, la única posibilidad será el ingreso de capitales. En términos agregados, no hay un problema de deuda de largo plazo, pero si financiero de corto, una situación que condicionará hasta el final la política económica de la actual administración.

  Regresando a los escenarios pendulares descriptos por Diamand, el ajuste parece inevitable. Las alternativas inmediatas podrían ser dos. Un reacomodamiento moderado realizado por la actual administración, que quizá ya comenzó, con búsqueda del financiamiento externo que permita impulsar la demanda, por ejemplo, no restringiendo importaciones, o llevar el modelo al límite, dejando que el freno de la economía agote las reservas y dejando el terreno libre para que la administración post 2015 pueda legitimar un ajuste ortodoxo clásico, con culpas “al populismo y la heterodoxia”, acuerdo con organismos internacionales, deuda al viejo estilo, fuerte devaluación y baja de salarios.

  La primera alternativa, en cambio, supone adelantarse al peor de los escenarios, buscar mecanismos financieros para reforzar las reservas y alentar racionalmente el ingreso de capitales y la Inversión Extranjera Directa. Para ello será necesario, sólo para empezar, abandonar completamente las restricciones cambiarias y aumentar tasas de interés, lo que no significa que no puedan existir distintos niveles de tasas para distintos fines. (Ver por caso Brasil) La situación macroeconómica de largo plazo del país no es mala y hoy serían posibles acuerdos con terceros países para reforzar reservas, así como tomar deuda con bancos privados. No es un escenario deseado, es un escenario posible.

original: Cash

27 ene 2014

Cambiar la política


 FABIAN AMICO, ECONOMISTA DE CEFID-AR



 Por Federico Kucher.
–¿Abrir la compra de dólares para ahorro puede colaborar para disminuir tensiones en el mercado cambiario?
–Sin un cambio drástico en la política económica, la presión cambiaria no se va a detener y puede acentuarse. El hecho de que una parte de la demanda sobre el blue ahora se transfiera al oficial no cambia el problema de fondo. Incluso aunque hubiera un hipotético alivio temporal por una mayor liquidación de dólares de los exportadores. Este cambio sólo va a aumentar la cotización del dólar oficial y el ritmo de devaluación. No va a cortar la corrida, sino que puede estimularla.

–¿Cómo se debería afrontar entonces la dificultad cambiaria?
–El punto es que no existe un tipo de cambio “de equilibrio” que equilibre la cuenta corriente o detenga la fuga. Ni es un problema de apreciación cambiaria real, ya que la mayor parte de los países de la región está tan o más apreciados que Argentina y no tiene ninguna crisis cambiaria. La cuestión es que el BCRA logre estabilizar el tipo de cambio nominal. Para ello hay que reducir el ritmo de devaluación vendiendo reservas y subiendo las tasas de interés (puede hacerse mediante tasas de interés “diferenciales”, como con el tipo de cambio). Obviamente, el engrosamiento de las reservas con nuevos fondos daría viabilidad al intento (quizá pueda pensarse en un acuerdo de divisas con Brasil, que debe seguir con interés la situación argentina). Marcelo Diamand denominó a esta estrategia “un manejo racional de los capitales financieros” y sostenía en 1985 que “con el fin de proveer incentivos para que el capital permanezca en el país es necesario mantener instrumentos captadores de ahorro interno a largo plazo, indexados, y con tasas de interés tales que el rendimiento total no sea inferior al vigente en el exterior”.

–¿La devaluación de los últimos días puede llegar a impactar en los precios?
–La devaluación, como ocurrió siempre, tiene impactos inflacionarios por su efecto sobre los bienes transables. Y es de suponer que el pase de costos a precios no será bajo. Dado el nivel de puja distributiva, va a implicar una aceleración de la inflación o una caída del salario real medio, o incluso una combinación de ambos.

–¿Qué ocurre con el nivel de actividad en este escenario?
–Se pueden usar políticas expansivas para compensar los efectos contractivos de la devaluación, pero es un sinsentido puesto que el sacrificio implícito de salario real es inefectivo en términos de mejora de la competitividad y/o de alivio de la presión cambiaria. Además, si no cede la presión cambiaria no habrá espacio para ninguna expansión de la demanda.

Original: Pagina 12

14 jul 2013

El riesgo conservador


 



Por Claudio Scaletta


Cuando se piensa en los problemas de la economía actual, reaparecen algunas ideas básicas. La primera es el cambio de velocidad en el crecimiento; la segunda, más compleja, es la ausencia de planificación. La propuesta oficial para las primarias de agosto parece limitada a la consolidación de lo ya logrado. Por eso, el leitmotiv para la campaña es el énfasis en “la década ganada”. Y por eso los economistas más cercanos al Gobierno se entusiasman con las cifras de recuperación interanual en algunos indicadores de producción.
Planteado como crítica, esta ausencia de nuevas propuestas transformadoras encuentra un límite: el actual proyecto político nunca adelantó sus principales medidas, siempre resolvió sobre la marcha. Esta displicencia por la planificación metódica fue posible gracias a las tasas de crecimiento chinas, pero hoy la etapa del crecimiento fácil parece agotada. Se entiende por “crecimiento fácil” a las tasas elevadas que podían lograrse con el único recurso de impulsar los componentes de la demanda porque el superávit externo lo permitía. Hoy, en cambio, este impulso es condición necesaria, el contraejemplo es 2012, pero no suficiente.
La condición suficiente es una vieja conocida: trabajar para aliviar los factores que concurren para la restricción externa; evitar la carencia estructural de las divisas necesarias para el desarrollo. Marcelo Diamand, en “El péndulo argentino: ¿Hasta cuándo?”, un trabajo de 1985, insistía en que esta tarea demandaba trabajar intensamente sobre cuatro frentes al mismo tiempo:
1. Movilización de las exportaciones industriales.
2. Estímulos a la producción y exportaciones agropecuarias.
3. Una política selectiva de importaciones y de estímulo a la sustitución.
4. El manejo racional de los capitales externos y del sistema financiero interno.
La lógica de estas medidas es de simpleza contable. Generar más dólares mediante las exportaciones tanto agropecuarias como industriales, al mismo tiempo que cuidar los que se tienen y reducir su demanda mediante la sustitución de insumos y bienes finales.
Un detalle a tener en cuenta, que no surge directamente de los cuatro puntos expuestos, es que muchas exportaciones industriales, precisamente por la ausencia de políticas agresivas de sustitución y la destrucción en los ’90 de la capacidad de producción local de bienes de capital e intermedios, son deficitarias. El caso paradigmático es el del complejo automotor, cuyas ventas al exterior demandan más dólares de los que genera. De aquí la necesidad de encarar las cuatro acciones simultáneamente. Desde la perspectiva de la acción política, el gran problema de estas medidas es que son transformaciones cuyos frutos sólo aparecen, como mínimo, a mediano plazo.

Hablar de condiciones necesarias, el impulso de la demanda, y suficientes, alejar la restricción externa, no es un mero juego expositivo. La interacción entre ambas marcó el ciclo de crecimiento reciente y seguirá haciéndolo en el futuro. En “Crecimiento, distribución y restricción externa en Argentina”, publicado en el último número de la imprescindible revista Circus, el investigador de la Universidad Nacional de Luján Fabián Amico destaca que “la restricción externa determina el punto máximo más allá del cual el crecimiento no puede continuar, pero en modo alguno determina el ritmo de crecimiento”. Una expansión de las exportaciones, por ejemplo, sólo desplaza ese máximo, pero el ritmo sigue dependiendo de las políticas macroeconómicas internas. Solo así puede explicarse que la economía local haya crecido más que otras de la región con mejor desempeño externo y con términos del intercambio más favorables. Las cotizaciones de la energía y los minerales, por ejemplo, crecieron por arriba de los productos agropecuarios y sus derivados. Y sólo así, también, puede entenderse el parate registrado en 2012.

Amico destaca que “la etapa que comenzó en 2003 aprovechó muy bien las posibilidades abiertas en los años 2000”, pero también mostró “una marcada carencia en el terreno de las necesarias políticas estructurales para sostener el proceso hacia el futuro. Estas carencias son las que en buena medida ahora se hacen sentir como condicionamientos y restricciones sobre la política económica”.
Si se consulta con cualquier economista del Gobierno, se encuentran coincidencias sobre la necesidad de estas políticas estructurales no implementadas. No ocurre lo mismo con el punto 4 sugerido por Diamand, “el manejo racional de los capitales externos y del sistema financiero interno”, donde existe una marcada resistencia a adoptar políticas. “Mientras la cuenta corriente ingresa en una tendencia deficitaria –continúa Amico–, el diferencial de intereses interno-externo (continúa) negativo, con lo cual la política monetaria, de hecho, está estimulando en buena medida las salidas de capital que, por otro lado, la conducción económica intenta evitar extendiendo los controles.”

El primer balance del panorama actual en términos de sostenimiento del actual proyecto político es inmediato. Aunque resulta fundamental conservar lo logrado en 2003-2011, no podrá conservarse si no se trabaja en los cambios estructurales que permitan continuar con el crecimiento. Una vez más, el camino a seguir no es nuevo. Pero si la principal propuesta electoral se limita a mantener lo conseguido, el oficialismo enfrenta el riesgo de convertirse en una fuerza conservadora. Si se miran las propuestas regresivas de los principales opositores, “conservar” lo logrado puede ser una causa válida. El riesgo de retroceso es muy grande y es tarea de la militancia advertirlo a la población. Pero pensar en el futuro es otra cosa. Es no resignarse al bajo crecimiento, es profundizar en las necesidades del desarrollo y es planificar sin preconceptos cómo alejar el fantasma de la restricción externa, ese detalle estructural de la economía local que se empeña en abortar cíclicamente los procesos de distribución progresiva del ingreso

Original: Pagina12

28 ene 2013

Entrevista a Marcelo Diamand







Marcelo Diamand, a quien no le gusta ser llamado burgués nacional, es un economista que ha tentado tenazmente una teoría del crónico desequilibrio estructural argentino, y es a la vez dirigente de la Unión Industrial, lo cual podría sugerir que los empresarios son "menos liberales que antes." Respondiendo un interrogatorio acerca de la historia de nuestros endiablados problemas económicos, no rehusa puntualizar sus soluciones para salir de la trampa del liberalismo, aunque también del simplismo populista.

Para ubicarlo ante quienes no lo conocen, ¿podríamos decir que usted es un gremialista empresario, un burgués nacional de los que todavía quedan...?
– Lo de burgués tiene una connotación que no me gusta...

Sin embargo, constituir una burguesía nacional ha sido una idea positiva en ciertos momentos 
de nuestra vida política. ¿Podríamos decir mejor, entonces, que es un empresario industrialista?

– Soy ingeniero y empresario. Fundé mi propia empresa electrónica, orientada a la integración nacional y a la tecnología nacional, que empezó siendo muy chiquita y se convirtió en una empresa mediana tirando a grande. Durante mi vida empresaria me enfrenté con distintos obstáculos que provenían del contexto económico, para los que no encontraba suficientes explicaciones. La defensa de mis intereses y los del sector me llevó a incursionar en la dirigencia empresaria. Hace 25 años que soy directivo de la Cámara de Industrias Electrónicas, que presidí siete años, hasta hace un año. También fui miembro de la Junta Directiva de la Confederación Industrial Argentina. Actualmente estoy en la Junta de la Unión Industrial Argentina, donde también presido la Comisión de Análisis Económico. Por otra parte, desde la crisis de 1962–63, 
empalmando con algunos conocimientos de ciencias sociales que tenía, me puse a investigar los temas macroeconómicos,  lo cual por el tiempo que le dedico se convirtió al fin en mi profesión. 
De ahí que un poco en chiste, suelo definirme como un ex ingeniero.

– Es decir se convirtió en economista.

– Sí, me "gradué" de economista siendo profesor de economía en diversas universidades, y además, por supuesto, escribí bastante...

(Quienes nos acercábamos a estos temas en los años '60 tenemos bien presente un pequeño texto 
revelador, "El FMI y los países subdesarrollados", editado en 1963, y posteriormente un libro fundamental, "Doctrinas económicas, desarrollo e independencia", de 1973, a los que hay que agregar numerosos trabajos publicados en libros, revistas y diarios, algunos de los más recientes 
editados por el Centro de Estudios de la Realidad Económica que Diamand encabeza).– Quizá el provenir de otra disciplina, con su experiencia empresaria, explica que usted fuera un heterodoxo en el pensamiento económico, y no "comprara" los clásicos esquemas liberales...

– Exacto, no compré nada hecho ya que considero que el problema principal que tenemos es precisamente una crisis del paradigma económico. Tenemos un conjunto de ideas, recetas de análisis importados de los grandes países industriales, que muchas veces ya no tienen relevancia en sus propios lugares de origen. Mucho menos la tienen hoy acá y en otros países como Argentina, donde nunca tuvieron validez. Tratándose de algo tan complejo como la economía, quienes estudian los problemas entrando por la variante de esquemas preestablecidos, adquieren una especie de condic ionamiento mental, de modo que ven los problemas a través de lentes teóricos que deforman la percepción de la realidad. Esta es la ventaja de los "outsiders". Los que se dedican al análisis económico viniendo de afuera de la profesión aún no tienen cristalizados sus prejuicios. Por ello, tienen una mayor resistencia a las teorías disponibles en el mercado,
inadecuadas para nuestra realidad. La inercia intelectual a la que me refiero no es del todo inocente. Sin adherir a ninguna teoría conspirativa de la historia, es indudable que ciertos sectores y países adoptan más fácilmente las ideas que convergen con sus intereses o racionalizan su poder. Eso sucede en todas las ramas del saber pero sobre todo en la economía, que analiza la distribución de riquezas entre sectores, clases, países, y que inspira medidas de política económica nacionales e internacionales que influyen sobre esa distribución. Sería ingenuo pretender que la elección de los esquemas sea totalmente imparcial.

– Usted es uno de los analistas que más ha hecho por elaborar las bases de una teoría económica adecuada para interpretar nuestros problemas, desde el punto de vista de la industria nacional. Lo que no es casual, ya que usted vivió de adentro el proceso de industrialización.

– Yo me inicié en 1951, cuando el desafío era tratar de sacar un producto frente a gravísimos problemas de abastecimiento de materias primas y componentes esenciales. En aquel medio adverso no había otro remedio que aplicar inventiva, desarrollar tecnología propia en un nivel bastante primitivo. Con el tiempo los problemas fueron cambiando, aparecieron otras dificultades como la iliquidez, el corte de créditos bancarios, grandes devaluaciones, falta de demanda. No hubo un solo año en que tuviera tranquilidad para dedicarme plenamente a lo que debiera ser propio del empresario: cómo aumentar la eficiencia o mejorar mi posición en el mercado. En todo caso esas preocupaciones siempre se mezclaban con las preocupaciones por otros grandes problemas que atravesaba el país y que creaban graves dificultades a la empresa.

– Esa fecha de 1951 es un momento importante para ver qué es lo que ocurre con el modelo de industrialización que hoy está en crisis, pues ya empezaba a aparecer un techo a la expansión del 
mercado interno que tuvo lugar en la posguerra.

– El país se enfrentaba ya claramente con la limitación que iba a gravitar tanto en años  posteriores, el estrangulamiento por falta de divisas. La industrialización sustitutiva argentina se hizo al amparo de la protección, a la  cual los liberales culpan por lo que consideran como ineficiencia natural. Pero en realidad la protección marca una etapa natural y lógica que atraviesan los países exportadores de productos primarios cuando se industrializan. El error no reside en esa protección indispensable, sino en su asimetría: a la industria se la protege en el mercado interno, pero no se le dan incentivos para exportar, pues para la exportación rige un tipo de cambio que corresponde a la paridad del sector agropecuario. La industria no puede exportar con ese tipo de cambio, y es el sector agrario el que provee de divisas al país. Cuando hay expansión y la industria crece, como utiliza insumos y bienes de capital importados, las divisas provistas por el agro no alcanzan y se produce un crónico retraso en la provisión de divisas. Así el proceso de sustitución de importaciones llega a un límite. Frente a ella, gobiernos de distinta orientación  reaccionan de manera diferente.
 En 1951 regían restricciones cuantitativas a la importación, el  gobierno otorgaba cupos de divisas, que no eran suficientes. Yo fabricaba radios portátiles, pero  no había válvulas, entonces nuestra producción estaba limitada por la cantidad de válvulas  importadas que podíamos conseguir; después las conseguíamos pero no había baterías, y el  ingenio era obtenerlas, a tal punto que yo monté un taller de reparación de baterías dañadas. La gran desventaja de este tipo de racionamiento son las deformaciones que crea el desabastecimiento y las interrupciones de la producción.  Pero por lo menos tiene una ventaja:  cuando se daba esta situación se entendía que faltaban divisas. El gobierno buscaba intercambios,  tratados bilaterales como los del peronismo, etc. Finalmente esta actitud tendría que haber desembocado en una política exportadora más racional, que simetrizara los incentivos para el mercado interno con el apoyo a la exportación, tal como pasó en el caso de Brasil. Pero en la Argentina las cosas evolucionaron en forma distinta. Lo que sobrevino básicamente fue un cambio de actitud frente a la restricción. Los gobiernos, alegando una presunta insuficiencia del ahorro interno para financiar el desarrollo, recurrieron a los créditos del exterior. Es así que oímos en forma repetitiva que al país le faltaban capitales, lo que no era cierto.

– Lo que faltaban eran las divisas.

– Claro. La necesidad de los capitales extranjeros reside en que entran en forma de divisas y sirven como remedio contra la restricción interna. Pero para que el remedio sea permanente y no un mero paliativo momentáneo, el endeudamiento tendría que generar capacidad de repago en divisas, dirigiéndose a rubros sustitutivos que ahorren divisas o rubros exportadores que proveen divisas. Esto ocurrió a veces, pero en la mayoría de los casos los capitales se aplicaron a cubrir sólo el problema momentáneo, sin remediar el estrangulamiento de fondo.

– Y apareció la bola de nieve de la deuda externa.

– Al acumularse la deuda, que hay que pagar en divisas, se toman nuevas deudas para pagar las viejas, y así, a partir de 1952, al principio muy lentamente y luego cada vez más aceleradamente, hay un proceso de endeudamiento acumulativo, interrumpido cada tanto por violentas crisis de balanzas de pago, caracterizadas por una huida masiva de capitales y un colapso de toda la estructura de endeudamiento. El país de repente se encuentra con el déficit originario del sector externo, más los intereses que hay que pagar por la deuda, más la fuga de capitales. Cuando los gobiernos de orientación económica liberal se enfrentan al problema, lo que hacen es someter al país a una recesión. Una herramienta sencilla, mezcla de fuerte devaluación con una política restrictiva de crédito, cuyo resultado es una caída global de actividades, que no hace sino adecuar 
el volumen de producción a la escasez de divisas.

Aquí es donde usted dice que la economía argentina vive en las últimas décadas un proceso de 
stop and go, de avances y retrocesos.

– Exacto. Como no se ha diagnosticado en forma clara el problema, las políticas se tornan perversas y agravan los ciclos de stop and go. Se ha diagnosticado la problemática en términos de ineficiencia industrial, se ha dicho que esto se cura abriendo la economía a mayor competencia externa, con lo cual se ha actuado exactamente al revés, porque de esa forma se consumen más divisas innecesariamente. Las aperturas deliberadas de la economía han agravado el problema, deshaciendo de noche lo que tejíamos de día, como Penélope.– Retomando lo que usted decía antes, ese diagnóstico equivocado no es inocente, hay intereses 
externos que presionan para que abramos la economía.
– Pero no se trata sólo de que haya buenos y malos. Porque uno podría decir que los liberales no querían la industrialización y los sectores populares querían el crecimiento del mercado interno y la independencia nacional. Pero aunque los gobiernos populares percibieron mejor la esencia del problema, no asumieron la gravedad de las restricciones y la complejidad del cuadro, y no aplicaron políticas para eliminar estas restricciones; las ignoraron, desembocando en políticas inconducentes, a veces en una especie de caos económico. Porque no basta querer desarrollar el mercado interno, hay que conseguir las divisas para subsanar las restricciones que lo traban.


(Continua ACA)

Fuente: Marcelo Diamand, ¿el último empresario nacional?
(Crítica y alternativa al liberalismo económico)
Entrevista por Hugo Chumbita.
Revista Unidos N° 20, abril de 1989

 

 

 

 

 

 

3 jul 2011

Diamand y la Sustitución de Importaciones

Por Alejandro Fiorito


Luego de 25 años de neoliberalismo el “lavado de cabeza” parece evidente. Apenas se plantea la necesidad de que el Estado realice un esfuerzo en sustituir importaciones, la negativa sale por todos lados. Los expertos dicen que es "difícil" (como lo dicen de cualquier intento de intervenir en economía); porque no se puede, porque la OMC no lo permite, porque a los empresarios no les importa; porque no hay en el Estado personal preparado para la tarea, etc.
Es curioso que durante más de 40 años se vino realizando esta tarea, y hoy sea vista como imposible, y justo en momentos en que lentamente pero sin pausa, se empieza a ir cerrando la brecha positiva de la balanza comercial. Como si la confianza se depositara en nuevos flujos futuros de endeudamiento del exterior.














Gráfico 1














Gráfico 2

Como se ve en las gráfica 1 y 2, efectivamente del 2003 hasta hoy, no se ha modificado el patrón de los 90  (y aca) en punto a sustitución de importaciones. En efecto, el crecimiento del producto en estos años permitió dirigido por la demanda, acelerar cointegradamente la inversión en EDP. El crecimiento de esta última, generó un alza de la porción de inversion importada sobre el total de EDP,en similar patrón posterior a 1990 (*Coremberg, p.65) . La inversión llegó a ubicarse en un máximo histórico sobre el producto (25%)confirmando su carácter inducido por la demanda autónoma (gráfico 3).
















Gráfico 3 (Coremberg, 2007)


Abba Lerner decía que "las medidas keynesianas que no se cumplen son las que no se practican". Esto es, existe la teoría, aparece la necesidad y se tiene el instrumento...no hay excusas de no realizar un enorme esfuerzo en gestionar desde el Estado un plan de sustitución de importaciones que relaje la restricción externa y permita extender el período de tiempo de crecimiento elevado en la Argentina:

"El proceso de sustitución es continuo y acompaña a todo proceso de industrialización. El término "crisis de la política sustitutiva" indica que la sustitución ya no basta por sí sola para mantener el crecimiento del país, pero de ninguna manera debe equipararse -como se hace a veces- al agotamiento de las posibilidades de sustitución".Diamand, cap.13


En la última década de duración de la ISI en país (1960-70), se dio un fenómeno importante de exportaciones de manufacturas industriales sin importantes medidas de promoción de exportaciones. Ver gráfico 4. Los efectos de la sustitución no son simplemente el proteccionismo "ineficiente" que la jerigonza convencional repite, sino que permite el accionar del efecto Kaldor-Verdoorn sobre la productividad por doble vía: 1)permite seguir el crecimiento del producto al relajar la restricción externa, y 2) amplía el proceso productivo a nuevos productos y actividades. Ambos puntos refuerzan el acelerador de la inversión.













Gráfico 4 (Ferreres)


Las importaciones como oferta del exterior inducida, han crecido acompañando el alza de las inversiones en bienes de capital y bienes intermedios, y no así con el alza de demanda de bienes de consumo. Por este motivo las primeras conforman el principal núcleo a sustituir. Ver gráficas 5 y 6. Esto implica que la sustitución no se limita, a lo que pueda efectivamente hacerse hoy en el país, sino que es incumbencia del Estado prever y generar también nuevas ramas y actividades para sustituir. Para ello puede realizarse en etapas, por aproximación ir avanzando sostenidamente en el tiempo, y profundizando dichas políticas de sustitución.
















Gráfico 5
















Grafico 6



La desustitución actual


Una rápida mirada sobre los coeficientes de importaciones a tres dígitos del CIIU (cantidades importadas sobre cantidades de producto sectorial), con base en 1997 y ordenados según importación de 2008, permite ver cuáles son los principales rubros donde las importaciones crecieron más que el producto sectorial correspondiente. Tomando promedios para los últimos años (2003-2009) de cada uno, y eligiendo a los que superen el índice (100=1997) pueden luego ser objeto de un trabajo de campo a realizar desde el Estado para coordinar con las cámaras industriales en impulsar su sustitución. Al respecto no importa mucho que los propios industriales no lo hayan considerado, es el Estado el que debe dirigirlos, como bien afirma Diamand.


Una política bien pensada de sustitución de importaciones debe definir algún costo límite por el cual definir de manera general y sustentable cuales son las actividades que deben ser apoyadas para la sustitución. (Ver enlace de Diamand al final)


Se tiene que retomar ese camino que nos describe Diamand, sin prejuicios de época, sorteando los nuevos escollos de instituciones internacionales (OMC) y adecuando con nuevo análisis las posibles vías para volver a esta y otras medidas de intervención, como las políticas de ingreso para el control de la inflación, creación de un banco de desarrollo, promoción y diversificación de exportaciones, etc. que configuran los pilares de un régimen de desarrollo. La sustitución de importaciones es una de esas herramientas.


Ver Diamand sobre Sustitución de Importaciones CAP 13

* Coremberg, Goldszier, Heyman, 2007 Patrones de la inversión y el ahorro en la Argentina, CEPAL, Chile.

26 jun 2011

Trampa estructural


DIFERENCIAS DE ASIA Y AMERICA LATINA



Por Fabian Amico *


La idea de “estructura desequilibrada” revela una gran diferencia entre Asia y América latina. En Corea o en China, la devaluación fortalece y unifica los intereses productivos en torno a objetivos industriales. Sin embargo, en Argentina o en Brasil las clases sociales se dividen en la fijación del tipo de cambio, y una paridad cambiaria pro industria encuentra oponentes poderosos.

Un tipo de cambio alto, sin retenciones a las exportaciones agrarias, implica un salario real más bajo y crea un conflicto con los trabajadores. Así, dado un nivel de renta, la apreciación cambiaria es funcional al aumento de los salarios reales. Aunque la industria pierda competitividad, es favorecida en el corto plazo por el mayor consumo derivado del alza salarial. De este modo, la alta competitividad “natural” del agro impone un gran obstáculo a la reorientación exportadora de la industria: se requiere un gran sacrificio de ingreso para lograr costos competitivos internacionales con una devaluación, y el “costo de oportunidad” de reorientar la política es mayor en tanto el sector primario sea relativamente más “productivo”.

En Asia, tipo de cambio alto y salario bajo eran una fórmula forzosa para sortear la restricción externa y crecer. No es así en Argentina o Brasil, donde la economía puede tolerar largos períodos con apreciación cambiaria y donde los ciclos de precios internacionales tornan la motivación por el desarrollo industrial aún más débil e inconstante.

Esto conduce a un tipo específico de conflicto distributivo. De un lado, el sector tradicional-financiero aspira a controlar la inflación a toda costa y busca una integración internacional primaria. La industria se beneficia del tipo de cambio “alto” y de altas tasas de crecimiento, pero teme la intervención estatal y la indisciplina de los asalariados. Los trabajadores, finalmente, buscan salarios más altos y expansión del empleo. A nivel agregado, se genera así una fuerte presión hacia la apreciación cambiaria. El legado de Diamand nos advierte que esta “estructura desequilibrada” puede ser una trampa persistente que revierta las fases de auge hacia un modelo de inserción primaria, alternando prosperidad y recesión al ritmo del mercado mundial, y reeditando, bajo nuevas formas, los viejos ciclos de stop and go

* Economista e investigador de la Universidad Nacional de Luján.

28 ago 2010

Marcelo Diamand


Reedicion de su libro Doctrinas Económicas, Desarrollo e Independencia

Su libro otra vez en librerías

Marcelo Diamand. Escritos Economicos.
El economista que cambio la historia del pensamiento economico argentino
de H. Garetto Editor
ISBN 978-987-1493-11-1

pedidos a hgaretto@arnet.com.ar


Diamand en el pensamiento económico argentino
Sitio sobre Diamand de Circus

Prologo por
Fabián Amico y Alejandro Fiorito
Investigadores de UNLU
Grupo Lujan-Revista Circus
Abril de 2010

“Doctrinas económicas, desarrollo e independencia”, de Marcelo Diamand, fue publicado en Argentina en 1973. Ahora, gracias al esfuerzo y la convicción de Horacio Garetto, vuelve a estar disponible para los economistas y para el público en general, tanto en Argentina como en América Latina. Desde su primera edición han transcurrido casi cuatro décadas en las cuales se han producido cambios sustanciales en Argentina y en el mundo. Se impone entonces una pregunta obvia: ¿por qué hay que releer hoy a Diamand? Ciertamente, cuando Diamand escribe Doctrinas, no existían la soja ni la deuda externa, no había el nivel de apertura financiera que existe actualmente, ni tampoco regían las prohibiciones de la OMC ni el ”nuevo” consenso en macroeconomía. Muchas cosas han cambiado. Y sin embargo puede sostenerse que el pensamiento medular de Diamand tiene plena vigencia, porque los rasgos de lo que él llamó “estructura productiva desequilibrada” siguen presentes con todas sus implicancias políticas y estratégicas.

Quizá parte de la explicación del desarrollo de su enfoque guarden alguna relación con su misma condición profesional. “Cuando un ingeniero electrónico se dedica a escribir sobre economía -dice en el prefacio a este libro- le debe una explicación a sus lectores”. Era propietario de una empresa de productos electrónicos que él mismo había fundado y que resultó relativamente exitosa. Aunque de algún modo fue un producto particular de la industrialización institucionalizada por el peronismo en los cuarenta, por su posición social y los tiempos que corrían Diamand era “naturalmente” liberal y antiperonista. Pero cuando los liberales llegaban al poder e implementaban sus políticas económicas, a su empresa comenzaba a irle mal. Eso lo llevó a reflexionar sobre la naturaleza y los fundamentos que guiaban las políticas ortodoxas.

Así, este ingeniero de profesión, como el gran economista polaco Michal Kalecki, pudo eludir las trampas teóricas largamente pergeñadas por la historiografía ortodoxa, tanto en el marco mas abstracto de las causalidades entre las variables económicas, como en sus modelos y aplicaciones. Resulta entonces entendible, y hasta lógico, que un ingeniero con intereses científicos en la economía pueda desarrollarse con buen tino acerca de lo que es relevante para explicar el proceso económico real, sin incorporar las rémoras de “economistas muertos”, como hacia su descargo Keynes en su Teoría General.

La primera tesis de Diamand por tanto apuntó a que el origen de los problemas económicos de Argentina se debía a “un total divorcio” entre las ideas que guiaban la política económica y la realidad, una “inadecuación” entre la teoría económica nacida a comienzos del siglo XIX en los países industriales y la realidad de los países subdesarrollados (hay un indudable eco de Prebisch en estas afirmaciones). Diamand consideraba esta “inadecuación” como una “crisis del paradigma económico”. Así, “Tenemos un conjunto de ideas, recetas de análisis importados de los grandes países industriales, que muchas veces ya no tienen relevancia en sus propios lugares de origen” . Los economistas se formaban en ese arsenal teórico y aunque al tratar de usarlo en los países periféricos se chocaban con la irrelevancia de todo lo aprendido, ya era demasiado tarde: “la estructura conceptual” incorporada “bloqueaba su percepción de la realidad”. Diamand se piensa entonces a sí mismo como dotado de una ventaja imprevista por el hecho de provenir desde fuera de la profesión: como outsider se siente libre de los prejuicios que ciegan a quienes pasaron por el estudio formal de la economía. De allí que el objetivo de Doctrinas era “posibilitar el destrabe intelectual” y demostrar que la crisis argentina se debe a las “ideas equivocadas con que se maneja su realidad”.

Ciertamente, esta tesis de Diamand no está exenta de polémica. Tomada literalmente, parece sugerir que bastaría con exponer las ideas “correctas” para que todo el mundo “pusiera manos a la obra”. Sin embargo, Diamand reconocía abiertamente el nudo de intereses que subyace a cada posición teórica, así como reconocía las asimetrías de clase que imperan en la sociedad y que transforman al terreno teórico-analítico en otro campo de batalla más. Que esa “racionalidad” no es en modo alguno suficiente, era algo conocido. A principios de los años cuarenta, Kalecki había señalado que aún cuando los gobiernos conocieran el método (keynesiano) para alcanzar el pleno empleo, enfrentarían considerables dificultades para mantenerlo en el largo plazo dadas las consecuencias políticas y sociales que ese estado produciría en el balance de fuerzas de clase . Por tanto, la racionalidad y las ideas “correctas”, no serían suficientes para evitar los ciclos y las crisis.

Sin embargo, es factible argumentar que, en cierto sentido, la posición de Diamand era correcta y que eso se aprecia nítidamente cuando se revisa su análisis de lo que denomina “corriente nacional-popular”. Diamand sabía que esa inercia intelectual de las ideas tradicionales no era del todo inocente. “Sin adherir a ninguna teoría conspirativa de la historia –explicaba-, es indudable que ciertos sectores y países adoptan más fácilmente las ideas que convergen con sus intereses o racionalizan su poder”.

Pero también dejó en claro que “no se trata sólo de que haya buenos y malos”. Aún reconociendo que los gobiernos populares percibieron mejor la esencia del problema, Diamand subraya el hecho de que no supieron asumir la significación de ciertas restricciones estructurales, a las que muchas veces interpretaron como meras manifestaciones de resistencia del stablishment, y por tanto no aplicaron las políticas correctas para aliviar o eliminar estas restricciones. Muchas veces, simplemente las ignoraron, desembocando en crisis caóticas y favoreciendo la irrupción de la corriente tradicional.

En cada coyuntura en que la economía crecía y aparecía la inflación, asociada a las devaluaciones, al empuje de costos y/o a la puja distributiva, la corriente nacional-popular adjudicaba la inflación a “los intereses en juego”, por ejemplo, la reacción de los sectores agropecuarios y/o concentrados, que intentaban recuperar posiciones perdidas.

Sin embargo, su diagnóstico era bien diferente. "Cuando el país se encuentra en una de estas crisis de balanza de pagos –explicaba-, aparecen fuertes problemas inflacionarios, alrededor de lo cual se construye otro gran mito derivado de la incomprensión de los fenómenos básicos. A fines de los años '40 nos rasgábamos las vestiduras porque la inflación era del 20 o 25% por año. Con el tiempo llegó a cifras cercanas a la hiperinflación. El diagnóstico aceptado por la sociedad es el exceso de emisión monetaria o el déficit fiscal que la motiva. Pero en realidad la emisión actuó como motor inflacionario muy pocas veces, en 1951, 1958, 1964, y paremos de contar. Únicamente en esos períodos hubo un exceso de demanda que tiraba de los precios hacia arriba. En los demás casos la inflación era de otro tipo. La más frecuente y decisiva fue la que yo llamo inflación cambiaria, que se origina en los problemas de sector externo y se desata a través de las devaluaciones que modifican el tipo de cambio". Aún cuando pueda resultar problemática esta noción de “inflación de demanda”, revela que de todos modos Diamand ponía el foco en otros factores causantes de la inflación, como la restricción externa y la puja distributiva.

Diamand argumentaba que los grupos sociales tradicionales (agropecuarios, concentrados o financieros) no inventaban los problemas. La realidad no coincidía con ese relato de fantasía donde el proceso de crecimiento exhibía rasgos enteramente virtuosos y exentos de escollos, y solo más tarde aparecían la inflación y las crisis como una creación artificial del stablishment en respuesta a su pérdida de porciones de poder en la sociedad y en la riqueza. Más bien, Diamand observaba que los grupos tradicionales aparecían en escena con sus recetas liberales y ortodoxas en respuesta a problemas reales que la corriente nacional-popular no solo no resolvía, sino que muchas veces ignoraba. “No basta con querer desarrollar el mercado interno, hay que conseguir las divisas para subsanar las restricciones que lo traban”, sentenciaba .

En Doctrinas, se describe a esta corriente “nacional-populista” como “un pensamiento semiorganizado, basado en una mezcla poco coherente de ideas estructuralistas y keynesianas, que muestra también una perceptible influencia del marxismo” (cap.21). Diamand destaca que una de las principales características del “nacional-populismo” es su “sistemática oposición a los efectos de las políticas tradicionales”. Sin embargo, dado que sus diagnósticos revelan una considerable influencia del pensamiento neoclásico-ortodoxo, “su rebelión no se dirige tanto contras las políticas sobre las que descansa el poder del liberalismo, sino más bien sobre las consecuencias de estas políticas que aparecen en la superficie” (énfasis agregado). Diamand explicaba esta aparente paradoja por el hecho de que los economistas de la corriente nacional-popular no solo estaban sujetos a la presión de los medios de comunicación, sino que además ellos mismos eran producto de la educación universitaria convencional y no podían sustraerse de la influencia de la corriente dominante.

Diamand pone como ejemplo el compartido diagnóstico liberal que “hace depender el crecimiento del sacrificio popular”. Este diagnóstico es compartido muchas veces por los seguidores de la corriente nacional-popular, “quienes generalmente no dudan de la necesidad del sacrificio, limitándose discutir cuál es el sector que debería sacrificarse”. En el fondo, “están convencidos que cuando más bajos son los salarios tanto más rápido es el crecimiento y cuando se oponen a los bajos salarios no lo hacen por razones económicas, sino por razones políticas y sociales” (pág. 423).

En este contexto, aún con las excepciones que confirman la regla, la corriente populista exhibió “una sistemática ceguera ante el papel limitador del sector externo” (425). Para Diamand, esta corriente ve en la pérdida de un dólar “únicamente la pérdida de ese dólar y no de varios dólares adicionales que se dejan de producir internamente”. Luego argumentaba que la incomprensión de la verdadera naturaleza de la dependencia económica “traba los esfuerzos de las corrientes nacionales para conquistar la independencia” (426).

En particular, Diamand señala como un resultado de esa “ceguera” la existencia de un fuerte “prejuicio antiexportador” que se pone de manifiesto a la hora de instrumentar las necesarias políticas de promoción de exportaciones. Al mismo tiempo, también observaba un hecho que hoy no resulta tan claro entre muchos economistas actuales. “En la Argentina de hoy –decía- más que nunca, cuando la gran mayoría de las actividades del país está volcada hacia el consumo interno, el papel de las exportaciones no es reemplazar este consumo sino proveer ´combustible´ necesario para que pueda mantenerse y crecer” (426).

Proponía, como una de las políticas posibles, la alternativa poco explorada de subsidiar exportaciones, que tiene la obvia ventaja de mejorar la rentabilidad y la competitividad de los bienes de producción doméstica sin subir sus precios internos. Muchos economistas ortodoxos (y algunos heterodoxos) afirmaban que estas “compensaciones” no se podrían llevar a la práctica por “falta de recursos fiscales”. En este punto, Diamand tenía una respuesta poco ortodoxa cuando se preguntaba quién paga la promoción de exportaciones. “La respuesta es que en algunos casos no la paga nadie, ya que los fondos se originan en el crecimiento que no se hubiese operado de no existir dicha promoción, y en otros el peso de la promoción queda repartido entre el crecimiento y algunas transferencias de ingresos convenientes para la economía”.

Pero si bien Diamand se piensa como un outsider de la profesión y rechaza por inadecuada a la teoría económica convencional (neoclásica), nacida a comienzos del siglo XIX en los países centrales, eso no implica que fuera un pensador confinado a considerar el caso argentino, aún con su especificidad, como dotado de una excepcionalidad y particularidad únicas. Ni que la “periferia” merezca una teoría enteramente particular. De hecho, junto con los referentes de la tradición estructuralista, abrevó profusamente en economistas de raíz keynesiana. En Doctrinas, Diamand nos leé cuidadosamente, en voz alta, a Keynes, Kaldor o Joan Robinson, y también a Prebisch y a Furtado. Quizás por esa vía, muchos de los desarrollos más ricos y promisorios de la teoría económica moderna se encuentran en distintas ocasiones, aquí y allá, muchas veces de manera implícita en su análisis, actuando “operativamente” en su estudio particular de lo que él llama “estructuras productivas desequilibradas”, incluso sin una clara conciencia de tales desarrollos. En otros casos, aunque su posición general sea declaradamente diferente, su análisis, sin embargo, resulta compatible con tales desarrollos teóricos. Diamand se inscribe así, con su sello particular, en la gran corriente de pensamiento heterodoxo latinoamericano, de raíz desarrollista y estructuralista.

Por caso, la consideración de las cantidades producidas en base a la demanda efectiva de raíz keynesiana y kaleckiana, se encuentra formulado implícitamente en su enfoque. Asimismo, aún sin una descripción detallada, subraya los determinantes históricos, institucionales y sociales en la dinámica de precios de países como Argentina, en sus procesos de ajuste y en sus aceleraciones. De hecho puede mencionarse la importancia asignada por Diamand en la explicación de la inflación a la puja redistributiva entre asalariados y empresarios, dentro de un marco donde la estructura de la economía oficia de disparadora de dicha puja, especialmente las grandes devaluaciones. En línea con el pensamiento de los economistas clásicos, donde la distribución es exógena y se asienta en las costumbres y los conflictos por el excedente, Diamand tenía una clara visión respecto de la determinación de los salarios y su relación con las devaluaciones:

“La presión social que siempre existe para lograr el aumento de los salarios reales se multiplica muchas veces cuando significa oponerse a las medidas que pretenden bajarlos. Psicológicamente, el nivel ya alcanzado por los salarios reales se convierte en un estándar ´normal´ de referencia y su disminución se siente como un atentado contra los derechos adquiridos. Por ello, mientras para el pensamiento económico el salario real es una variable de ajuste, para la sociedad moderna la preservación del salario real es un objetivo fundamental” (Diamand, 1977, p.11).

Asimismo, en una critica abierta de la concepción convencional ortodoxa, y partiendo del hecho observado de la existencia de desempleo, destacaba que una vez aliviada la restricción de divisas, era factible expandir la demanda agregada vía déficit fiscal o mediante políticas monetarias expansivas:

“Una vez cumplido el objetivo de eliminar la restricción externa este modelo en principio tendería a convertirse en un modelo keynesiano que podrá ser reactivado mediante un incremento de la demanda por vía de la expansión crediticia o de déficit fiscal.” (Hacia las superación de las restricciones al crecimiento económico argentino, Pág. 5, CERE 1988).

Ciertamente, Diamand parecía coincidir con la afirmación de Keynes, quien concedía que al llegar al pleno empleo “cobraba vigencia el paradigma clásico”, según el cual la expansión estaría restringida por oferta. Sin embargo, a los efectos “operativos”, son escasos los ejemplos citados en los numerosos trabajos de Diamand sobre el caso argentino donde al autor advirtiera o se “topara” con el “caso clásico”, es decir, donde encontrara restricciones al crecimiento “por el lado de la oferta”.

Diamand rastrea el origen del esquema analítico que comienza a dar cuenta de los desequilibrios externos como reflejos de heterogeneidad estructural en los trabajos de Prebisch, Furtado, Hirschman y Ferrer. Y, a medida que esos autores progresan en su compresión de esta especificidad, destaca “el comienzo de una desorientación cada vez mayor entre los economistas no estructuralistas” (p.73). Simplemente, en los enfoques convencionales, la limitación externa no tiene un marco teórico donde pueda ser planteada. Diamand afirma que posteriormente hubo algún reconocimiento con los modelos de doble brecha (double gap), que admiten la existencia de una brecha externa como freno al desarrollo anterior a la “brecha de ahorro”, como en McKinnon, Chenery y Strout, y otros. Pero agrega que tales aportes “no avanzaron mucho en el análisis de un modelo completo de limitación externa ni tampoco en el diseño de políticas necesarias para eliminar esta brecha”.

En esta línea interpretativa, Diamand observa como un hecho estilizado que en Argentina los breves períodos de crecimiento se alternan con recesiones y desocupación. Este ciclo configura una tendencia de casi estancamiento, llevando a la frustración y transformando al problema económico “en un eje alrededor del cual giran los problemas sociales y políticos” (p.15). Observa dos esquemas antagónicos de diagnóstico y de propuestas: el liberal-ortodoxo y el nacional-populista. El primero subraya la incapacidad e ineficiencia estatal, el rol del déficit fiscal y la inflación, la falta de “disciplina”, la carencia de ahorro y, sobre todo, la responsabilidad de una estructura industrial “artificial” e “ineficiente”. El segundo señala como responsables a los bloques de poder externos y a la dependencia de las elites locales, junto a la especulación financiera. Señala como causa de atraso a los bajos salarios y la demanda insuficiente, al predominio del capital extranjero y de los monopolios. Diamand observa que este sector tiene cierta afinidad con el pensamiento keynesiano como respuesta a las recesiones.

En este contexto, Diamand determina su objeto de estudio al comienzo de su libro: la EPD o Estructura Productiva Desequilibrada. (Capítulos 2 y 3). Se aboca a elucidar una primera y generalizada confusión que debe ser desechada: la de tomar como sinónimos a la productividad, la eficiencia operativa y la eficiencia de asignación de recursos.

La productividad es simplemente la cantidad producida dividida la cantidad de trabajo utilizado en dicha producción, que en ocasión de pleno empleo determina el producto per cápita. Las condiciones de recursos naturales, capitalización física y social, contexto productivo y eficiencia de utilización de los recursos son sus parámetros relevantes.

La eficiencia operativa siempre es una comparación ideal, que supone iguales condiciones de recursos entre los países comparados, y exige para dejar de ser hipotética, la igualdad de recursos de los países comparados. por lo que se puede ser eficiente, aun siendo menos productivo. Pero difícilmente un país no desarrollado, tenga igual productividad que uno desarrollado. No obstante, cada nación debe partir de esa productividad epocal en que se encuentra en ese momento histórico para mejorarlas en un “learning by doing” permanente. Por eso, Diamand nos alerta sobre las criticas “eficientistas” que se ciñen contra la producción industrial doméstica por no poder vender sus productos al precio internacional con el mote de “ineficientes”. Diamand concluirá que siempre existe un tipo de cambio al que los productos industriales pueden ser ubicados, al precio internacional.

La recomendación convencional sugiere que los países con producción exportable primaria que pueden generar empleo a toda su población y expandirse, no deben desarrollar una industria. Pero en el mundo real, la utilización de estos recursos primarios no basta para emplear a toda la población. Por un lado, la demanda mundial exhibe una fuerte volatilidad respecto de las commodities agropecuarias. Además, constantemente el progreso técnico, mediante sustitutos industriales, hace disminuir la ocupación en términos absolutos en las producciones primarias. Las crisis económicas en el primer caso y el reemplazo de ciertas materias primas para el segundo, refuerzan la conclusión sobre que el desarrollo considerado optimo, de exportación de recursos naturales, no es válido.

Por último, la “eficiencia en la asignación de recursos”, a diferencia de la “eficiencia operativa”, califica el grado de productividad de la existencia de una determinada actividad. Una eficiencia operativa puede ser alta, pero las condiciones del clima hacen que dicha actividad tenga una eficiencia de asignación baja, vg. el cultivo de arroz en un desierto, etc. Por lo tanto tarde o temprano estos países se ven obligados a industrializarse, por la caída del nivel de ocupación.

De este modo, surge un resultado importante: una vez que ha surgido la decisión de industrializarse, dicho país cuenta con una menor productividad industrial con respecto a la del sector primario y debe hacerlo con protecciones arancelarias y paraarancelarias a la importación. Es el ejemplo de Argentina en la crisis del 30, cuando Inglaterra “le suelta la mano”, y la industria comienza a desarrollarse “hacia adentro”, apuntando al abastecimiento doméstico. Por lo tanto, resulta ser una consumidora neta de divisas. La provisión de dólares queda a cargo de las exportaciones del sector más productivo, el primario. Hace su aparición el escollo duro de la restricción externa y la incomprensión de la teoría ortodoxa, que no explica el surgimiento de la industria naciente, sino que tiene a considerarla como una fenómeno “patológico” (ineficiente, “artificial”, etc). Para colmo, la industria no alivia la restricción de divisas, sino que la agrava. Es por eso que Diamand se refiere al “carácter acumulativo del desequilibrio en la EPD”.

Y ante ese escollo que surge con la restricción de divisas, aparece también la conformación de una estructura desequilibrada, basada en el surgimiento de un sector productivo con menor productividad relativa, vg. la industria con respecto al agro.

“En las EPD la paridad (cambiaria) única no existe. Dichas estructuras se definen, precisamente, por la presencia de dos sectores de productividades netamente distintas, con lo cual, dentro de la baja productividad general, existen a su vez diferencias de productividades relativas entre el sector primario y la industria. Como consecuencia, aparecen dos paridades distintas, que no pueden ser reflejadas simultáneamente por el mismo tipo de cambio. Debido a esto el mecanismo cambiario, cuya misión debería ser igualar los precios internacionales, no puede funcionar para todos los productos a la vez” (pag.58).

La solución propuesta por Diamand se basa en el establecimiento de tipos de cambio diferenciales como condición necesaria para el desarrollo industrial de largo plazo, especialmente para favorecer estructuralmente las exportaciones de productos industriales. Históricamente, el proceso iniciado hacia el desarrollo industrial se desplaza luego hacia un esfuerzo para sustituir importaciones, en la búsqueda de aliviar la restricción externa. Pero a poco de andar, cada dólar ahorrado se vuelve más caro en dólares. Sin avanzar en orden, se comienza a sustituir bienes finales, para ir avanzando hacia los insumos. Pero las mismas materias primas comienzan a fabricarse a “costos internos mayores que los internacionales”, hasta que “cada nueva sustitución significa una onda de aumento de costos que se propaga a través de toda la estructura productiva” (Pag. 66).

Frente a la aparición de estos límites estructurales, se requiere un modelo “Estado intensivo”, donde juegue un rol central el otro lado del canal de alivio de la restricción externa: la promoción de las exportaciones industriales. No obstante, esto en modo alguno significa que la sustitución de importaciones sea un proceso “agotado”, sino que su especificidad como modalidad unilateral de desarrollo se inscribe a un período histórico concreto y no puede ser el método exclusivo para ahorrar divisas.

En este marco analítico, se comprende adecuadamente la relación estrecha que existe entre la inflación crónica y las devaluaciones recurrentes que padecen estas “estructuras productivas desequilibradas”. Y, por supuesto, el rol central para una política económica que atienda este específico desequilibrio estructural argentino: la noción de “devaluación compensada”. Puesto que las devaluaciones pueden tener efectos adversos sobre la distribución y sobre la demanda agregada, en un contexto histórico de continua deflación salarial, Diamand planteó hace décadas una salida genuina al atolladero mediante la propuesta de una “devaluación compensada” que anule (o minimice) los efectos inflacionarios y el deterioro de la distribución del ingreso y de la demanda interna causados por la depreciación de la moneda. El argumento admitía dos variantes:

1) una devaluación compensada con impuestos (“retenciones”) a las exportaciones de alimentos;
2) una devaluación compensada con menores impuestos netos a la población.

La opción (1) fue empleada desde 2002 en adelante y dio buenos resultados pese a la magnitud de la devaluación. En la variante (2) se contemplaban dos modalidades con resultados muy similares. Por un lado, la combinación de una devaluación nominal con una baja del IVA. Por otro, la combinación de una devaluación nominal con subsidios directos a la población de menores ingresos. En ambos casos (o con una combinación de éstos) los efectos pueden compensarse, obteniéndose resultados positivos sobre la producción y el empleo y sobre la balanza comercial, sin perjudicar la demanda interna y sin generar presiones inflacionarias. La compensación incentivaría un mayor consumo total y un incremento en la demanda interna. Por ende, sería un mecanismo genuino para restituir parcialmente la pérdida de recaudación (del IVA) gracias al alza de la producción, al tiempo que crece la recaudación proveniente de otros impuestos. Por tanto, si aumenta el excedente de exportaciones y el consumo por trabajador se mantiene más o menos constante, habría entonces un efecto neto positivo sobre la demanda agregada.

Algo análogo ocurre con los efectos de una devaluación que va acompañada con subsidios directos a la población de menores ingresos. Es un esquema de sabor más kaleckiano: gracias a los subsidios, se mantiene el consumo popular a pesar del alza de precios asociada la devaluación. En esta variante de “devaluación compensada” hay efectos expansivos en la economía, porque los subsidios devuelven a los sectores marginados capacidad de compra que pierden con los mayores precios que acarrea la devaluación. En este caso, si las exportaciones netas crecen (y se cumple la condición Marshall-Lerner ), el producto y el empleo crecerían. También en estos últimos casos de “devaluación compensada”, el aumento de la producción y los ingresos aumentarían la recaudación, por lo que el aumento del gasto asociado con los subsidios, irá acompañado de una mayor captación de ingresos. Con conciencia o no de ello, la política económica vigente desde 2003 utilizó exitosamente buena parte de estas políticas sugeridas por Diamand hace décadas.

Hacia el final del libro y a partir del capítulo 10, Diamand comienza su discusión con otras corrientes del pensamiento económico argentino, a fines de hallar una salida a la encerrona teórica de lo que él denominó el “péndulo” argentino, esa lógica subyacente al proceso argentino que obliga sistemáticamente a oscilar entre la corriente popular y la conservadora. Temas complementarios como las promociones de las exportaciones (cap. 11) o la reforma de los precios relativos internos para estimular las exportaciones agropecuarias, mediante un plan integral arancelario, cambiario e impositivo (cap. 12), así como las políticas en materia de importaciones y de formación de capital de inversión en las EPD, en cap. 13 y 14, muestran la fuerza del análisis empírico de la problemática en Argentina por parte de Diamand en problemas aun no superados y de absoluta vigencia.

Asimismo, en el cap. 18 y 19 aborda el significado político de la revolución keynesiana, y los pasos que serian necesarios para amoldar un esquema de economía cerrada a otra con restricción externa. Analizando el rol de los “tecnócratas”, y sobre la reforma de la enseñanza de su época afirma:

“Las facultades de Ciencias Económicas producían contadores y no economistas. La reforma de la enseñanza y la aparición de una nueva carrera de economistas profesionales, alentó la esperanza de que la mejora del entrenamiento profesional tuviese un efecto positivo sobre el manejo de la economía. Sin embargo, hasta ahora el efecto principal de la reforma fue reemplazar a los economistas liberales ortodoxos conscientes por los que lo son sin saberlo” ( Pág. 415).

En los cap. 20 y 21, se refiere finalmente a los aliados vernáculos de la ortodoxia internacional y a los opositores y sus corrientes de pensamiento estructuralistas y keynesianas. En este ultimo capitulo dedica observaciones críticas sobre el nacional-populismo, el “frigerismo” y el marxismo. Observa agudamente Diamand que la corriente nacional-populista, a pesar de su oposición política a las líneas ortodoxas y liberales, mantiene un acuerdo teórico con el liberalismo, muchas veces sin siquiera una clara conciencia de ello. Al desarrollismo vernáculo le cuestiona que, mas allá de su intención de cambiar la estructura productiva, han confundido dinero domestico con divisas. El mero hecho de impulsar industrias básicas y recurrir a los capitales internacionales para “invertir” como fogoneo de la demanda, no da cuenta que ello impide y bloquea las fuentes generadoras de capital propias, chocando contra el desequilibrio de la balanza de pagos, y tornando inviable su política de desarrollo basada en empresas que no apuntan al aumento de las exportaciones industriales en el largo plazo (Pág. 432).

Respecto al marxismo, además de otras consideraciones basadas en lo inadecuado de aplicar al presente un esquema del siglo XIX, con salarios estancados y vigencia de la ley de Say, Diamand apunta a un debate con un representante argentino destacado de entonces, Oscar Braun, a quien critica por ser portador del “veneno de la inevitabilidad” de un cambio violento. A pesar del buen análisis de comercio exterior, crisis e inflación desarrollado por Braun , Diamand le objeta que frena dicho análisis un momento antes de “analizar sus causas y elaborar herramientas para subsanarlo, fiel al dogma básico del marxismo (…) para demostrar su “inevitabilidad” (Pag. 446).

En el cap. 22, finalmente Diamand expone su propia posición política y muestra su enfoque de interacción entre lo económico y lo político social, en el apartado titulado “Hacia una Revolución Pacífica”. La riqueza de esta obra y la concepción clásico-keynesiana-estructuralista en la que se sustenta, son la plataforma desde la cual Diamand despliega su propio y original aporte al estudio específico de la restricción externa en nuestros países y sus implicancias profundas sobre el desarrollo argentino. Esta contribución poseé una innegable actualidad. Desde la edición de Doctrinas, en 1973, hasta esta reedición, la teoría económica de raíz heterodoxa ha realizado progresos importantes. Muchas de las afirmaciones y proposiciones de Diamand, tras estas décadas de avances lógicos y empíricos en el campo de la economía heterodoxa, pueden y deben ser matizadas, corregidas e incluso criticadas allí donde sea el caso. La oportunidad de la reimpresión de la obra mayor de Marcelo Diamand puede y debe servir entonces para un estudio meditado de las exigencias actuales del desarrollo argentino, de sus requisitos teóricos y de sus implicancias políticas.


17 mar 2009

La política agropecuaria y la estructura productiva



por Fabián Amico


La eterna discusión entre el gobierno y la Mesa de Enlace puso en evidencia las orientaciones económicas que emergen de la discusión sobre la política agropecuaria. Pese a algunas concesiones obtenidas inicialmente por el sector (en el tema ganadero, lácteo la suba del precio de referencia del trigo destinado al mercado interno), la Mesa de Enlace volvió a pedir una vez más la rebaja de las retenciones a la soja. El Gobierno se negó a hacerlo argumentando que no quiere afectar la recaudación en medio de la crisis internacional. Los representantes del agro aseguraban que hay otras alternativas de recaudación.
En el trasfondo de esta discusión hay un bloque de fuerzas políticas y sociales propugnando un retorno al modelo agroexportador, ahora basado en la soja, un modelo de país que ya ha demostrado, durante más de treinta años, su más completo fracaso. Los representantes más duros de este bloque se reunieron recientemente en torno del megaevento de negocios Expoagro, donde adoptaron la soja como bandera. Cada intervención y cada discurso pareció tener como objetivo competir con los demás para ver quién está más a la derecha y quién sustenta las posiciones más radicalmente conservadoras, en una dinámica realmente bizarra. Sin los tapujos de algún pasado retóricamente progresista, Carrió se radicalizó una vez más. “El único camino de salida de la crisis que tiene la Argentina es el campo y la agroindustria”, dijo, y agregó que convocará a sesiones especiales del Congreso para forzar la discusión de las retenciones a la soja. Como frutilla de la torta agregó que “hay que bajar los costos laborales para sostener el empleo”.
Un menú completo de ortodoxia.

Sin embargo, la necedad de los adversarios no puede convertirse así nomás en una virtud propia. Preso de una larga confusión, el gobierno coloca la discusión con los empresarios agropecuarios en un terreno ambiguo, como si el problema fuera la recaudación fiscal o solamente un problema de justicia distributiva, con todo lo importante que esto pueda ser. Se descuida la atención sobre un problema aún más importante, como es su efecto sobre la estructura productiva del país.
Marcelo Diamand decía que en Argentina los productos agropecuarios son relativamente más baratos que los industriales por dos razones. Una: la extraordinaria dotación de recursos naturales del país; otra: el retraso del desarrollo industrial interno, debido a las crisis y las políticas de ajuste de las últimas décadas. Así, si se fija un tipo de cambio bajo (un peso “caro”), acorde con la productividad “natural” del agro, los precios agropecuarios son competitivos a nivel internacional pero los precios industriales no. Esta asimetría entre precios relativos internos y los internacionales supone que para otorgarle competitividad a la producción nacional de exportables, especialmente de bienes industriales, tiene que haber tipos de cambio diferenciales para los diversos productos. Este es el único modo genuino en que la industria pueda contribuir con exportaciones a obtener las divisas que insume su propio desarrollo.
Un ejemplo: si para la rentabilidad de la soja alcanza una paridad de 2 pesos por dólar, para hacer viables las exportaciones de textiles o maquinarias es necesario un dólar a 4 pesos. Si el tipo de cambio se fija en el nivel de la soja (como en la convertibilidad), no hay necesidad de retenciones ni hay inflación, pero desaparece más de la mitad de la producción y el empleo industrial. Si el dólar se fija en el nivel “industrial”, más alto, se genera una renta extraordinaria para la soja, que aumenta el precio de la tierra y del conjunto de los alimentos, y profundiza los desequilibrios estructurales del país.

No hay muchas opciones: se deben “administrar” las señales de precios del mercado internacional, para “traducirlas” en función de una estructura productiva interna que haga factible el desarrollo económico y social. Si los precios relativos internacionales se traducen al mercado interno sin interferencia (como las retenciones u otras intervenciones posibles del Estado), el campo pasaría a ser un mero apéndice del mercado mundial, como en los viejos tiempos del modelo agroexportador, y el país se desindustrializaría sin pausa. Pese a lo que se repite sin fundamento en los medios respecto de la incidencia del sector agropecuario, el conjunto del agro y del sistema agroalimentario generan menos del 20% del empleo, con lo que el resto de la población del país sobraría.[1] Pero ni siquiera eso es seguro, porque las oscilaciones de los precios internacionales de productos primarios son muy bruscas: ¿qué modelo agroexportador resultaría en un mundo como el actual con caída de los precios de la soja y otros commodities?.
En verdad, en Argentina la discusión sobre la apropiación de la renta que generan los productos agropecuarios, fue una discusión que apunta a adjudicar un carácter de bienes públicos a los productos del sector, dado su rol estratégico en la provisión de divisas y en el alivio de la restricción externa. Por otro lado, la fijación de tipos de cambios diferenciales podría traducirse en salarios en dólares relativamente más bajos (que en el fondo es un reflejo de la productividad media de la economía). Pero el hecho de que el salario real pueda ser relativamente bajo en dólares no implica que no pueda ser más alto en pesos, o sea en poder adquisitivo interno. Ello depende de la relación entre tipo de cambio y salario real, y del grado de disociación que la política económica pueda establecer en cada momento entre precios internos e internacionales de los bienes-salario que exporta el país. Por caso, en la convertibilidad había salarios altos en dólares, junto con desindustrialización, alto desempleo y una paulatina caída de salario real en pesos.
Estos temas fundamentales siguen ausentes de la agenda pública en general y en particular en las actuales discusiones sobre la política agropecuaria. Si esta situación persistiera, retornaría al centro de la escena la “maldición de los recursos naturales”, a saber: los países que sustentan su desarrollo en sus recursos naturales abundantes (petróleo, cobre, tierras fértiles, etcétera), nunca llegan a superar el subdesarrollo. En ausencia de este debate fundamental, la estrategia de la Mesa de Enlace de “ir corriendo el arco” a medida que obtiene concesiones, terminará por consumar la anhelada eliminación de las retenciones, incluidas las que rigen sobre la soja. No sería extraño entonces que el país ingrese, con renovados bríos, en una nueva ronda del modelo soja & shopping, como en los años noventa, cuando Argentina hizo todo lo que Carrió, Solá, Macri y la Mesa de Enlace hoy pregonan con fanatismo. Y así nos fue.

[1] Unos de los pocos que intentaron “demostrar” con datos esa alta incidencia del agro fueron Llach, Harriague y O’Connor (“La generación de empleo en las cadenas agroindustriales”, documento de la Fundación Producir conservando, Buenos Aires, 2004). La réplica de Javier Rodríguez fue lapidaria (véase: “Los complejos agroalimentarios y el empleo: una controversia teórica y empírica”, Cenda, Doc.de Trabajo, Nro.3, setiembre de 2005). Tras su análisis Rodríguez concluyó que: “Todo el sistema agroalimentario ampliado, incluyendo la producción, comercialización y transporte de todos los alimentos (incorporada la pesca), y de toda la producción primaria incluyendo el algodón, la lana, la madera, etc.; acapara el 18,1% de los puestos de trabajo existentes en 1997”.