El Viejo Almacen -Bs.As.

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

28/1/2013

Entrevista a Marcelo Diamand







Marcelo Diamand, a quien no le gusta ser llamado burgués nacional, es un economista que ha tentado tenazmente una teoría del crónico desequilibrio estructural argentino, y es a la vez dirigente de la Unión Industrial, lo cual podría sugerir que los empresarios son "menos liberales que antes." Respondiendo un interrogatorio acerca de la historia de nuestros endiablados problemas económicos, no rehusa puntualizar sus soluciones para salir de la trampa del liberalismo, aunque también del simplismo populista.

Para ubicarlo ante quienes no lo conocen, ¿podríamos decir que usted es un gremialista empresario, un burgués nacional de los que todavía quedan...?
– Lo de burgués tiene una connotación que no me gusta...

Sin embargo, constituir una burguesía nacional ha sido una idea positiva en ciertos momentos 
de nuestra vida política. ¿Podríamos decir mejor, entonces, que es un empresario industrialista?

– Soy ingeniero y empresario. Fundé mi propia empresa electrónica, orientada a la integración nacional y a la tecnología nacional, que empezó siendo muy chiquita y se convirtió en una empresa mediana tirando a grande. Durante mi vida empresaria me enfrenté con distintos obstáculos que provenían del contexto económico, para los que no encontraba suficientes explicaciones. La defensa de mis intereses y los del sector me llevó a incursionar en la dirigencia empresaria. Hace 25 años que soy directivo de la Cámara de Industrias Electrónicas, que presidí siete años, hasta hace un año. También fui miembro de la Junta Directiva de la Confederación Industrial Argentina. Actualmente estoy en la Junta de la Unión Industrial Argentina, donde también presido la Comisión de Análisis Económico. Por otra parte, desde la crisis de 1962–63, 
empalmando con algunos conocimientos de ciencias sociales que tenía, me puse a investigar los temas macroeconómicos,  lo cual por el tiempo que le dedico se convirtió al fin en mi profesión. 
De ahí que un poco en chiste, suelo definirme como un ex ingeniero.

– Es decir se convirtió en economista.

– Sí, me "gradué" de economista siendo profesor de economía en diversas universidades, y además, por supuesto, escribí bastante...

(Quienes nos acercábamos a estos temas en los años '60 tenemos bien presente un pequeño texto 
revelador, "El FMI y los países subdesarrollados", editado en 1963, y posteriormente un libro fundamental, "Doctrinas económicas, desarrollo e independencia", de 1973, a los que hay que agregar numerosos trabajos publicados en libros, revistas y diarios, algunos de los más recientes 
editados por el Centro de Estudios de la Realidad Económica que Diamand encabeza).– Quizá el provenir de otra disciplina, con su experiencia empresaria, explica que usted fuera un heterodoxo en el pensamiento económico, y no "comprara" los clásicos esquemas liberales...

– Exacto, no compré nada hecho ya que considero que el problema principal que tenemos es precisamente una crisis del paradigma económico. Tenemos un conjunto de ideas, recetas de análisis importados de los grandes países industriales, que muchas veces ya no tienen relevancia en sus propios lugares de origen. Mucho menos la tienen hoy acá y en otros países como Argentina, donde nunca tuvieron validez. Tratándose de algo tan complejo como la economía, quienes estudian los problemas entrando por la variante de esquemas preestablecidos, adquieren una especie de condic ionamiento mental, de modo que ven los problemas a través de lentes teóricos que deforman la percepción de la realidad. Esta es la ventaja de los "outsiders". Los que se dedican al análisis económico viniendo de afuera de la profesión aún no tienen cristalizados sus prejuicios. Por ello, tienen una mayor resistencia a las teorías disponibles en el mercado,
inadecuadas para nuestra realidad. La inercia intelectual a la que me refiero no es del todo inocente. Sin adherir a ninguna teoría conspirativa de la historia, es indudable que ciertos sectores y países adoptan más fácilmente las ideas que convergen con sus intereses o racionalizan su poder. Eso sucede en todas las ramas del saber pero sobre todo en la economía, que analiza la distribución de riquezas entre sectores, clases, países, y que inspira medidas de política económica nacionales e internacionales que influyen sobre esa distribución. Sería ingenuo pretender que la elección de los esquemas sea totalmente imparcial.

– Usted es uno de los analistas que más ha hecho por elaborar las bases de una teoría económica adecuada para interpretar nuestros problemas, desde el punto de vista de la industria nacional. Lo que no es casual, ya que usted vivió de adentro el proceso de industrialización.

– Yo me inicié en 1951, cuando el desafío era tratar de sacar un producto frente a gravísimos problemas de abastecimiento de materias primas y componentes esenciales. En aquel medio adverso no había otro remedio que aplicar inventiva, desarrollar tecnología propia en un nivel bastante primitivo. Con el tiempo los problemas fueron cambiando, aparecieron otras dificultades como la iliquidez, el corte de créditos bancarios, grandes devaluaciones, falta de demanda. No hubo un solo año en que tuviera tranquilidad para dedicarme plenamente a lo que debiera ser propio del empresario: cómo aumentar la eficiencia o mejorar mi posición en el mercado. En todo caso esas preocupaciones siempre se mezclaban con las preocupaciones por otros grandes problemas que atravesaba el país y que creaban graves dificultades a la empresa.

– Esa fecha de 1951 es un momento importante para ver qué es lo que ocurre con el modelo de industrialización que hoy está en crisis, pues ya empezaba a aparecer un techo a la expansión del 
mercado interno que tuvo lugar en la posguerra.

– El país se enfrentaba ya claramente con la limitación que iba a gravitar tanto en años  posteriores, el estrangulamiento por falta de divisas. La industrialización sustitutiva argentina se hizo al amparo de la protección, a la  cual los liberales culpan por lo que consideran como ineficiencia natural. Pero en realidad la protección marca una etapa natural y lógica que atraviesan los países exportadores de productos primarios cuando se industrializan. El error no reside en esa protección indispensable, sino en su asimetría: a la industria se la protege en el mercado interno, pero no se le dan incentivos para exportar, pues para la exportación rige un tipo de cambio que corresponde a la paridad del sector agropecuario. La industria no puede exportar con ese tipo de cambio, y es el sector agrario el que provee de divisas al país. Cuando hay expansión y la industria crece, como utiliza insumos y bienes de capital importados, las divisas provistas por el agro no alcanzan y se produce un crónico retraso en la provisión de divisas. Así el proceso de sustitución de importaciones llega a un límite. Frente a ella, gobiernos de distinta orientación  reaccionan de manera diferente.
 En 1951 regían restricciones cuantitativas a la importación, el  gobierno otorgaba cupos de divisas, que no eran suficientes. Yo fabricaba radios portátiles, pero  no había válvulas, entonces nuestra producción estaba limitada por la cantidad de válvulas  importadas que podíamos conseguir; después las conseguíamos pero no había baterías, y el  ingenio era obtenerlas, a tal punto que yo monté un taller de reparación de baterías dañadas. La gran desventaja de este tipo de racionamiento son las deformaciones que crea el desabastecimiento y las interrupciones de la producción.  Pero por lo menos tiene una ventaja:  cuando se daba esta situación se entendía que faltaban divisas. El gobierno buscaba intercambios,  tratados bilaterales como los del peronismo, etc. Finalmente esta actitud tendría que haber desembocado en una política exportadora más racional, que simetrizara los incentivos para el mercado interno con el apoyo a la exportación, tal como pasó en el caso de Brasil. Pero en la Argentina las cosas evolucionaron en forma distinta. Lo que sobrevino básicamente fue un cambio de actitud frente a la restricción. Los gobiernos, alegando una presunta insuficiencia del ahorro interno para financiar el desarrollo, recurrieron a los créditos del exterior. Es así que oímos en forma repetitiva que al país le faltaban capitales, lo que no era cierto.

– Lo que faltaban eran las divisas.

– Claro. La necesidad de los capitales extranjeros reside en que entran en forma de divisas y sirven como remedio contra la restricción interna. Pero para que el remedio sea permanente y no un mero paliativo momentáneo, el endeudamiento tendría que generar capacidad de repago en divisas, dirigiéndose a rubros sustitutivos que ahorren divisas o rubros exportadores que proveen divisas. Esto ocurrió a veces, pero en la mayoría de los casos los capitales se aplicaron a cubrir sólo el problema momentáneo, sin remediar el estrangulamiento de fondo.

– Y apareció la bola de nieve de la deuda externa.

– Al acumularse la deuda, que hay que pagar en divisas, se toman nuevas deudas para pagar las viejas, y así, a partir de 1952, al principio muy lentamente y luego cada vez más aceleradamente, hay un proceso de endeudamiento acumulativo, interrumpido cada tanto por violentas crisis de balanzas de pago, caracterizadas por una huida masiva de capitales y un colapso de toda la estructura de endeudamiento. El país de repente se encuentra con el déficit originario del sector externo, más los intereses que hay que pagar por la deuda, más la fuga de capitales. Cuando los gobiernos de orientación económica liberal se enfrentan al problema, lo que hacen es someter al país a una recesión. Una herramienta sencilla, mezcla de fuerte devaluación con una política restrictiva de crédito, cuyo resultado es una caída global de actividades, que no hace sino adecuar 
el volumen de producción a la escasez de divisas.

Aquí es donde usted dice que la economía argentina vive en las últimas décadas un proceso de 
stop and go, de avances y retrocesos.

– Exacto. Como no se ha diagnosticado en forma clara el problema, las políticas se tornan perversas y agravan los ciclos de stop and go. Se ha diagnosticado la problemática en términos de ineficiencia industrial, se ha dicho que esto se cura abriendo la economía a mayor competencia externa, con lo cual se ha actuado exactamente al revés, porque de esa forma se consumen más divisas innecesariamente. Las aperturas deliberadas de la economía han agravado el problema, deshaciendo de noche lo que tejíamos de día, como Penélope.– Retomando lo que usted decía antes, ese diagnóstico equivocado no es inocente, hay intereses 
externos que presionan para que abramos la economía.
– Pero no se trata sólo de que haya buenos y malos. Porque uno podría decir que los liberales no querían la industrialización y los sectores populares querían el crecimiento del mercado interno y la independencia nacional. Pero aunque los gobiernos populares percibieron mejor la esencia del problema, no asumieron la gravedad de las restricciones y la complejidad del cuadro, y no aplicaron políticas para eliminar estas restricciones; las ignoraron, desembocando en políticas inconducentes, a veces en una especie de caos económico. Porque no basta querer desarrollar el mercado interno, hay que conseguir las divisas para subsanar las restricciones que lo traban.


(Continua ACA)

Fuente: Marcelo Diamand, ¿el último empresario nacional?
(Crítica y alternativa al liberalismo económico)
Entrevista por Hugo Chumbita.
Revista Unidos N° 20, abril de 1989

20/1/2013

El Mito de la Burguesía Paulista


Reportaje a Eduardo Crespo


Bolsa de San Pablo


Eduardo Crespo no sólo conoce la realidad económica brasileña por ser un académico argentino preocupado por el desarrollo: reside allí desde hace años. Profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro, su doble condición de economista y politólogo hace de sus enfoques un desafío permanente al saber convencional, que entiende a la economía como disciplina ajena a la política. Estuvo recientemente en Buenos Aires invitado para una serie de conferencias y Cash aprovechó la visita para conocer su balance de año del principal socio comercial de la Argentina, repasar su trayectoria reciente, las perspectivas de reactivación para 2013 y desmitificar algunas características de la política económica brasileña, muchas veces tomada como ejemplo a seguir.
–¿Cómo terminó Brasil el 2012?
–El año económico fue bastante malo. Se esperaba para fin de 2012 una leve recuperación, que no se verificó. Desde que Dilma asumió, en 2011, primero hubo una suba de la tasa de interés, luego la bajaron, pero con fuerte ajuste fiscal durante todo ese año, que prosiguió el siguiente. La inversión pública se desmoronó, y eso arrastró buena parte del gasto privado, básicamente inversión. Se devaluó un poco la moneda, aunque las exportaciones subieron un 5 por ciento en 2011 y cayeron en 2012. La economía pasó de crecer a un 7,5 por ciento en 2010 a cerrar 2012 en uno por ciento.
–¿Por qué se desaceleró?
–Creo que el principal argumento es la política fiscal conservadora. En los últimos meses Brasil viene sacando algunas medidas de estímulo, como por ejemplo disminuir la presión impositiva sobre la actividad privada. Yo creo que eso no va a funcionar, porque sacar impuestos no garantiza por sí sólo un aumento de la inversión privada.
–¿Qué papel cumple en la inversión la burguesía paulista?
–San Pablo es el estado neoliberal de Brasil. Ahí es donde más le cuesta entrar al PT. Es donde más se ve la influencia del neoliberalismo. Esta idea de que hay una burguesía paulista que impulsa un proceso de desarrollo creo que es totalmente equivocada.
–¿No hay burguesía nacional?
–La burguesía nacional en Brasil fue cómplice del desmantelamiento del Estado. Básicamente los militares fueron los que impulsaron las últimas políticas desarrollistas relevantes, no los empresarios. Se necesita una burocracia estatal con estas ideas y esta visión. Cuando llega la democracia, el lobby militar se debilita y el lobby civil empieza a ser cada vez más permeable a las influencias neoliberales. Lo de la burguesía nacional en Brasil es un mito.
–Muchas veces se critica la falta de liderazgo de Brasil en el Mercosur.
–En primer lugar, se necesitaría que el país líder tuviera una política definida orientada al crecimiento sostenido de largo plazo. Eso hoy Brasil no lo hace: no es la locomotora del Mercosur. Durante la última década registró un crecimiento promedio menor que el resto, y tiene superávit comercial con sus socios del bloque. Esa macroeconomía brasileña le pone una restricción muy grande al Mercosur. A eso hay que agregarle que no existe ningún tipo de compensación: es el país más competitivo por lo menos en los productos industriales, y no existen políticas compensatorias para los socios menores. Definitivamente, Brasil no ejerce un liderazgo.
–¿Es porque prioriza la relación con los BRIC?
–No, por la vía económica los esfuerzos remiten a mantener las reglas de juego y un esquema general. Pero no hay una vocación de crecimiento como la que sí existía en Brasil en la década del ’70. Eso traba bastante la evolución del Mercosur.
–¿Podría pensarse entonces que se sobreestima a Brasil?
–Totalmente. En Argentina no se entiende lo que es Brasil. Es un mito la idea del Brasil pujante y poderoso, que quizás remite a cierto ideario desarrollista cuando en los ’70 efectivamente Brasil estaba experimentando un crecimiento cercano al 10 por ciento por año. Era una China, digamos. Desde 1930 hasta 1980 fue, junto a Japón, el país de mayor crecimiento. Por ejemplo, San Pablo en esa etapa pasó a ser una ciudad moderna con casi la mitad de la población argentina. Ese Brasil se acabó.
–¿Qué se prioriza actualmente?
–Desde la crisis de la deuda externa y el retorno de la democracia se impuso un neoliberalismo un poco más civilizado que el que tuvimos acá con Menem. No se les fue tanto la mano: Petrobras no se privatizó, como sí nuestro país privatizó YPF. No fue un desmantelamiento completo como en el caso argentino. Por eso, a diferencia de Argentina, Brasil no quebró. Eso explica la emergencia de un audaz como Kirchner, dispuesto a revertir la situación. En Brasil, Lula llega a un esquema que no se desmoronó completamente. De hecho, el plan real todavía está ahí, con sus metas. El neoliberalismo allá no se fue por la puerta de atrás como en la Argentina. No se lo interpreta como un fracaso rotundo como el que sí se entiende que ocurrió en Argentina, más allá de que Macri u otros dirigentes actualmente busquen reflotarlo.
–En Brasil el neoliberalismo no fue tan destructivo.
–Sí, de hecho, el Plan Bolsa Familia empieza antes de Lula. Incluso, el 20 por ciento más pobre de la población brasileña mejoró con ese neoliberalismo, no le fue tan mal. No fue como en la Argentina, que produjo una pauperización de los sectores de bajos ingresos. Por eso este esquema tiene un consenso muy grande que no es fácil revertir del todo. Como no fue tan destructivo, preserva algunas de las estructuras creadas por el desarrollismo. Por ejemplo, pueden tener un tipo de cambio muy apreciado, pero el BNDS sigue generando condiciones para que las empresas tengan una enorme competitividad, por financiamiento barato, por una serie de reglas de juego, etc. Es decir, el aparato estatal no fue ciento por ciento desmantelado como en Argentina. Pero también es cierto que cuando surgieron gobiernos populares como el de Lula, no se pudo ir tan a fondo en ciertos temas como acá.
–¿Cuánto influyó la desaceleración brasileña en la Argentina?
–Mucho. A la Argentina en realidad lo que se le “cayó encima” fue Brasil. De todas maneras, yo creo que nuestro país estaría en condiciones de crecer este año un 4 o 5 por ciento. De hecho, no tiene grandes problemas estructurales que le impidan crecer a ese ritmo, que en el contexto actual sería muy bueno. No está endeudado en dólares, tiene reservas, la cuenta corriente no es aún negativa y los precios internacionales de los productos que el país exporta todavía son muy elevados. El único inconveniente que le veo, a diferencia de otros países en la región, es la dificultad de colocar títulos en pesos a tasas razonables.
–¿Entonces no hay nada que implique que este año sea delicado, como advierten algunos economistas?
–Para nada. Brasil probablemente tenga alguna recuperación si aumenta su gasto público, y de esa forma se reactivará la industria automotriz. Y la cosecha argentina seguramente será mayor.
–¿Qué efectos pueden esperarse de la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central?
–Sin dudas ha sido una de las grandes medidas de los últimos tiempos. Ningún Banco Central puede ser “independiente”. ¿Independiente de quién? Me parece que lo ideal sería crear algún instituto financiero de desarrollo público, como es el BNDS en Brasil. Sería el próximo paso.
–Algunos desde la ortodoxia relativizan el nuevo esquema macroeconómico argentino a partir del 2003, del que sólo destacan que se favorece por el “viento de cola”. ¿Cuáles serían los rasgos más distintivos de esta etapa?
–Para mí el principal cambio estructural que se está dando es un enorme desendeudamiento. Macroeconómicamente hay un esquema diferente al de años anteriores: los problemas de balanza de pagos ya no son por endeudamiento. La crisis financiera internacional nos pasa por el costado. Puede haber algún inconveniente coyuntural, pero este esquema no se desmorona como antes. Las dificultades se originan en la cuenta corriente cuando ésta no es superavitaria, pero esto es mucho más que una mera “postconvertibilidad”, como algunos denominan a esta etapa. Entiendo que hay margen para continuar con transformaciones estructurales.
–¿Como cuáles?
–Crear un banco de desarrollo, una industria de bienes de capital nacional. Es decir, podemos financiarnos internamente y con el Estado asumiendo un mayor protagonismo. Repito, en las actuales condiciones yo creo que se podría crecer entre 4 o 5 por ciento, y a partir de ahí empezar a encarar estas transformaciones


Original: Pagina 12

16/1/2013

Primer Ejemplar del Journal ROKE gratis



Recibimos el link al Journal Review of Keynesian Economics (ROKE) que se puede acceder ACA

The inaugural issue of the Review of Keynesian Economics (ROKE) is now available for free, HERE 
 Please download any or all of the articles and book reviews.

9/1/2013

Sustitución de Importaciones Energético

La propuesta de un grupo de especialistas es diseñar un ambicioso plan de construcción de centrales hidroeléctricas con un elevado porcentaje de componentes locales. La promoción y el desarrollo de la industria nacional.

 Por Instituto Energetico Scalabrini Ortiz *

Hoy Argentina posee 11.130 MW de potencia instalada de origen hídrico, que representa un 35,9 por ciento de la potencia total del país. El potencial teórico de energía hidroeléctrica aprovechable se considera del orden de 34.000 MW. El potencial de Sudamérica supera los 500.000 MW. Brasil posee cerca del 50 por ciento y Argentina casi el 7. Brasil se propone concretar en los próximos 20 años 90.000 MW. Hoy tiene en construcción veinte proyectos simultáneos, todos financiados con fondos propios. Su estrategia es trasladar su capacidad y experiencia en esta infraestructura a los países vecinos, incluyendo la Argentina. Su protagonismo regional en el sector será total si la Argentina, con sus empresas y proveedores, no es parte de ese desarrollo industrial sudamericano.
Argentina posee mano de obra calificada en la construcción y profesionales de alto nivel en centrales hidroeléctricas. La tecnología de estas centrales es conocida a través de las grandes obras hidroeléctricas realizadas en el pasado como Salto Grande, Chocón, Yacyretá, Alicurá, Piedra del Aguila, Caracoles. El país cuenta con industria nacional en equipamiento electromecánico de primer nivel. Estos antecedentes y posibilidades alientan a proponer una política de construcción acelerada y masiva de emprendimientos hidroeléctricos. Uniendo a ellos parques eólicos que complementen aquella generación, logrando así eficiencia de transporte y sinergias en operación y mantenimiento.
Estas consideraciones tienen su importancia por la licitación internacional de las dos Centrales Hidroeléctricas del Río Santa Cruz, con una potencia conjunta de 1740 MW y cuya apertura está prevista para este año. Los pliegos respectivos tienen como pautas principales el financiamiento externo de los oferentes. Si bien hay alguna empresa china y otra rusa, la mayoría de los posibles oferentes son consorcios de empresas brasileñas.
Cabe indicar que hay un requisito de participación de socios nacionales del 30 por ciento. En estos casos sabemos que los oferentes extranjeros propondrán la provisión de equipamiento electromecánico desde sus países de origen, la mayoría del cual se puede hacer aquí.
El equipamiento externo supone erogación de divisas para adquirirlos, mientras que los insumos que se obtienen en el país implican gastos en pesos. Un endeudamiento fuerte en la construcción de represas no es solamente una cuestión económica sino también la pérdida de oportunidad en experiencia para nuestra ingeniería e industria que sólo es posible acumular ejecutando obras. El costo de importar equipos y tecnología es económico y cultural, más todavía en momentos en que el país requiere disminuir drásticamente la erogación de divisas que implica la importación de combustibles líquidos y gaseosos (gasoil y gas natural).
Es cierto que se necesita dinero para construir las represas. Ese dinero los economistas no monetaristas dicen que es posible obtenerlo del Estado. Hoy es posible y se halla legitimada la emisión de moneda para obras nuevas, más aún con un índice de base monetaria bajo sobre un creciente PBI.
El aporte privado posible tiene en Argentina la misma solución que usaron siempre los países como Brasil, que a través de una herramienta financiera como el Bndes provee de recursos internos suficientes para que las construcciones gigantes de infraestructura y energía sigan su curso.
Hay historia y capacidad disponible para la realización de grandes obras en el país. La cuestión es ponerlas en marcha, de la misma manera que se intenta hacer con el sector de los hidrocarburos, promoviendo el capital nacional y el conjunto de industrias pyme que aportan suministros a estas obras, como ha ocurrido con los proveedores de YPF en Tecnópolis.
El país cuenta con los insumos principales que requiere una central hidroeléctrica: cemento, estructuras de hierro, compuertas, turbinas, generadores y transformadores de potencia y lo más importante: la tecnología para su diseño y fabricación en los rubros metalmecánica, hidráulica, electromecánica y sistemas de control. También servicios como camiones, camionetas, vehículos especiales, casas prefabricadas para el personal. El componente nacional debería ser resultante de las posibilidades reales y esa participación debería ser muy alta. Compartimos en este sentido el pensamiento de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que alienta permanentemente la promoción y el desarrollo de la industria nacional.
El país necesita un plan de construcción de centrales hidroeléctricas con participación de capitales argentinos privados y públicos, que ponga en operación en los próximos diez años centrales hidráulicas por no menos de 10.000 MW. Son recursos renovables. Uniendo a estas centrales parques eólicos que se combinan eléctricamente de forma complementaria y positiva, estaremos también colaborando con las exigencias globales para mitigar el cambio climático, al tiempo que se desarrolla una infraestructura energética de carácter estratégico que permite una intensa distribución interna de ingresos. Zonas aisladas se convierten en zonas integradas, con embalses que permiten usos múltiples, con el cuidado del medio ambiente y la biodiversidad


* Marcos Rebasa, Ricardo Busi, Silvia Corral, Silvia Weitzman, Luis Tognon, Enrique Grunhut, Walter Moore, Eduardo Fabre, Federico Barani, Juan Romano, Hugo Caldini, Bruno Capra, José A. Repar, Nilda Minutti.

original: Pagina 12

6/1/2013

Sobre Financiamiento del Desarrollo



Por Alejandro Fiorito *
El estrechamiento de la balanza comercial de la mano de un crecimiento muy importante del producto desde el 2003 hasta 2011 obedece al fuerte vínculo de las inversiones privadas con las importaciones que desde 1992 hasta aquí no ha tenido cambios, como bien lo ratifican trabajos econométricos recientes ACA. En efecto, a partir de una relación de precios internacionales favorable a las exportaciones de commodities por el ingreso de los costos de producción chinos al mercado mundial, el Gobierno pudo reducir la fragilidad financiera con un proceso de desendeudamiento externo, que al mismo tiempo logró financiar el crecimiento de las importaciones a una tasa de 28,3 por ciento promedio anual más la fuga de divisas.
El año pasado el Gobierno, en vistas de la crisis en el centro, se reafirmó en la necesidad de emprender un camino progresivo de sustitución de importaciones, con controles de cambios, en donde juntamente con la estatización de YPF inicia un intento para ir eliminando el déficit energético y por otro lado perfila la planificación de proyectos de inversión de largo plazo que permitan regenerar un mayor espacio para sostener el crecimiento económico. Si los objetivos son obtenidos, y éstos llevan tiempo, el proceso de industrialización permitirá aliviar de manera sustentable la restricción de divisas que históricamente jaquea a los países que no lo han logrado.
La condición necesaria para completar esos objetivos de desarrollo es que haya un crecimiento sostenido a tasas no menores al 4-5 por ciento que permitan acortar la brecha con los países centrales, incrementar la productividad sistémica, lo que habilita la suba de salarios sin afectar precios y, por ende, con menores presiones sobre el tipo de cambio, posibilitando la diversificación de exportaciones e impulsando sectores que reemplacen importaciones. Por otra parte, la financiación en pesos disponible a partir de la reforma a la Carta Orgánica del Banco Central puede dirigirse hacia dichos proyectos, en el intento de hacer sustentable el crecimiento por relajación de la restricción externa.ACA
Pero los dolores de parto se expresan en renovadas estrecheces de la restricción externa que no coinciden con las necesidades de estos objetivos e instrumentos de desarrollo. Esta última se nutre en la ecuménica e inherente formación de activos externos hacia la moneda mundial y que acelerada por nuestro diferencial negativo de tasas de interés, deja como único sostén de financiamiento externo a una cuenta corriente positiva, la que –sin embargo– se torna prestamente deficitaria con el crecimiento. Y como no crecer no es sustentable socialmente en la Argentina (su espejo invertido es el éxito político de los últimos años con un crecimiento del producto sin par), eso algebraicamente nos lleva a financiarnos coyunturalmente vía cuenta de capital, en línea, por otra parte, con algunos países de la región.
La creencia de que todo endeudamiento representa un nuevo ciclo de endeudamiento externo, tiene aval histórico en nuestro país, pero hoy no tiene asidero, porque el gobierno actual se encuentra en las antípodas de una política de endeudamiento masivo de divisas, y porque es ya muy claro que no es una solución a largo plazo. Pero sí es una posible fuente para financiar la coyuntura de un proceso de desarrollo con sustitución de importaciones para seguir creciendo.Ver tambien ACA
Las necesidades de financiamiento de corto plazo para la Argentina, coherentemente atendidas, implican la aplicación exclusiva de dichas divisas en importaciones necesarias para proyectos que unívocamente alivien la restricción externa en la transición. Siendo los controles de cambio instrumentos indispensables de regulación de capitales para los gobiernos de países periféricos, éstos no deben ser necesariamente meros obturadores de divisas, sino que pueden ser esquemas impositivos equivalentes que de manera más comprensiva regulen el caudal y mantengan un flujo positivo de los mismos en la medida de los requerimientos, pautas y límites que se impongan desde el Estado.
Considerar a priori que es imposible esta vía de financiamiento sería como decir –mutatis mutandi– que es imposible que YPF luego de ser reapropiada por el Estado argentino (con chicanas judiciales en España y en Ecuador), pudiera conseguir financiamiento internacional de una de las principales multinacionales petroleras del mundo.
Evidentemente en las condiciones actuales los acuerdos de este tipo requieren de la capacidad de gestión y ejecución de gobierno para llevarlas adelante y condiciones que evidentemente no son simplemente un cálculo de flujo de fondos desvinculado de los objetivos generales del plan de desarrollo al que apunta. La política de Estado importa y es el Estado un factor que modifica sistemáticamente sus escollos, siempre que dentro de los mismos no esté el álgebra.
* Docente e investigador de UNLU.
Original Pagina12

3/1/2013

Más inversión pública



Por Eduardo Crespo *

La economía argentina sufrió una fuerte desaceleración en 2012. Las causas principales fueron el estancamiento de la economía brasileña y el ajuste fiscal doméstico, que provocó la caída de la construcción pública, especialmente en las provincias. Pese a este dato coyuntural, hoy el principal problema de la economía argentina vuelve a ser el de siempre: la cuenta corriente tiende a ser deficitaria cuando la economía crece y sobre todo cuando aumenta la inversión. A este dato estructural se sumaron recientemente pagos de intereses, remesa de utilidades y salida de capitales financieros.
Cuando la cuenta corriente es deficitaria, se debe escoger alguna combinación de las siguientes opciones: 1) se opta por seguir creciendo aceptando una gradual reducción de reservas; 2) se crean instrumentos de deuda que permitan captar capitales internacionales para financiar la cuenta corriente; 3) se frena la economía e interrumpen inversiones. Si bien en 2012 la economía argentina parece haber seguido la tercera opción, ninguna de las tres alternativas, ni sus respectivas combinaciones, parece muy prometedora de cara al futuro.
La reducción de reservas no puede perdurar por mucho tiempo, aunque pueda ser una opción viable para seguir creciendo en 2013, a la espera de que Brasil despierte de su letargo autoimpuesto. La alternativa del endeudamiento ya se viene implementando en algunas provincias y en proyectos específicos como YPF. Como opción general requeriría una cierta suba de las tasas de interés y un relajamiento de las operaciones en dólares. Las tasas internacionales hoy son muy bajas y por ello varios países sudamericanos crecieron satisfactoriamente en 2012, aun con cuentas corrientes negativas y sin presentar señales de fragilidad financiera. La opción ideal consistiría en crear instrumentos de deuda denominados en pesos, que a diferencia del endeudamiento en moneda extranjera es una herramienta manejable que no introduce en forma directa el riesgo de colocar la política macroeconómica a merced de la disponibilidad de dólares.
De cualquier modo, más allá de los mensajes alarmistas, debe remarcarse que debido al proceso de desendeudamiento neto medido en moneda extranjera y a la mejora de los términos de intercambio de los últimos años, Argentina, así como casi toda Sudamérica, dejó atrás la etapa en que su economía debió vivir en recesión y ajuste casi crónicos por motivos financieros. Hoy la restricción externa proviene principalmente del aumento de importaciones, que a su vez fue la consecuencia natural del crecimiento económico, en especial del aumento de la inversión. En el peor de los casos estamos retornando al ciclo stop & go tradicional, como aquel que caracterizó al país durante el período 1950-1975, regulado por su desempeño comercial y con tendencia ascendente. Este ciclo fue completamente diferente de las bruscas fluctuaciones inducidas por los flujos de endeudamiento y pagos de intereses, signados por una tendencia general al estancamiento, que caracterizaron a la economía argentina desde mitad de los ’70 hasta inicios del presente siglo.
Por ello no debe sorprender que vuelvan a presentarse varios de los desafíos del pasado. Despejado el problema de la deuda externa, Argentina debe promover exportaciones y sustituir importaciones. En la última década el debate económico local prestó exagerada atención a las variables macroeconómicas, en especial al nivel del tipo de cambio. Si bien son deseables medidas tales como retenciones o tipos de cambio múltiples, debe tenerse presente que los incentivos basados en precios relativos tienen restricciones y alcances muy limitados. Ningún país consiguió desarrollarse implementando únicamente políticas macroeconómicas o fijando incentivos de precios.
Las experiencias de desarrollo recientes, como las asiáticas, confirman que las empresas y bancos públicos, o mixtos, son imprescindibles para impulsar actividades que el mercado naturalmente no desarrolla. Demostraron ser instrumentos idóneos para promover la investigación y el desarrollo y fomentar sectores productivos no tradicionales. Experiencias como el Invap en Argentina, o Embrapa en Brasil, empresa madre de la muy exitosa agricultura del país vecino, confirman que este tipo de conquistas no son patrimonio exclusivo de los asiáticos. Hoy Argentina cuenta con algunos proyectos públicos orientados a promover actividades no tradicionales: ingeniería aeronáutica, energía eólica, telecomunicaciones, industria naval y satelital. Aunque se trate de emprendimientos incipientes y de larga maduración, son el camino a seguir para toda economía aspirante al desarrollo. Finalmente, aún debe seguir creciendo el porcentaje de inversión pública debido a su impacto sobre la productividad y los costos domésticos.
* Profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro.
Pagina 12