El Viejo Almacen -Bs.As.

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

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 por Alejandro Fiorito* Hace unos dias el presidente del BCRA , Adolfo  Sturzenegger afirmó: “ Sustituimos consumo por ahorro”.  ...

30 mar. 2013

La ética alemana y el espíritu del Euro




 por  Marcello De Cecco
Repubblica, 26 marzo 2013

Cuando las elecciones alemanas se lleven a cabo en septiembre finalmente terminará la campaña más larga de la postguerra, que ha durado al menos tres años. Entre los muchos males que provocaron esta larga campaña, será necesario contar, tal vez en primer lugar, con el retorno masivo de la moralidad en la política. Parecía que la reunificación alemana, tercamente querida y preparada en silencio por los hombres que no están interesados en el candelero, como el ministro de Relaciones Exteriores Genscher e incluso el Canciller Kohl, iba a ser citado como el triunfo de la realpolitik, con base en la apariencia de las motivaciones ideológicas y en los hechos bien sujetos a los intereses electorales de Kohl y a la necesidad de expansión de la industria alemana.

En su lugar, el enorme costo de la anexión de los siete Estados federados orientales, pero que es soportado también por países de la UE, que estuvieron de acuerdo en que el proceso de anexión se financiara como si se tratara de la entrada de un Estado soberano en la UE, fue aceptada en silencio por los Estados miembros. Pero la mayor parte de la reconstrucción de la Alemania Oriental para llevarla a los estándares de la otra Alemania, destruyeron al mismo tiempo a la industria con un tipo de cambio prohibitivo, y que financiaron gracias a los ciudadanos de Alemania Occidental con sus impuestos.

La falta de transparencia del gigantesco proyecto ha inspirado a los Estados federados de Alemania occidental el deseo de no hacerse imponer en el futuro, similar sangría, y el rechazo de lo que han percibido como una caridad obligatoria, que creen que les costó muy caro. Desde entonces se han mostrado muy reacios a financiar otros rescates, incluso menos transparentes y comprensibles con su dinero, ni siquiera con la excusa de la ayuda a hermanos separados y oprimidos durante décadas.
Justo entonces comenzó la inestabilidad del sistema financiero y económico internacional, y era necesario que Alemania, un país del centro de Europa, mientras que expugnaba a todos los mercados europeos con una política de neo-mercantilismo abierta, comprendiendo, al igual que el Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, que estaba obligada a hacer una política de expansionismo proyectada hacia el exterior, mirando sus intereses a largo plazo. Debe tener como principal característica la capacidad de financiar la demanda de los países periféricos de Europa.

Pero eso es exactamente lo que una buena parte de los alemanes se negaron a hacer, incitados por los partidos políticos piden a los ciudadanos no ver la viga en el ojo propio pero concentrarse  a ver la paja en el ojo  de los vecinos. El parlamento, los periódicos y otros medios de comunicación populares, por no hablar de la inefable corte constitucional en Karlsruhe, se entregaron a una orgía de moralismo contra los deudores de los alemanes.
Las razones a las que se aferran existen, y con creces. Basta con mirar el costo de la política en Italia y episodios muy numerosos de ilegalidad y la inmoralidad pública europea periférica. El desperdicio de obras públicas caras e innecesarias, la imposibilidad de llevar a sus propias industrias a niveles más altos de investigación e innovación. Aquel que también deja como literalmente bestias a los ciudadanos alemanes, es el regreso de la imagen de la dominación nazi en vez de la celebración de la virtud alemana, que se tradujo en la severidad contra los deudores, y que se despertó en los países deudores. Cada manifestación popular contra la austeridad se convierte así en una exhibición de triste parafernalia, que recuerda un pasado que los alemanes creían haber dejado atrás y que en cambio ha regresado a dañarlos en la Europa periférica.

No parecen recordar que cuando los deudores, en la Segunda post Guerra Mundial, eran ellos y que el acreedor el Tío Sam, que estaba infestando el mundo entero con su imperialismo, lo que provocó los públicos enfrentamientos  de los jóvenes de Berlín y el resto de Alemania. El tiempo de las banderas a estrellas y rayas quemadas pasó y las banderas quemadas en Atenas, Roma o Madrid son - por desgracia - los de la República Federal.
"Después de todo lo que les estamos dando", ahora dicen abiertamente a los alemanes en sus periódicos, " nos tratan así". Por otro lado, la gratitud y la caridad cristiana no son parte de la doctrina de Lutero.
Ni siquiera eran parte de la actitud del neo acreedor americano después de la Primera Guerra Mundial, cuando Coolidge se negó a cancelar la deuda Inglesa, ("pero el dinero lo habían tomado a préstamo, ¿no?"), causando una reacción en cadena que a partir de enunciados morales pasan a nacionalismo intraeuropeo, dando lugar a la catástrofe de la crisis internacional, el surgimiento de un loco al frente de uno de los países más desarrollados del mundo, y la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora que las tesis de Lutero parecen volverse de moda, los alemanes están marchando hacia la  desunión continental y el abismo. El último episodio nos enseña de nuevo. Aquél que había que hacer en Chipre en silencio e rápidamente, y preferiblemente antes de producirse la explosión, la campaña electoral alemana quiere hablar de ello como si ese punto fuese para Europa, una opción real alternativa respecto al salvataje de los bancos chipriotas.
Casi ningún interés han suscitado en Alemania las revelaciones del Spiegel, que los bancos rusos eran los principales bancos acreedores de la banca de la isla donde nació Venus, pero poco después, aunque a cierta distancia, estaban los siete mil millones de euros de los depósitos acumulados de los bancos alemanes en los chipriotas. Para complicar aún más las cosas, pues, una nueva dimensión de la reactivación de la Guerra Fría. La supuesta debilidad de Rusia, y la agresividad de sus financistas y sus oligarcas, condujo a una especie de rebelión moral de los ciudadanos alemanes, incitados por sus medios y la baja cocina electoral de los partidos más importantes. La idea de hacer pagar el precio a los rusos al gravar los depósitos en los grandes bancos chipriotas, castigando al ilegal e incluso criminal lavado de dinero, entonces brilló en la mentes alemanas, disfrazada de necesidad para exigir a los chipriotas (sólo ahora) el respeto del derecho comunitario.
Pero esta batalla altamente moral en la superficie, deja de lado el papel de los bancos alemanes en la historia y su verdadera esencia, una vulgar realpolitik, y que está jugando con fuego, porque despierta el durmiente nacionalismo ruso, renueva al alemán, anti ruso, y muy, muy anterior al antisoviético, y da espacio a los  astutos aunque débiles gobernantes chipriotas para hilvanar un tan peligroso como poco realista arbitraje a Europa. Todo el mundo parece ver sólo su propia política interior y tiende a utilizar las relaciones con otras naciones, como si no se tratara de una cuerda delgada, que fácilmente se puede romper y empezar en Europa una nueva era de sagrado egoísmo rapaz, disfrazado con vestimentas altamente morales.

Es triste ver de nuevo como los políticos utilizan términos hipócritas que no se habían oído desde hace décadas. A los jóvenes, que no pueden recordar  cómo terminó la primera vez, se les proponen ideas rancias, y  cuyo olor a moho deberían volverlos prudentes a los aprendices de brujos que creen que los utilizan en ventaja propia en las disputas electorales y de poder mal disfrazado como batallas ideal.



28 mar. 2013

Post-Keynesian Views of the Crisis and its Remedies


Edited by Óscar Dejuán, Eladio Febrero Paños, Jorge Uxo Gonzalez here

 

 

Introduction Óscar Dejuán, Eladio Febrero and Jorge Uxo 

 Part I. The financial side: the burden of debt and the loss of confidence 

 1. Finance-dominated capitalism, re-distribution and the financial and economic crises - a European perspective Eckhard Hein
 2. The world in balance sheet recession: causes, cures and politics Richard C. Koo
 3. The failure of the new macroeconomic consensus: from non-ergodicity to the efficient markets hypothesis and back again Nigel F.B. Allington, John S.L. McCombie and Maureen Pike 
 4. The debt trap Óscar Dejuán 

 II. The balance of payments constraint. Trade deficits as a source of risky debt  

5. Controversial and novel features of the Eurozone crisis as a balance of payment crisis Sergio Cesaratto 6. Unhappy families are all alike: Minskyan cycles, Kaldorian growth, and the Eurozone peripheral crises Alberto Bagnai  
7. The adjustment of current account imbalances within the European Monetary Union since the beginning of the Great Recession: some strengths and many weaknesses Jesús Paúl and Jorge Uxó
 8. The effects of the great recession of 2008 on the neo-Keynesian development experiences: the cases of Argentina and Brazil Fabián Amico and Alejandro Fiorito  

III. The real side of the economy: the problem of effective demand and the failure of austerity policies

 9. Net private savings in relation to the government’s financial balance: some basic principles of macroeconomics disregarded by the European Union’s economic policy makers Kazimierz Laski and Leon Podkaminer
 10. Business Investment, Growth and Crisis Ana-Rosa González, Philip Arestis and Óscar Dejuán
 11. Does the Effectiveness of Fiscal Stimulus Depend on Economic Context? Steven Fazzari
 12. Spain during the Great Recession. Teetering on the brink of collapse Eladio Febrero and Fernando Bermejo

 

 

21 mar. 2013

Currency Devaluation, External Finance and Economic Growth: A Note on the Greek Case



by Theodore Mariolis
Department of Public Administration, Panteion University, Athens, Greece
E-mail: mariolis@hotmail.gr



Introduction:

 It has repeatedly been stated that a Greek exit from the Eurozone will lead to a vicious circle of drachma devaluation, inflation, lack of capital inflows, monetary financing of deficits, and recession. Thus, the application of internal devaluation policies, such as reduction in government expenditures and cuts in unit labour costs in the private sector, seems to be the only available solution to the so-called Greek crisis. 

In a recent paper, using simple dynamic input-output price models and data from the most recent (2005) Symmetric Input-Output Table of the Greek economy, it has been estimated that the short-run elasticity of the gross value of domestic production with respect to the nominal exchange rate is no greater than 0.186. Thus, a drachma devaluation of, say, 50% does not imply great inflationary „pressures‟, as is commonly believed; rather it could increase the competitiveness of the economy (as measured by the real exchange rate) by about 37% and decrease the deficit of the balance of goods and services by about 89% (Katsinos and Mariolis, 2012).


1 The purpose of the present paper is to estimate the short-run relationships between currency devaluation, external finance and growth for the Greek economy. In this effort, the basic price model of the aforementioned paper is combined with Thirlwall‟s extended model of balance of payments constrained growth (which includes both capital inflows and interest payments on external debt).2
The remainder of the paper is structured as follows. Section 2 presents the combined model. Section 3 applies the model using the available data of the Greek economy. Section 4 concludes.

19 mar. 2013

El misterioso optimismo sobre la relación tipo de cambio y crecimiento






por Fabián Amico* y Alejandro Fiorito**
El Economista


En el debate actual sobre política económica se asumió como un dogma que el crecimiento acelerado registrado entre 2003 y 2011 tuvo como causa básica a la gran devaluación de 2002 y por ende fue el fruto de la vigencia de un tipo de cambio real competitivo (TCRC). No pocos economistas atribuyen hoy la desaceleración del nivel de actividad a la creciente apreciación cambiaria real.

Todas las miradas se enfocan sobre los salarios en dólares: entre 2009 y 2011 el TC nominal (oficial) aumentó 12,6%, mientras los salarios del sector privado registrado aumentaron 68%. Así, el valor en dólares de los salarios subió casi 50%. En 2012 esto se revirtió apenas parcialmente.

¿Cómo estimularía el crecimiento de la economía un TCR más competitivo? En principio, conduciría a mayores exportaciones y menores importaciones, estimularía la inversión, y generaría más producción y empleo. El supuesto implícito es que los otros componentes de demanda doméstica permanecerán constantes. Pero esto no es así.

Desde hace por lo menos 60 años, sabemos que en Argentina las devaluaciones son contractivas del nivel de actividad. De acuerdo con toda la evidencia empírica, la sensibilidad del comercio exterior (exportaciones e importaciones) a las variaciones del TCR es muy pequeña. Sin embargo, el efecto inflacionario y regresivo sobre la distribución (caída del salario real) es mucho más poderoso y por ende el resultado global de la devaluación es claramente recesivo. Peor aún cuando el ajuste cambiario viene acompañado de una mayor “austeridad” fiscal. La contracción del nivel de actividad económica, finalmente, produce una retracción global de la inversión, consolidando el efecto contractivo.

Algunos economistas postulan otro efecto, por el cual una devaluación real generaría una mayor demanda de empleo -para un nivel de actividad dado- debido al abaratamiento en moneda extranjera del “factor trabajo” en relación al capital. Esto implicaría que si el ratio de precio relativo salarios/bienes de capital (en dólares) de toda la economía se redujera persistentemente, entonces habría un aumento del empleo en todos los sectores con independencia de la tasa de crecimiento de la economía.

La suba del TCR (devaluación) funciona aquí de modo análogo a la afirmación de que la flexibilidad salarial descendente podría eliminar el desempleo (¿por qué no seguir devaluando permanentemente hasta alcanzar el “pleno empleo”). Pero, en general, existe una relación (técnica) rígida entre capital y trabajo; ergo, aunque cambien los precios, la relación empleo/producto puede mantenerse inalterada.

Ciertamente, el TCR puede tener un rol –junto con otras políticas específicas- en la mejora de la sustentabilidad externa del crecimiento de largo plazo, en la medida en que contribuya a la diversificación de nuestras exportaciones y facilite la sustitución de importaciones. Pero esto es muy diferente a postular una relación general (positiva) entre TCR  y crecimiento: más bien se trata de que el uso de la política cambiaria apuntada a mejorar la sustentabilidad externa sea lo suficiente refinada y sutil como para no perjudicar el mercado interno (y los salarios reales), verdadero motor del crecimiento argentino. En suma, una devaluación “horizontal” (sin ninguna clase de diferenciación cambiaria o de compensaciones) produce una mejora de la rentabilidad de los exportadores, un efecto muy pequeño (o nulo) en las cantidades exportadas y una segura contracción del nivel de actividad.

Ciertamente, la economía argentina exhibe una tendencia al desequilibrio externo entre importaciones y exportaciones que obedece a razones estructurales, entre las cuales tienen un rol central la composición de las exportaciones (primarias), su baja diversificación y la composición de las importaciones (enteramente determinadas por la inversión doméstica y no por el TCR). El crecimiento del mercado doméstico estimula la inversión productiva y esto se traduce en crecientes importaciones de bienes de capital e insumos, mientras las exportaciones crecen a una tasa menor. En síntesis, la propensión a importar de la economía no es compatible con su base exportadora.

Pero el ajuste del TCR no puede corregir este desequilibrio (que debe abordarse con políticas industriales específicas). O, mejor dicho, no de una manera expansiva. En verdad, las devaluaciones (si son de la magnitud suficiente) solo corrigen el desequilibrio externo induciendo recesión, lo que reduce las importaciones y mejora el saldo comercial.

La contrapartida de estas comprobaciones, es que, al contrario de lo que se sostiene, la apreciación cambiaria tiende a ser expansiva porque es la contracara de la mejora del salario real. Pruebas al canto: hacia 2008 muchos economistas auguraban que el nivel de apreciación cambiaria real ya era preocupante y que eso estaba dañando el crecimiento. Más de uno pronosticó que se habían agotado los tiempos de las tasas “chinas” de crecimiento. Sin embargo, tras la crisis de 2009, en un contexto en el cual el nivel de apreciación cambiaria real ya alcanzaba los mínimos registrados en los años 90, el PIB de Argentina creció a niveles record (9,2% en 2010 y 8,9% en 2011), mientras el producto industrial se expandía aún más (9,8% en 2010 y 11,0% en 2011). Algo similar ocurrió en Brasil en 2010 y fue el resultado –en ambos países- de políticas fiscales expansivas.

Ciertamente, además de la recuperación de los salarios reales, el factor clave de la recuperación argentina en 2003 fue una política fiscal crecientemente expansiva. Este rasgo pasó desapercibido porque el gobierno mostró un fuerte superávit fiscal desde 2003, sugiriendo la idea errónea de que la política fiscal era contractiva. Sin embargo, la mayor parte del superávit fiscal se debió a los impuestos a las exportaciones.

 El gobierno utilizó parte de la renta generada por las exportaciones primarias para hacer frente a los pagos externos derivados de la reestructuración de deuda negociada en 2005, ampliando considerablemente el espacio de la política fiscal. Al mismo tiempo, los componentes principales del gasto primario (inversión pública, transferencias sociales, salarios) se expandían a tasas muy significativas.

No obstante, existen razones más profundas para menospreciar el rol de la política fiscal. Hay un consenso casi total acerca de que las políticas macroeconómicas expansivas resultan per sé insostenibles, particularmente en contextos de restricción externa. En lugar de estas políticas “populistas” se ha pretendido que la política cambiaria podía ser una política de crecimiento más “seria” y sostenible. Pero la economía argentina, aún cuando su restricción principal sea su “capacidad de importación”, crece –como en el pasado y como en la mayoría de los países de tamaño medio o grande- empujada por la demanda doméstica. Este es un rasgo estructural objetivo y no una opción de política.

Otro aspecto –más coyuntural- que hizo renacer el optimismo sobre la efectividad de una devaluación nominal para traducirse en una devaluación real, fue la bajísima resistencia salarial exhibida por los trabajadores en 2002 (con altísimo desempleo y flexibilidad laboral). En el pasado, a ningún economista sensato se le hubiera ocurrido que tal resultado fuera posible, ya que una maxidevaluación se traducía casi inmediatamente en una virulenta espiral inflacionaria entre TC y salarios, con resultados inciertos. En este punto, es probable que Argentina haya retornado a su viejo cauce.

Un último aspecto que favoreció esta optimista visión sobre la relación entre TCR y crecimiento fue la aceptación sin crítica de que la estrategia de sustitución de importaciones y, en general, los intentos de industrialización liderada por el Estado se habían “agotado” y por ende habían caído en el desprestigio. En este contexto, la política cambiaria apareció como su sustituto apropiado, en un marco general donde el Estado debía retirarse de todo intento de inmiscuirse directamente en la economía y en el desarrollo. Sencillamente, la política cambiaria (horizontal) es una estrategia más market friendly. Desgraciadamente, tal política no funciona del modo optimista que postula este nuevo consenso macroeconómico.  

En fin, las estrategias factibles, realmente efectivas, para el desarrollo argentino (y latinoamericano) no son un color o un diseño que cambia con los caprichos de la moda. El intento de inducir el desarrollo económico mediante el simple truco de obtener los precios relativos “correctos” (i.e., el tipo de cambio), no deja de ser una utopía, pero tiene sus consecuencias. Cuanto más se tarde en retornar al realismo y la sensatez de los viejos estructuralistas, más se retrasará la construcción práctica de una estrategia de desarrollo económico, la que necesariamente involucrará al Estado en las arduas tareas de inducir la sustitución selectiva de importaciones, la diversificación de las exportaciones, la modernización de la infraestructura y las políticas que induzcan el cambio estructural y tecnológico, en un marco de crecimiento alto y sostenido. No podemos confiar la consecución de estas grandes metas a la performance de una sola variable. 



*Investigador del Cefid-Ar
**Profesor de la UNLU

To read in english, here

original: El Economista 

17 mar. 2013

Observaciones Críticas sobre la ‘Inflación Oligopólica’






Por  Eduardo Crespo* y Alejandro Fiorito**
Pagina 12, Cash 17/03/2013


En la última edición de Cash los investigadores de Flacso, Pablo Manzanelli y Martín Schoor, publicaron un artículo donde se apunta a una inflación de origen oligopólico como causa significativa del proceso inflacionario que vive la Argentina. Los autores refieren a un trabajo realizado por dicha institución en el cual se sostiene que los precios industriales de los sectores ‘concentrados’ habrían crecido un 8% por encima del promedio industrial en el período 2001-2010 y de allí concluyen que los ‘oligopolios’ realizaron una contribución importante a la dinámica inflacionaria. Resulta curioso que investigadores tan competentes, tanto en la nota periodística como en el artículo académico mencionado, no hagan ninguna referencia empírica a los costos que debió enfrentar cada sector, ya que únicamente conociendo los costos relativos sectoriales se podrían corroborar las presuntas prácticas anticompetitivas. Por caso, si los costos de los sectores responsabilizados por la inflación hubieran crecido aún más que un 8% por encima del promedio, dichos ‘oligopolios’ habrían desempeñado un rol deflacionario contrariando el argumento defendido por los investigadores. Pero aún más llamativa es la circunstancia de que el índice industrial analizado y reelaborado por los autores, con oligopolios incluidos, presenta una suba de precios inferior al promedio de toda la economía, al extremo de resultar casi indistinguible del índice de precios al por mayor agregado publicado por el cuestionado INDEC.

En las economías modernas, casi todas las actividades productivas presentan diferentes barreras a la entrada para los nuevos competidores, razón por la cual ciertas empresas que operan en esas actividades obtienen tasas extraordinarias de rentabilidad. Pero de esta circunstancia no se infiere que los precios fijados por un puñado de grandes empresas necesariamente deban ser superiores que aquellos que eventualmente serían cobrados por un mayor número de firmas de menor tamaño. Por el contrario, las grandes unidades productivas, con barreras o sin ellas, por lo general profundizan la división del trabajo, aprovechan economías de escala y reducen sus costos en relación con las unidades de menor envergadura. El tamaño mínimo eficiente de las unidades productivas tiende a crecer por motivos esencialmente técnicos. Con escalas de producción pequeñas, por el contrario, resulta difícil reducir costos -y precios finales- en forma significativa.

Por ello, exceptuando algunos mercados específicos donde las escalas de producción no son relevantes, las unidades de menor tamaño tienden a ser desplazadas de los mercados por las continuas reducciones de precios relativos sectoriales impulsadas por unidades mayores, en procesos competitivos que suelen ser predatorios para los pequeños productores. Si fuera cierto que las pequeñas unidades colocan precios inferiores, serían éstas las que tenderían a imponerse en el mercado y no lo contrario. Por otra parte, no existe ninguna evidencia de que las empresas o unidades productivas pequeñas necesariamente paguen  mayores salarios, garanticen mejores condiciones laborales o ambientales, generen mayores ingresos estatales bajo la forma de impuestos, etc. Al menos en materia económica, lo pequeño no es hermoso. La concentración y centralización del capital son inherentes al funcionamiento de un sistema capitalista competitivo. No es la negación de la competencia la que genera concentración sino todo lo contrario. En el peor de los casos, debe insistirse, la concentración del capital va acompañada por mayores tasas de ganancia para las empresas que pueden colocar barreras a la entrada de nuevos competidores, pero no por mayores niveles de precios.

Pero lo que resulta más sorprendente del enfoque defendido por los investigadores de Flacso, es que la mayor concentración también debería suponer mayores niveles de inflación. Para que esto suceda, sería necesario que las empresas con poder para fijar precios opten por subirlos en forma continua. Si estuviéramos frente a un proceso de inflación oligopólica de ‘suma relevancia’, como el que se apunta, cabría esperar que el grado de concentración del capital en Argentina sea significativamente mayor que en otros países donde las tasas de inflación son menores. Por caso, ¿es mayor la concentración del capital en Argentina que en EEUU, Europa, China o Brasil? En los deflacionarios años de la convertibilidad, ¿prevalecían las pequeñas empresas? Las barreras a la entrada pueden explicar la mayor rentabilidad de las firmas involucradas, pero no necesariamente un mayor nivel de precios, y mucho menos aún una mayor inflación, es decir, un aumento sostenido de los mismos a lo largo del tiempo.

La inflación argentina responde principalmente a la tradicional puja distributiva por obtener una mayor porción del excedente social. Cuando existe alguna incompatibilidad entre los distintos actores sociales, esencialmente trabajadores y empresarios, sobre la participación que cada parte exige en el excedente, la consecuencia más habitual es que dicha discrepancia se traduzca en sucesivos aumentos de precios y salarios. Así, por ejemplo, un aumento ‘inicial’ de precios (o de salarios) es sucedido por aumentos ‘compensatorios’ de salarios (o precios) que a su vez son repasados como nuevos aumentos de precios (salarios) y así sucesivamente. Esta dinámica puede acentuarse o atenuarse dependiendo de numerosos factores como subas o reducciones de precios internacionales, devaluaciones o apreciaciones cambiarias, modificaciones de precios relativos, aumentos o reducciones de los niveles de desempleo, etc. En este tipo de procesos, una suba de precios relativos impulsada por algunos sectores ‘oligopólicos’ en la peor de las circunstancias puede introducir algún condimento al conflicto distributivo preexistente, pero no puede marcar la dirección general del proceso. Caso contrario, ¿cómo se explica que un 8% por encima del promedio de un índice que creció menos que el resto de los índices sectoriales, sea una causa ‘importante’ de una suba total de precios cercana al 300% en el período bajo análisis?

Otra idea defendida por los investigadores es que los sectores concentrados habrían aumentado su participación en los distintos mercados al tiempo que se mostraban ‘reticentes’ a invertir. Esta conclusión resulta asombrosa por enmarcarse en una economía cuya industria se duplicó en el período en consideración. No parece razonable que las firmas estudiadas hayan ganado participación en sus respectivos sectores ‘sin canalizar sus abultados excedentes a la formación de capital’. ¡Ganan participación sin invertir y la producción industrial se multiplica por dos! En Argentina se habría encontrado la forma de producir sin apelar al uso de medios de producción.

Estas conclusiones se chocan con una evidencia demoledora: tanto en Argentina como en el resto del mundo la inversión privada en equipos de producción responde a los resultados que anticipa el conocido principio del acelerador de la inversión (Fiorito, AEDA, 2009, Medicis, UNLP, 2010; y Amico, Fiorito & Hang, CEFID-AR, 2011). Según este mecanismo, como tendencia, las inversiones se ajustan a la demanda agregada por el simple motivo de que los beneficios están unidos a la venta de productos. Es un hecho estilizado que en las economías de mercado la utilización de la capacidad productiva industrial oscila entre el 70 y el 85% del total. Si el crecimiento de la demanda agregada resulta mayor (o menor) que la formación de capital, el grado de utilización aumenta (o disminuye) generando incentivos para aumentar (o disminuir) el ritmo inversor.

Estos resultados se chocan de bruces con la idea difundida en Argentina según la cual las empresas ‘concentradas’ en lugar de ajustar su capacidad productiva frente al crecimiento de la demanda elevarían sus precios ajustando para arriba sus márgenes de rentabilidad unitarios sin incrementar sus niveles de producción. Si este fuera el caso, debería considerarse como una paradoja que la utilización de la capacidad instalada en la industria continúe fluctuando en torno a niveles normales en lugar de explotar y llegar rápidamente al 100%, como cabría esperar si el comportamiento inversor tuviera las características apuntadas. Asimismo, este argumento vernáculo se contradice con las estimaciones de los márgenes unitarios de ganancia conocidos para el caso argentino (por ej. en Murga & Zelada, CEFID-AR, 2012; y Bein, Estudio Bein & Asociados, 2/2013) que apuntan a un margen entre decreciente y estable durante el período discutido, de tendencia moderadamente contracíclica. Estas estimaciones, por su parte, se ajustan muy bien a la constatación de que en Argentina durante la última década se produjo una mejora de la distribución funcional del ingreso, al tiempo que los salarios del sector privado crecieron por encima de la productividad.

La tesis de una inflación causada por motivos oligopólicos, que se ofrece para explicar la experiencia argentina, es una versión maquillada, con cosmética políticamente correcta, de la tradicional y ortodoxa inflación por exceso de demanda, sólo que en lugar del ‘pleno empleo’ o de un ‘producto potencial’ definido por la disponibilidad de recursos, el límite al crecimiento de la demanda estaría dado por las conductas anticompetitivas de una clase empresaria poco emprendedora. A diferencia de otros países, Argentina tendría una ‘burguesía’ rentística, que sufre el síndrome cultural de la ‘reticencia inversora’. Es llamativo que este argumento se siga repitiendo aún en un año como el 2012, cuando la demanda agregada sufrió una fuerte desaceleración sin grandes repercusiones atenuantes sobre la dinámica inflacionaria. Al parecer, los malditos oligopolios siempre estarían subiendo sus márgenes de beneficios, cuando la demanda crece y cuando no lo hace también. La particularidad del caso argentino sería que la inflación se produce tanto por exceso como por escasez de demanda. (ver siguiente respuesta)

*Profesor de la UFRJ
**Profesor de la UNLU 

Original: Pagina 12, Cash 17/03/2013