El viejo Almacén. BsAs

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

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16 sept 2022

Monetarismo y bimonetarismo

 

Posteamos la versión extendida de la nota publicada recientemente en Le Monde Diplomatique sobre la economía argentina que discute causas de los problemas inflacionarios y dolarización en la Argentina muy debatidos tanto en visiones ortodoxas como heterodoxas.

 

 

Fabián Amico, Franklin Serrano, y Matías Vernengo[*]

 Bimonetarismo hoy en día es el nombre dado al elevado grado de dolarización informal. La combinación de alta inflación con la dolarización ha llevado a varios analistas, ortodoxos y hasta algunos heterodoxos, a considerar la propia inflación como causa central del bimonetarismo. Por caminos diferentes, estos autores sugieren que los déficits fiscales financiados por emisiones monetarias del banco central tendrían un papel en la aceleración inflacionaria, las desvalorizaciones cambiarias y en el bimonetarismo.

En el argumento ortodoxo, la inflación de demanda, causada por el financiamiento monetario del déficit fiscal, sería la causa del bimonetarismo argentino (1). De otro lado, hay una variante heterodoxa que apunta a la inflación y las devaluaciones como la base del bimonetarismo, aunque reconoce que la inflación argentina es de costos e influenciada por el conflicto distributivo. En esta visión, los déficits fiscales tendrían un papel en la aceleración inflacionaria, supuestamente porque la moneda creada a partir de los déficits se transferiría al sector privado, que los transformaría en dólares, presionando el tipo de cambio y la inflación por esa vía (2). Para algunos grupos heterodoxos, al contrario, el alto grado de dolarización resultaría de problemas específicos de la Argentina, de especuladores que jugarían en contra de la moneda nacional. Sería un patrón de acumulación de los sectores internacionalizados, que promoverían una estrategia de endeudarse externamente para fugar (3). Sin embargo, hay diversos países que también tienen elites internacionalizadas, y alto grado de dolarización, pero baja inflación. Y otros, como el Brasil, que tuvieron alta inflación y no se dolarizaron. Tampoco se puede culpar a la inflación o a los déficits fiscales. Simplemente no hay evidencia empírica favorable sobre una relación entre déficit fiscal, base monetaria e inflación en Argentina (4).

Acá se busca argumentar que la situación argentina no resulta ni del supuesto populismo macroeconómico, ni de una supuesta desaparición del peso como moneda, ni del comportamiento idiosincrático de los especuladores financieros locales. Una explicación satisfactoria debe venir de la fragilidad de las cuentas externas, y no fiscales, del país, en un contexto de inflación de costos movida por una puja distributiva donde los trabajadores argentinos, por suerte, todavía tienen fuerte poder de negociación. Esta fragilidad externa es agravada por la presión cambiaria que resulta de la política monetaria, y no de la fiscal. Son las tasas de interés por debajo de la tasa de retorno de los activos financieros en dólar que explican el bimonetarismo. El bimonetarismo argentino responde a regularidades macroeconómicas que no son difíciles de explicar.

 

El bimonetarismo se combate con diferenciales de tasas de interés positivas

Para muchos analistas, el final de Bretton Woods, cuando Estados Unidos abandona la paridad con el oro, hace poco más de 50 años, marcaría el inicio del final de la hegemonía del dólar. Sin embargo, como había notado Maria da Conceição Tavares, lo que en realidad ocurrió fue el retorno de la hegemonía estadounidense. Esto delimitó el inicio del patrón dólar flexible, donde el dólar es la moneda estatal estadounidense y al mismo tiempo la moneda internacional (5). La fuerte subida de las tasas de interés por Paul Volcker al final de los años 1970, para combatir la inflación, llevó a la crisis de la deuda y forzaron a un ajuste brutal de la periferia, particularmente en América Latina.

La subida de las tasas estadounidenses y la fuga de capitales, con las devaluaciones que se siguieron, fueron de un lado inflacionarias, por el efecto de las devaluaciones sobre los costos de los bienes importados y de los precios de los bienes transables, y del otro contractivas, por el efecto negativo de la inflación en los salarios reales y en el gasto privado. En el contexto del retorno de la democracia, y las presiones por recomposición salarial, las espiral cambio-precios-salarios, además de la indexación, conllevaron a una fuerte aceleración de la inflación. El déficit fiscal en este contexto no tuvo ningún rol en explicar la inflación, y la creación de moneda doméstica se dio endógenamente para satisfacer a las necesidades del funcionamiento de la economía, a la tasa de interés fijada por el banco central.

Los planes de estabilización llamados heterodoxos de los años 80, que se fundaron en la noción de la inflación inercial, y en el congelamiento de precios y salarios, no pudieron frenar la espiral cambio-precios-salarios, simplemente porque los dólares para frenar la tendencia a devaluaciones recurrentes no estaban. Y aunque se impusieron fuertes controles de capitales de corto plazo, y en algunos países las altas tasas de interés domésticas ayudaron a evitar la salida de capitales y una mayor tendencia a devaluar, no fueron capaces de atraer capitales externos y acumular reservas. Los mercados financieros permanecían cerrados para la periferia latinoamericana. En los años 1990, la mayoría de las economías latinoamericanas pudieron resolver sus problemas de deuda externa y controlar y reducir la inflación. La alta inflación y en algunos casos la hiperinflación, quedaron como cosas del pasado. En gran medida, la estabilización fue posible por la reversión de los flujos de capital, propiciada por la renegociación de las deudas externas en el marco del Plan Brady y la reducción de las tasas de interés en el centro. Las reformas del llamado Consenso de Washington eran la contrapartida política del retorno dos flujos de capital externo privado que permitieron la estabilización. En el caso argentino esto fue posible con el Plan de Convertibilidad de Domingo Cavallo. La entrada de dólares permitió controlar el tipo de cambio y parar la espiral cambio-precios-salarios que realimentaba el proceso inflacionario. Inicialmente, eso permitió un aumento de los ingresos de los trabajadores, pero enseguida el salario real cayó y tendió a estancarse por los cambios en la legislación laboral y el alto desempleo, que debilitaron considerablemente el poder de negociación sindical.

En la visión conservadora, la estabilidad había sido posible gracias al alejamiento de las políticas populistas, representadas en el caso argentino por el abandono de la plataforma económica del partido Peronista por Carlos Menem. La austeridad fiscal, y el control de las emisiones monetarias – que supuestamente financiarían a los déficits fiscales, y que de acuerdo con esa lógica monetarista conformarían la causa central de la inflación – eran el fundamento económico de la estabilidad. Entre los años 1980 y los 1990 a Argentina había recuperado la democracia, la estabilidad de precios, y lo único que quedaba pendiente era la recuperación del desarrollo y el crecimiento, que en esa visión vendría de aceptar las reglas neoliberales del juego e integrarse en la economía global.

Los efectos sociales de esas políticas en la región fueron negativos, con bajos niveles de crecimiento, aunque mayores que en la década perdida de los 1980, y aumento del desempleo, desigualdad y de la pobreza. A partir de la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998, una ola de gobiernos de izquierda se impuso en buena parte de la región, como reacción a las reformas neoliberales. Para muchos, el retorno del populismo presagiaba la vuelta de la inflación, sin resolver el problema del crecimiento. Además, la inflación, se esperaba, traería nuevamente otro problema perenne de la región, la dolarización, o el bimonetarismo. El argumento conservador sugería que la inflación también explicaría el alto grado de dolarización de las economías de la región que no podían tomar prestado en moneda doméstica a largo plazo, y eran forzadas a endeudarse en moneda extranjera, el infame pecado original. Los agentes económicos optaban por poner sus ingresos en dólares, frente a una inflación que devaluaba los activos en moneda doméstica.

La acumulación de déficits en la cuenta corriente, y la baja performance exportadora, después de una apertura comercial muy amplia y rápida, que encaminó a buena parte de la región a un patrón de especialización relacionado con la producción de commodities, que se mantiene hasta hoy, cada vez más direccionadas hacia los países asiáticos, con China a la cabeza, eventualmente demostraron la falta de dinamismo del proyecto neoliberal. Las crisis del Tequila, la brasileña y la argentina, entre 1994 y 2002, son la evidencia de la insostenibilidad de los regímenes de cambio fijo en condiciones de apertura financiera. Pero después de la crisis de la punto-com, en el 2001, que obligó a la Fed a bajar las tasas de interés, y del crecimiento de los mercados globales, liderados por China, y el boom de los precios de las commodities, que empezó en 2002, subiendo el valor de las exportaciones de la región, la situación cambió. Estos cambios, junto con una mejor administración de la cuenta financiera de la balanza de pagos por muchos de los países periféricos, ayudaron a reducir a la restricción externa de los países en vías de desarrollo. Entre las medidas adoptadas se abandonaron los regímenes de cambio fijo o de convertibilidad, dando lugar a un tipo de cambio flotante pero fuertemente administrado, políticas de acumulación de reservas internacionales, y el pago de los préstamos al Fondo Monetario Internacional (FMI) para librarse de su condicionalidad (6).

Hasta la Argentina, el único de los países de la región que había caído en default, por el endeudamiento externo insostenible durante la convertibilidad, pudo renegociar la deuda externa, a pesar de no haber podido normalizar totalmente la situación con los fondos buitres. El país volvió a crecer, por lo menos hasta poco después de la crisis financiera global del 2008-9, sin mayores problemas y con inflación relativamente moderada. En este ambiente internacional más favorable, las primas de riesgo para países emergentes sufrieron una fuerte reducción (9). La caída de la prima de riesgo permitió que muchos países periféricos pudieron tomar prestado en moneda doméstica en los mercados internacionales, aunque no mantuvieron un ancla cambiaria. La excepción a la norma fue la Argentina, donde la inflación empezó a acelerarse, y donde sucesivos gobiernos, de izquierda y de derecha, fueron incapaces no solo de estabilizar la economía, sino tampoco de eliminar el bimonetarismo crónico. De hecho, en la primera década del nuevo milenio, el FMI reconoció que “los latinoamericanos están dando más valor a sus propias monedas” (FMI, 2010), en línea con una notoria caída en la dolarización en la región, y mencionaba que la única excepción era Argentina.

La mayoría de los países de la región, gobernados por partidos con diferentes tendencias políticas, fueron capaces de mantener crecimiento y estabilidad de precios con un cambio flotante, metas inflacionarias, y acumulando reservas en dólares. Por lo general, la inflación había sido controlada porque el régimen de metas de inflación, con tasas de interés elevadas, había logrado mantener la estabilidad del tipo de cambio (induciendo incluso fases de apreciación nominal), en un contexto de baja resistencia salarial como resultado de la restructuración neoliberal de las décadas precedentes. En ese contexto, casi todas las economías de la región pudieron no solo acumular reservas, sino también tomar prestado en dólares con diferenciales de interés bajos, y en moneda doméstica, reduciendo considerablemente el endeudamiento en moneda extranjera, y el bimonetarismo.  Así, mientras –por ejemplo- en Brasil surgió un déficit de cuenta corriente externa hacia 2007, la cuenta de capital, que registra los flujos de capitales externos, se hizo fuertemente positiva desde 2006 y permitió una significativa acumulación de reservas. En Argentina, en cambio, hubo una acumulación de reservas hasta 2009, generada casi enteramente por la cuenta corriente. Pero cuando la cuenta corriente tendió a hacerse negativa hacia 2010, la cuenta de capital siguió siendo negativa y el nivel de reservas internacionales se estancó y luego comenzó a declinar, a contramano del resto de la región.

 El grueso de la acumulación de reservas en la región se dio a partir de la crisis financiera global, cuando las tasas de interés estadounidenses cayeron prácticamente a cero, y los superávits de cuenta corriente, relacionados con el boom de commodities ya habían desaparecido. O sea, la acumulación de reservas se dio en gran parte por la entrada de flujos de capital. La existencia de un elevado nivel de reservas en un contexto de bajo endeudamiento en moneda extranjera, favoreció un ambiente en el cual los países no tenían problemas para importar los bienes necesarios y hacer frente a los pagos de intereses de la deuda en dólares.

En la Argentina, la recuperación de la economía se había hecho con una fuerte renegociación de la deuda externa, que fue reducida considerablemente y se encontraba en niveles sostenibles. Pero esto había ocurrido en un contexto de tasas de inflación superiores al promedio del de la región. Esa inflación, que se encontraba por entonces en el 25 por ciento anual, no era problemática ya que no había impedido una fuerte recomposición salarial con reducción de la pobreza durante los gobiernos kirchneristas, al menos hasta 2013. Sin embargo, el deslizamiento persistente del tipo de cambio, y los reajustes salariales mantenían una inflación moderadamente alta.

El aumento de los salarios reales por encima de la productividad causaba la disminución de los márgenes de ganancia, particularmente en los sectores transables, que son mayormente tomadores de precios internacionales y por ende no pueden repasar los mayores costos laborales a precios. Así, frente al creciente malestar empresario, el gobierno se veía forzado a ajustar persistentemente el tipo de cambio nominal, a los fines de, al menos, compensar esa menor rentabilidad. La tendencia a la devaluación erosionaba el rendimiento esperado en dólares de los activos financieros domésticos y estimulaba una dolarización creciente, especialmente en un contexto de tasas de interés relativamente bajas.

En ese contexto, el gobierno optó por imponer controles de capital (el denominado “cepo cambiario”), que inicialmente logró frenar las fugas de capital, pero no impidió la tendencia a la devaluación ni disminuyó la pérdida de reservas ni la presión cambiaria. Los controles cuantitativos de capital (esto es, las restricciones al acceso al mercado cambiario) generan espontáneamente un mercado paralelo ilegal, donde no es posible la intervención del banco central. Surge así una prima o brecha entre la cotización oficial del dólar y los tipos de cambio paralelos que, a medida que se acrecienta, estimula maniobras de subfacturación de importaciones y sobre facturación de exportaciones. Asimismo, incentiva toda clase de operaciones de arbitraje entre el mercado oficial y el paralelo.

Las restricciones a la compra de dólares fue la consecuencia de un diferencial de rendimientos que favorecía sistemáticamente el dólar por sobre cualquier activo en moneda doméstica y conducía a un proceso de devaluaciones sin control. En este punto descansa la “racionalidad” de los controles de cambios: permiten una desvinculación parcial (aunque temporaria) entre las tasas de interés internas y las externas. Pero la conexión inevitablemente persiste a través de los mercados paralelos de divisas (tanto formales como informales) y por esa vía terminan afectando la cotización oficial y las reservas.

Asimismo, como los controles son la respuesta a una tendencia a la devaluación (provocada por los incentivos a la dolarización), las expectativas de devaluación terminan produciendo el anticipo de compras de los importadores y el retraso en la liquidación de los exportadores, intensificando la presión sobre el tipo de cambio oficial y el nivel de reservas.

Así, la alta tasa de ganancia asociada con la especulación en el mercado de cambio fue la consecuencia de un diferencial de tasas de interés negativo, o sea, tasas de interés nominales internas más bajas que la suma de las tasas externas más la prima de riesgo, más la desvalorización nominal esperada. Esto hacia racional optar por mantener activos en dólares, y la caída de las reservas en dólares, que empezaron a quedar en niveles bajos.

Es en ese contexto, que Macri ganó las elecciones y asumió el gobierno, negociando con los fondos buitres en términos favorables para ellos, y eliminando los controles de capital. Como era de esperarse, una fuerte devaluación contractiva ocurrió, y la inflación se aceleró, a pesar del discurso sobre el final del financiamiento monetario del déficit fiscal. Al mismo tiempo, el nuevo gobierno, una vez resuelto el problema legal con los últimos detentores de la deuda externa, pudo entrar al mercado financiero internacional, y los flujos de capital en dólares hacia el país volvieron.

Pero las tasas de interés se mantuvieron bajas, con diferenciales negativos, con la excepción de un periodo breve en 2017, con lo que seguía siendo favorable retener dólares, y la entrada de capital, que consistió básicamente en una duplicación de la deuda externa en dólares, poco después revirtió en una salida de capitales aún más intensa (9). En verdad, el gobierno cambió deliberadamente su política monetaria y cambiaria hacia finales de 2017, cuando decidió bajar las tasas de interés y estimular una mayor devaluación, para contrarrestar el atraso cambiario y el empuje de los salarios reales. Hacia marzo y abril de 2018 esa estrategia hizo eclosión con la crisis de la deuda y condujo a un colapso cambiario. Esto puede estar ligado a una estrategia de acumulación de la burguesía local relacionada con el capital financiero global, pero tal estrategia solo fue ventajosa porque el diferencial de las tasas de interés siguió siendo negativo. El peso no deja de ser moneda, aunque dado el diferencial negativo de tasas comprar dólares es más rentable.

 

La economía política del bimonetarismo

Los diferenciales de tasas de interés nominales negativos, son la razón de ser del bimonetarismo, y estas han sido mantenidos tanto por los gobiernos nacionales y populares, como por los que buscan una alternativa liberal. Eso es, posiblemente, el único punto en común entre esos dos grupos. Pero las razones para las tasas bajas que generan diferenciales negativos son divergentes.

Entre los grupos kirchneristas (como para buena parte de la heterodoxia en economía) las tasas de interés interno bajas son vistas como una forma de reducir los rendimientos del capital financiero, y como condición necesaria para promover la expansión de la economía y la mejor distribución de los ingresos. La elevación de las tasas de interés, se presume, tendría un efecto negativo sobre el crédito y sobre la inversión de las empresas y la actividad económica. No obstante, la inversión privada no es función de la tasa de interés, sino que depende de la demanda efectiva esperada. Además, el gobierno siempre podría subsidiar el crédito a través de los bancos públicos.

Otro grupo, los chamados nuevo-desarrollistas, ven al tipo de cambio real alto, competitivo y estable como una precondición para el crecimiento, y suponen que la tasa de interés alta tendría el efecto de reducir el ritmo de las devaluaciones nominales del tipo de cambio, conllevando a la sobrevalorización del tipo de cambio real, reduciendo las exportaciones, con un efecto negativo sobre el crecimiento. La percepción en esa visión es que el tipo de cambio real alto es favorable al crecimiento, pero como hay resistencia salarial, en compensación habría un nivel de inflación más elevado.

Pero hay otro tradeoff más relevante para entender la situación argentina, que no es entre tipo de cambio real alto para crecer o tipo de cambio bajo para estabilizar, sino entre tipo de cambio y salarios, y que siembra dudas sobre el efecto del tipo de cambio real alto sobre el crecimiento. En realidad, en países predominantemente exportadores de commodities, que son tomadores de precios en los mercados internacionales, el tipo de cambio real tiene poco efecto sobre el volumen exportado. El efecto principal del aumento del tipo de cambio real es distributivo. Una depreciación cambiaria tiene efectos contractivos sobre la economía, no solo a corto plazo, sino sobre el crecimiento, porque reduce los salarios reales. El empeoramiento de la posición de los trabajadores, que tienen mayor propensión a gastar, implica, para niveles equivalentes de gasto autónomo, menores niveles de producto efectivo y de inversión inducida de las empresas.

En contrapartida, sería de esperarse que, en los grupos más liberales, la preocupación con la inflación los obligaría a tener una perspectiva opuesta sobre la tasa de interés. Y es verdad que una vez que la economía se había empezado a recuperar en 2017, el Banco Central intentó subir las tasas para frenar la aceleración inflacionaria de los dos primeros años del gobierno macrista. De hecho, desde diciembre de 2015 se instauró un régimen de metas de inflación, donde el banco central debe subir la tasa de interés cuando la inflación se encuentra fuera de la meta fijada por la autoridad monetaria. A comienzos de 2016 la tasa de interés básica subió significativamente, pero más tarde comenzó a disminuir. Sin embargo, para el gobierno de entonces esto presentaba dos problemas. Por un lado, una tasa de interés elevada es vista, por estos grupos liberales, como contractiva por sus presumidos efectos sobre la inversión privada. Pero esto es erróneo y de hecho la actividad y inversión privada aumentaron en 2017 pese al aumento de la tasa de interés real. Por otro lado, a fines de 2017 el gobierno forzó al banco central a reducir aún más la tasa de interés para estimular una mayor devaluación. El resultado es conocido. Con la reducción de las tasas, la continua fuga de capitales, y la reducción de las reservas, el gobierno fue obligado a buscar financiamiento del FMI, dejando una situación próxima de un nuevo default. En última instancia los tres grupos ven a las tasas de interés bajas como necesarias, y de cualquier forma como no siendo centrales en explicar el bimonetarismo.

Finalmente, hay autores que, como nosotros, son favorables a un diferencial de tasa de interés positivo, pero que sin embargo suponen que, en un ambiente de alta inflación, esta también sería la causa del bimonetarismo. La inflación alta haría que el peso pierda su función de reserva de valor y esta sería la causa de la dolarización de activos. Por eso el diferencial de tasas positivo no sería suficiente para evitar a tendencia de fuga hacia el dólar. Serían necesarias también “medidas drásticas” para reducir a inflación. Por ejemplo, dice Eduardo Crespo: “la propia inflación no es un proceso neutro en esta relación. Es difícil imaginar que el tipo de cambio nominal pueda mantenerse estable por mucho tiempo cuando imperan elevados niveles de inflación que aprecian el tipo de cambio real en períodos de tiempo cortos, lo que significa niveles de rentabilidad decrecientes para todas las actividades que compiten con la producción del exterior. Tarde o temprano esta situación tenderá a reflejarse en las expectativas de devaluación nominal o en presiones políticas para ‘actualizar’ el tipo de cambio, como se ve en la actualidad” (10).

Se supone que cierto nivel mínimo del tipo de cambio real sería necesario, y por lo tanto el cambio nominal solo podría mantenerse estable si la inflación fuera controlada. Además, supuestamente la inflación y la perdida de la función de reserva de valor del peso haría difícil mantener déficits fiscales. Por eso, el: “déficit fiscal en este caso se vuelca a la adquisición de activos externos. Los pesos que salen por una ventanilla no son retenidos por el sector privado, sino que entran por la ventanilla de las reservas internacionales y alimentan la devaluación subsiguiente” (10). En este contexto la inflación y el déficit fiscal sí cumplirían un papel en explicar la dolarización de activos en el contexto argentino.

A partir de este diagnóstico, además del diferencial de tasas positivo, se proponen una serie de medidas, algunas discutidas en el entorno de Sergio Massa. Primero, una devaluación del dólar oficial, para cerrar la brecha con el dólar blue, y la manutención de un tipo de cambio estable para controlar la inflación. Además, queda implícito que un ajuste fiscal sería necesario para frenar las devaluaciones.

Para nosotros, estas medidas adicionales al diferencial de tasas positivo son problemáticas. La propuesta de una desvalorización nominal para cerrar la brecha, supone que como la inflación disminuye el tipo de cambio real, lo que impone niveles de rentabilidad decrecientes para todas las actividades (y no solo las transables), tarde o temprano esta situación tendería a reflejarse en mayores expectativas de devaluación nominal o en presiones políticas para “actualizar” el tipo de cambio. Ciertamente, la disminución del tipo de cambio real no puede ser un fenómeno persistente. No obstante, hoy el tipo de cabio real con el dólar es 30% superior al nivel de comienzos de 2018. ¿Debería ser más alto para favorecer la rentabilidad y frenar las expectativas de devaluación?

Si la disminución del tipo de cambio real engendra expectativas de devaluación nominal, ¿por qué razón en Brasil en los años 2000, aún con una apreciación real mayor que en Argentina, las expectativas eran de apreciación (y no de devaluación como en nuestro caso)? En un rango bastante amplio de valores, la distribución del ingreso es mayormente “arbitraria”, fuertemente condicionada por factores políticos y por las relaciones de poder entre trabajadores y empresarios. De facto, hay también un tipo de cambio real máximo que corresponde a los salarios reales deseados por los trabajadores (11).

Asimismo, con la gradual recuperación del poder de negociación de los asalariados, una gran devaluación nominal solo puede acelerar todavía más a la inflación y en breve lapso solo conduciría a una nueva recuperación salarial y, otra vez, una disminución del tipo de cambio real. Una gran devaluación puede ser inevitable, pero será fuertemente inflacionaria y con escasas reservas del banco central puede conducir a un proceso de devaluaciones más que contribuir a estabilizar las expectativas cambiarias. Además, la idea de establecer nuevamente un ancla cambiaria, con fijación del tipo de cambio nominal, traería de nuevo los conocidos problemas especulativos que generó la convertibilidad. Finalmente, el supuesto efecto del déficit fiscal sobre la expansión de la base monetaria y su inmediata fuga hacia dólares, es un error de diagnóstico.

En muchos países el banco central no puede prestarle directamente al tesoro, como es posible en Argentina o Canadá. Pero en todos, el banco central fija la tasa básica de interés nominal relevante para o mercado interbancario, comprando y vendiendo títulos en el mercado para alcanzar la tasa deseada y mantenerla ahí. La oferta de moneda es endógena y no hay problema para mantener los déficits públicos. La parte del déficit fiscal en moneda nacional que el mercado no retiene en moneda doméstica puede ser financiada por el banco central al nivel de la tasa básica de interés. Si esta tasa es suficientemente alta para generar un diferencial positivo que torne a los activos en pesos más rentables que el dólar, no habrá efecto sobre el tipo de cambio, independiente de la existencia o del tamaño del déficit fiscal. Por otra parte, justamente porque la cuantidad de moneda disponible en la economía es endógena, el sector privado puede obtener crédito en pesos y comprar dólares cuando sea conveniente. En suma, lo esencial es tener un diferencial de tasas de interés positivo (12).

Ni la inflación explica el bimonetarismo, una vez que resulta de los aumentos de los costos de los bienes importados y transables, y de la resistencia salarial, ni tampoco hay porque pensar que un ajuste fiscal tenga un efecto sobre la demanda de dólares, más allá de los efectos de la reducción de importaciones que solo vendría con la caída del producto y del empleo, e igual se convertiría en fuga de capital si los diferenciales de tasas siguieran negativos.

 

Lo que se puede y lo que no se debe hacer

Subir las tasas de interés para generar un diferencial de tasas positivo, teniendo en cuenta la actual situación de la Argentina, donde la prima de riesgo es alta y las devaluaciones han sido elevadas, encuentra mucha resistencia. Muchos sugieren que a esta altura tasas de interés elevadas no serían más capaces de frenar una corrida contra el peso. Sin embargo, incluso en la hipótesis de que una gran devaluación fuera inevitable, la suba de la tasa de interés es, de cualquier forma, una condición necesaria para acumular reservas, ya sea atrayendo más capital externo o, más importante, desestimulando la compra de dólares y la fuga de los residentes. Además, la disminución del ritmo de las devaluaciones nominales por cierto reduciría gradualmente las expectativas sobre el ritmo de las devaluaciones subsecuentes, acumulando reservas externas para estabilizar el mercado.

Es sabido que el déficit energético es el principal obstáculo por el lado de la balanza comercial, y que por lo tanto la inversión pública, y el apoyo a la inversión privada, en el transporte y subministro de gas natural son la forma de reducir la demanda por dólares de la economía real. Un ajuste fiscal duro imposibilitaría la persecución de estas políticas.

A partir de estas medidas de reducción de la fragilidad externa, real y financiera, sería posible evitar la aceleración inflacionaria descontrolada y posibilitar políticas de ingreso negociadas para reducir la inflación a niveles razonables, manteniendo y posiblemente recuperando los salarios reales. La reducción del déficit fiscal para controlar a base monetaria no tendría ningún impacto en la demanda especulativa por dólares. Para combatir el bimonetarismo hay que empezar por abandonar de una buena vez todo tipo de monetarismo.

 

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(1) Eduardo Levy-Yeyati, Luciana Díaz Frers, Sandra Elena y Federico Bragagnolo (2012) “Salvemos al peso: notas económicas para la batalla cultural contra el dólar,” Centro de Implementación de Políticas Publicas para la Equidad y el Crecimiento, Documento de Trabajo No 107.

(2) Scaletta, C. (2022), “Dólar e inflación: los botones que hay que apretar para no devaluar,” El Destape, 17 de julio.

(3) Wainer, A. (2021), “Del Estancamiento a la Crisis, o cómo Macri Agravó la Vulnerabilidad de la Economía Argentina,” en ¿Por qué Siempre Faltan Dólares? Buenos Aires: Siglo XXI.

(4) Amico, F (2021), “Argentina en medio de un shock de inflación internacional,” Universidad Nacional de Moreno, Documento de Trabajo No 2.

FMI (2010). Dollarization Declines in Latin America, FINANCE & DEVELOPMENT, March 2010, Volume 47, Number 1.

(5) Serrano, F. (2004), “Relações de Poder e a Política Macroeconômica Americana, de Bretton Woods ao Padrão Dólar Flexível” in J. L. Fiori (org.), O Poder Americano, Petrópolis: Vozes.

(6) Wray, L. R (1998), Understanding Modern Money. Cheltenham: Edward Elgar.

(7) Serrano, F. (2013), “A Mudança na Tendência dos Preços das Commodities nos Anos 2000: Aspectos Estruturais,” OIKOS, Volume 12, No 2.

(8) Aidar, G. and Braga, J (2020), “Country-Risk Premium in the Periphery and. the International Financial Cycle 1999-2019,” Investigación Económica, No 313.

(9) De Lucchi, J. M. y Vernengo, M. (2019), “Cambiemos y el Retorno del Monetarismo como Doctrina Social en la Argentina,” Revista Márgenes, No 5, septiembre.

Amico, F. (2020),La macroeconomía de Macri: Adiós represión financiera, bienvenido nuevo default” Revista Circus, No 7.

(10) Crespo, E. (2022), “Como Evitar la Desaparición del Peso,” Le Monde Diplomatique, 278, agosto.

(11) Vernengo, M. (2022), “The Inflationary Puzzle,” Catalyst, Volume 5, No 4.

(12) Serrano, F. y Pimentel (2017) “Será́ que “Acabou o Dinheiro”? Financiamento do gasto publico e taxas de juros num pais de moeda soberana,” Revista de Economia Contemporânea, volume 21, No 2  y Amico, F. 2021 op. cit.

8 may 2021

Los problemas del medioambiente y las concepciones liberales ¿pueden resolverse sin un Estado fuerte e interventor?

 



 

Por Eduardo Crespo* y Alejandro Fiorito **

 

Los desafíos medioambientales serán quizás el tema de mayor relevancia para la humanidad durante lo que resta del siglo XXI. Las posibilidades de que los problemas ambientales se agraven son significativas y no se visualizan condiciones políticas y medios institucionales adecuados para revertir la tendencia al deterioro. La creciente polarización ideológica y religiosa en Occidente, así como la naturalización de políticas consistentes en instalar la desconfianza contra toda intervención gubernamental apelando a técnicas de manipulación de masas y campañas moralizadoras, nos permite imaginar que será sumamente difícil adoptar las medidas de acción colectiva que la hora demanda.

Cuando se instala la sospecha hacia la ciencia, como lo hizo el trumpismo en EEUU, se puede desconfiar también del ‘presunto’ cambio climático, del derretimiento de los polos, de la reducción de la biodiversidad. Al fin al cabo, como ya la señalaba Adam Smith en el siglo XVIII, cuando la especialización extrema que nos impone la división del trabajo no es compensada con cierto universalismo enciclopédico por el sistema educativo, podemos ser completamente ignorantes en todo, exceptuando nuestra especialidad. En nuestra vida cotidiana nos topamos con pocas prevenciones intelectuales contra el terraplanismo, el creacionismo y el fanatismo ideológico y religioso. 

La política de la desconfianza se puso en evidencia, una vez más, durante la pandemia. En Argentina la oposición militó contra la “vacuna rusa”, en otras latitudes la sospecha recayó en la ‘vacuna china’, el bolsonarismo en Brasil hizo lo propio contra todas las vacunas. Los  mismos economistas y analistas políticos que erraron todos sus diagnósticos (y políticas) durante los últimos años, abusando de gráficos y estadísticas se abocaron a combatir las  previsiones de ANMAT y la mayoría de los epidemiólogos. En todo Occidente observamos resistencias enormes contra las imprescindibles medidas de aislamiento social. Los resultados están a la vista cuando comparamos el número de muertos y afectados con lo ocurrido en sociedades sometidas a presión (y disciplina) de guerra como Israel y los países de Asia Oriental. En este cuadro, ¿podemos esperanzarnos de que gobiernos y organizaciones internacionales podrán sobreponerse a intereses particulares para impulsar agendas ambientales de carácter global?

En América Latina, y en Argentina en particular, es cuadro es paradójico. Por un lado, quienes se oponen a los diagnósticos científicos y las medidas para preservar el medioambiente pertenecen, como ocurre en todas partes, a la derecha tradicional y cuentan con el apoyo de aquellos que se apropian de tierras a través de la deforestación, como en Brasil, o de quienes ven reducida su rentabilidad ante eventuales medidas ambientales. Por otro lado, los grupos ambientalistas de la región, integrados mayoritariamente por militantes progresistas y de izquierda, no contraponen a estas tendencias una visión fundada en la ciencia que busque fortalecer las imprescindibles capacidades estatales para enfrentar estos problemas. Desde que la URSS y varias otras tentativas de transformación revolucionaria comenzaron a mostrar síntomas de decaimiento, en la década de 1970, una parte significativa de la izquierda mundial abrazó concepciones románticas que desconfían del cambio técnico y desdeñan resultados científicos. La vieja concepción marxista de que la emancipación social debe buscarse en el desarrollo de las fuerzas productivas fue reemplazada por un hippismo emocional que se desentiende de la viabilidad política y menosprecia la consistencia económica. Representan una rémora que se remite una y otra vez a la posición decimonónica a la Mary Shelley sobre la pretensión prometeica del científico.

Entre quienes se movilizan por causas ambientalistas en Argentina abundan los militantes del decrecimiento (¡en un país que se cuenta entre los que menos crecieron en el mundo en décadas!), post-colonialistas que desdeñan el desarrollo económico como un ‘mito’ europeo, expertos en respiración y astrólogos. Lo que tienen en común es desconocer que la peor política ambiental es aquella que conduce al subdesarrollo. Compare el lector los efectos de cualquier catástrofe natural, por ejemplo, un terremoto en Haiti, India o Paquistán, con el mismo fenómeno en Chile, Italia o Japón. ¿Donde mueren decenas de miles de personas y se desmoronan infraestructuras que demoran décadas en repararse?

Parte del ambientalismo argentino se opone con irracionalidad a los transgénicos, cuando desde el neolítico venimos modificando plantas y animales, rechazan los agroquímicos cuando la mayor parte de la humanidad se alimenta gracias a ellos, se oponen a la minería cuando debería ser evidente que sin minería no habría industria y sin industria sería  imposible el desarrollo económico moderno y todas las mejoras experimentadas por la humanidad en los últimos 200 años, en términos de pobreza, esperanza de vida, salud, alfabetización, saneamiento, etcétera. Por un conservadurismo tecnológico espontáneo adoptan un “principio de precaución” radical en clave siempre ideológica: “por las dudas que no se haga” dicen… total ellos ya integran la clase media y no tienen que batallar por empleos, lugares donde vivir, condiciones dignas para sustentar a sus hijos. A modo de ejemplo, Argentina está en condiciones de auto-abastecerse de uranio. Ver Luis Lopez de CNEA https://www.youtube.com/watch?v=yAbkb-5gbQ8 Sin embargo, lo estamos importando porque grupos ecologistas y algunos medios de comunicación, sin siquiera mediar un estudio de impacto ambiental, frenaron la explotación. Interrumpieron, por ejemplo, operaciones en la mina Amarillo Grande, Rio Negro, una explotación pequeña de una profundidad máxima de 30 metros que proveía nada menos que al mayor orgullo tecnológico de nuestros abortados esfuerzos desarrollistas de antaño: el INVAP.

A nuestros problemas ambientales no los van a resolver la magia del mercado ni el emprendedorismo privado. Tampoco podrán hacerlo ONGs financiadas por embajadas o asociaciones de agricultores europeos. En vano podemos esperar soluciones de grupos minoritarios especializados en reclamar subvenciones estatales con grandilocuencia revolucionaria. Sólo un aparato estatal organizado y dotado de fuertes capacidades de intervención, con poderes represivos para punir a quienes lucran destruyendo el medioambiente, e infraestructurales para inducir la cooperación ciudadana, podremos enfrentar los retos ambientales futuros. Para eso es necesario que el Estado pueda cobrar impuestos, disponga de capacidad para financiar infraestructuras, promueva exportaciones, induzca la substitución de importaciones, por ejemplo, explotando nuestro petróleo no-convencional y nuestro uranio, permita e impulse proyectos que generen empleos bien remunerados y oportunidades de movilidad social para la mayoría de la población. Todas estas condiciones requieren un Estado con capacidad de planificación y organismos con personal calificado para evaluar proyectos, especialmente aquellos que tienen daños ambientales potencialmente elevados. El desarrollo de estas actividades debe quedar a cargo de instituciones responsables y dotadas con recursos para realizar estudios fundados en la ciencia. No podemos dejar que nuestras magras posibilidades de desarrollo y nuestro medioambiente queden a merced de campañas de moralización en base a fake news, caranchos y oportunistas políticos. 

 

* Profesor de la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ) y la Universidad Nacional de Moreno (UNM)

** Profesor de la Universidad Nacional de Moreno (UNM) y Universidad de Buenos Aires (UBA)

 original

1 may 2020

Reportaje a Eduardo Crespo sobre la Pandemia



En este programa de la serie Crise, Carlos Pinkusfeld entrevista a Eduardo Crespo, quien analiza la compleja situación argentina e intenta esbozar algunos escenarios para el futuro cercano; destacando las diferencias entre Argentina y Brasil para enfrentar la pandemia; la difícil situación económica en el país y los cambios en la política comercial / industrial probados por el gobierno de Fernandez. 

Eduardo es profesor en el Instituto de Relaciones Internacionales y Defensa (IRID) y en el Programa de Posgrado en Economía Política Internacional (PEPI) en IE / UFRJ. 

Carlos es profesor en el Instituto de Economía de la UFRJ.



12 ene 2020

La hegemonía mundial sigue siendo de Estados Unidos


 Los economistas Matías Vernengo y Eduardo Crespo. "El 60 por ciento de las reservas mundiales están en dólares", indican.


Los economistas Matías Vernengo y Eduardo Crespo son una referencia obligada en la heterodoxia argentina. Crespo es Licenciado en Ciencias Politicas y Economía de la UBA, Master en Economía y doctor en Economía de la Universidad Federal de Rio de Janeiro. Por su parte, Vernengo es doctor en Economía de la New School for Social Research, Profesor en el Departamento de Economía de la Bucknell University (Estados Unidos). Ambos estuvieron en la ciudad de Santa Fe disertando en una Jornadas organizadas por el Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNL-Conicet. Cash aprovechó la ocasión para conversar con ellos de diversas cuestiones económicas y geopolíticas.

Las modificaciones en el mapa de poder mundial (retroceso relativo de Estados Unidos, ascenso chino), ¿supone un riesgo para la supremacía estadounidense? En otras palabras, ¿hay una crisis hegemónica como postulan algunos autores?

- Eduardo Crespo: La hegemonía en sus múltiples dimensiones (financiera, tecnológica, militar) continúa siendo estadounidense. En lo monetario-financiero, su supremacía está años luz de cualquiera: el 60 por ciento de las reservas mundiales están en dólares. En el plano tecnológico, los chinos avanzaron mucho pero están muy lejos de disputar hegemonía. También registraron avance en el terreno militar, por ejemplo instalaron bases en territorio africano. Sin embargo, mientras que Estados Unidos dispone de doce flotas militares distribuidas por todo el mundo, China apenas cuenta con dos. La fuerte inversión china en este terreno hace presuponer que puedan tener siete u ocho de acá a diez años, pero falta mucho para eso. Un aspecto que me parece importante es que estas cuestiones no hay que pensarlas solo en términos nacionales. La mitad de la población estadounidense no registra mejoras en sus ingresos desde hace cuarenta años. Ahora, las multinacionales, firmas tecnológicas de origen estadounidense y Wall Street lideran casi todo. Es decir que la supremacía de Estados Unidos beneficie a sus empresas no implica que lo mismo ocurra con una importante porción de sus ciudadanos.

- Matías Vernengo: Comparto esa mirada. Estados Unidos tiene varios problemas que resolver pero no existe una crisis hegemónica. No hay ningún contendiente suficientemente fuerte en términos militares, monetarios o industriales. La participación estadounidense en el Producto y las exportaciones globales viene cayendo pero continúa siendo el principal mercado mundial. Su participación relativa en el consumo global es aproximadamente del 25 por ciento, con el 4 por ciento de la población mundial. También retiene la moneda global y el liderazgo industrial en sectores de punta, lo cual queda claro si se analiza, por ejemplo, el listado de las empresas tecnológicas más importantes. La conformación de las cadenas globales de valor fue una decisión estadounidense. Fueron sus líderes los que dijeron vamos a producir las computadoras y los celulares en China y Taiwan. Si no hubiera abierto Nixon el mercado chino, Steve Jobs no podría haber relocalizado parte de su producción allí. Allí hubo una decisión de disciplinar a su propia clase trabajadora.

¿El triunfo de Trump supone algún cambio en el orden imperial?

- Matías Vernengo: Las posibilidades de triunfo de Trump crecieron cuando Hillary Clinton se impuso en la interna demócrata. El discurso de campaña de Hillary resaltaba los “logros” económicos obtenidos durante el gobierno de Bill Clinton. El problema es que el crecimiento económico de ese período no benefició a todos por igual. En cambio, Trump sintonizó con dos creencias (una verdadera y otra falsa) de la clase trabajadora local: 1) la idea (a mi criterio correcta) de que los tratados de libre comercio fueron perjudiciales porque incrementaron el desempleo y destruyeron empleos industriales. 2) la identificación de los inmigrantes como principales responsables de todos los problemas económicos (desempleo, reducción salarial). Esa idea es falsa pero está muy extendida. La evidencia empírica desmiente ese prejuicio. Lo que ocurre en realidad es que los inmigrantes terminan trabajando en aquellos ocupaciones que los norteamericanos rechazan. Trump supo aprovechar el malestar que genera el orden neoliberal. En el centro del capitalismo global, la economia estadounidense crece a tasas más bajas, cae el empleo industrial y empeora la distribución del ingreso. La baja movilidad social genera una incongruencia con una sociedad que se vanagloria del famoso “sueño americano”. El neoliberalismo es un proyecto destructivo, es una decisión política que implica la construcción de un Estado “fallido”. Esto no implica que el neoliberalismo haya fracasado. Al contrario, el objetivo fue subvertir las instituciones creadas durante la Era Dorada del capitalismo. Lo cierto es que Trump no implica ninguna resistencia al orden neoliberal (como sí lo podría expresar Bernie Sanders) porque sus políticas no implican una mejora del bienestar popular. Por ejemplo, redujo los impuestos a las corporaciones y a las personas de mayores ingresos, se opuso al aumento del salario minimo.

China y Rusia

Más allá de la persistencia de la hegemonía de Estados Unidos, el tablero mundial está cambiando de la mano de otros actores que contrapesan ese poderío (China, Rusia) ¿Cuál es el impacto de esas redefiniciones en la periferia?

- Eduardo Crespo: La aparición de nuevos actores amplían el margen de negociación, abre nuevas posibilidades. En la actualidad encontramos, por ejemplo, países africanos que crecen utilizando patentes chinas. Esto siempre fue así en la historia mundial. La competencia interestatal crea oportunidades. Por caso, los estados desarrollistas del sudeste asiático son un subproducto de la revolución china.

- Matías Vernengo: Claro. El desarrollo de esos países fue resultado de que los norteamericanos pierden China, se desesperan y buscan armar un cordón de seguridad para evitar el avance comunista. En otras palabras, es un desarrollo “por invitación” de Estados Unidos. Por ejemplo, el gobierno estadounidense decide comprarle camiones a Toyota (que estaba a punto de quebrar) para trasladarlos a Corea. Le transfiere tecnología, le garantizan la demanda. Además del ascenso de China, el reciente reordenamiento del mapa mundial incluye la reaparición de Rusia (de la mano de Vladimir Putin) como contrapeso de la hegemonía estadounidense. Hasta principios de este siglo, la política rusa había sido funcional al orden neoliberal. Eso implicó, entre otras cuestiones, la destrucción de sus propias capacidades productivas y tecnológicas. El reposicionamiento ruso implica límites concretos a la estrategia estadounidense en, por ejemplo, Venezuela o Siria.

Estado desarrollista

En ese marco ¿cuál es el espacio para un proyecto desarrollista en la periferia, en general, y en la Argentina, en particular?

- Matías Vernengo: El espacio es limitado pero las condiciones geopolíticas (tasas de interés internacionales muy bajas, la irrupción de China y Rusia que ya mencionabamos) aumentan las posibilidades de llevar adelante ciertas políticas de fomento industrial en la periferia. Es posible articular un estado desarrollista que fomente el cierre de algunas brechas tal como lo hicimos en la era dorada del modelo industrial. Es posible avanzar en la producción de satélites, biotecnología, autos eléctricos, baterias de litio. Esto permitiría solucionar algunas cuestiones básicas aunque no se alcancen los niveles de consumo de la clase media de los países desarrollados. El objetivo alcanzable no es ser Japón o Corea del Sur pero, por ejemplo, es un absurdo que en Argentina haya gente que pase hambre. Cuando uno piensa en un Estado desarrollista a veces piensa en grandes temas, pero también implica tener una burocracia eficiente y eficaz que sepa planificar cosas básicas. El problema más complejo es que las elites locales juegan en contra. Ellos quieren disfrutar de patrones de consumo de los países desarrollados, viajar a Miami todos los años y ese tipo de cosas. Ahí la cosa se complica porque esa lucha de clases internas te limita una política de desarrollo. El problema es que el destino de esas elites está disociado de lo que pasa en el territorio.

- Eduardo Crespo: La desconexión de las elites es un problema muy grave. Para dar un ejemplo actual de Brasil. El ministro Guedes está desfinanciando las universidades públicas porque, entre otras cosas, su hermana es una de las dueñas de las universidades privadas más importantes.

- Matías Vernengo: Lula amplió derechos en ese terreno con la creación de nuevas universidades y la asignación de cupos a la población más vulnerable. A partir de allí, la clase media-alta profundizó la tendencia a irse a las universidades privadas y al extranjero, retomando una tradición de larga data porque las elites brasileñas solían ir a estudiar a Portugal. No era un problema para ellas que no existieran casas de altos estudios en Brasil. En realidad, la universidad pública es muy nueva: la primera (la de Rio de Janeiro) es de los años 30 del siglo pasado. En otras palabras, a las elites no le importan que destruyan la universidad pública.
El problema es que actores conformarían, además del Estado, una coalición de poder que sostenga un proyecto desarrollista. Cuando se habla de estos temas surge, por ejemplo, el rol que debería jugar la mítica burguesía nacional.

- Eduardo Crespo: La patria de los sectores capitalistas en América latina es el dólar y Wall Street. Eso dificulta la conformación de una coalición de poder. En la coyuntura argentina, la existencia de una crisis profunda tal vez permita un margen de negociación con algunos sectores. Más allá de eso, el Estado debe liderar esa coalición de poder. Lo poco que hubo de Estado desarrollista en América Latina (Argentina, Brasil, México) nunca tuvo a los capitalistas de tu lado. El desarrollo brasileño fue más producto del Ejército que de la burguesía paulista.

- Matías Vernengo: El rol estatal es fundamental. Para mencionar un ejemplo concreto. El Estado argentino tiene que fijar las reglas que la acumulación financiera sea en moneda local, tal como fue en el caso brasileño. La dictadura militar brasileña creó un mercado de capitales en moneda doméstica. A pesar de que en algún momento sufrieron un proceso hiperinflacionario, la elite local continúa sin ahorrar en dólares. Eso no fue por una cuestión cultural sino porque hubo políticas de Estado que los obligaron a invertir en moneda doméstica.

La hipocresía de la ortodoxia

A pesar de los problemas teóricos y prácticos, la economía ortodoxa continúa gozando de una fuerte preeminencia académica. ¿Cuál sería la explicación de ese aparente contrasentido?.
- Matías Vernengo: ¿Por que hay un período histórico (entre las décadas del '30 y el '70 del siglo XX) en que se repiensa la economía? Porque aparece una capacidad contestaria que genera un espacio intelectual para repensar cuestiones ligadas a la economía, el desarrollo. El marginalismo perdió el debate económico en las denominadas Controversias del Capital, tal cual lo reconoce el propio Samuelson. Y sin embargo no pasó nada. Eso constituyó un sistema que yo llamo de hipocresía organizada. Hay un texto de Paul Krugman que dice que, en los años ochenta, todos sabían que era necesario escribir las ideas adaptadas al modelo de expectativas racionales. Él reconoce que eso era ridículo, que los resultados eran absurdos, pero que era la única forma de poder publicar. Era la forma de ingresar al sistema. La hipocresía organizada es eso: una teoría económica que saben que no funciona, pero que igual la defienden. La regla vigente es que los premios se los llevan los economistas que te dicen que los mercados funcionan.

- Eduardo Crespo: La teoría del equilibrio general no cierra y ellos lo saben. Suena medio crudo decirlo pero así es. El predominio académico de la ortodoxia no tiene que ver con otra cosa que con relaciones de poder. En los últimos años no hay más debate económico en la academia. Lo único que se plantea son meras cuestiones económetricas. 

Original: Cash