El Viejo Almacen -Bs.As.

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

28 de feb. de 2010

Crisis de la integración europea. Una falla de origen




Por Fabián Amico


Como dice el politólogo brasileño José Luis Fiori, si fuese posible jerarquizar los sueños, la creación de la Unión Europea estaría entre los más importantes del siglo XX. Podría agregarse que la unidad europea, en el terreno económico, se constituyó también en el parámetro “natural” (ortodoxo) para juzgar todo proceso de integración, como el Mercosur. La imagen de un bloque moderno y eficiente, desafiante de la hegemonía norteamericana, comenzó a construirse cuando los estados europeos decidieron abdicar parte de sus soberanías nacionales, para crear una comunidad económica y política supuestamente inclusiva, armoniosa, sin discriminaciones ni hegemonías. Era un verdadero milagro. Y hoy ese milagro se derrumba. Surge la pregunta: ¿no era el Euro el que iba a reemplazar al dólar como moneda internacional de reserva?. A su vez, esto no deja de tener un interés didáctico para los latinoamericanos que, en muchos análisis y discursos pro-integración (desde el Mercosur hasta el Alba) insisten en plantear erróneamente la unificación monetaria (o cambiaria) como paso necesario y previo de la unificación política y comercial.

Grecia y España son aquí solo emergentes de un proceso más profundo. Las razones económicas del fracaso europeo se relacionan con los fundamentos que guiaron la unificación política. Se utilizó la integración monetaria como un catalizador para la unificación política. En suma, una unificación en clave monetarista. Pero el intento era logicamente inconsistente. La integración monetaria, sin una autoridad conjunta sobre el poder presupuestario y un balance de pagos común, dañaría más que mejorar la cohesión de la unión, debido al impacto diferencial de la política monetaria sobre los miembros. Además, impondría forzosamente políticas restrictivas para mantener el esquema institucional adoptado.

Restauración pre-keynesiana mediante, la unidad europea se fundó sobre los principios de la libre movilidad del capital, la independencia estricta del banco central y la renuncia a la soberanía monetaria y fiscal. La racionalidad última de estas creencias era que las variables reales son imunes a la política monetaria. Además, la liberalización del flujo de capitales era vista como fuente de “disciplina” sobre el gasto público, porque impedía la monetización y/o la financiación del déficit a bajas tasas de interés.

Según el saber convencional, estas fuentes de disciplina deberían redundar en un ratio entre deuda / PIB decreciente. Sin embargo, tras la “irrevocabilidad” de los tipos de cambios fijos entre países, la liberalización de capitales implicó tasas de interés persistentemente altas en la mayor parte de Europa. Y esto produjo el resultado opuesto: subió la relación deuda pública-producto, provocando agudas astringencias fiscales y forzando la búsqueda de altos superávits públicos, lo que a su vez fue deprimiendo la demanda doméstica y aumentando el desempleo que hoy ronda el 10% en promedio en la eurozona.

La movilidad de capitales, con tipos de cambio fijos, impuso altas tasas de interés domésticas para atraer esos flujos. Pero la política fiscal no puede ser independiente de la tasa de interés, cuyo nivel tiene un fuerte impacto fiscal y en la situación distributiva. La apertura financiera tiene fuertes repercusiones distributivas a través de la persistente presión hacia el aumento de los excedentes fiscales para financiar los mayores pagos de intereses impuestos sobre las deudas públicas. Tales esfuerzos, a su vez, llevan a imponer mayores impuestos sobre los trabajadores y/o el consumo, ya que una tributación progresiva, con mayor carga sobre las ganancias domésticas, puede inducir fugas de capitales. Por eso, ya es una regularidad empírica que los controles de capitales aparezcan asociados con menores tasas de interés y mayores niveles de empleo.

En este círculo vicioso se encuentra hoy el experimento europeo. La creciente conciencia de estos problemas de base y la resistencia social al ajuste derivado del arreglo institucional de la eurozona, van generando una actitud crítica creciente respecto del proyecto de integración europea en su conjunto. Ya hubo avisos importantes con los estallidos de fuertes protestas sociales en Francia y Alemania entre 1995 y 1996.

Las recomendaciones de Maastrich para la crisis actual son tan simples como las que proclamaba la convertibilidad argentina de los noventa: un plan de “consolidación” (ajuste) fiscal “creíble”, drásticos recortes del gasto público para sustituir las subas de impuestos, logrando una devaluación interna mediante fuertes reducciones salariales y “reformas estructurales” que aporten competitividad. Es decir, ajustar toda la economía y el nivel de vida de la sociedad para que encajen en el “ropaje” institucional adoptado. Pero es un pozo sin fin. Keynes comparó la riqueza privada con el arcón de una viuda, que permanece sin vaciarse por mucho que se gaste, para ejemplificar la idea de que es el gasto agregado, y no el ahorro, el que gobierna el crecimiento de la riqueza. En cambio, alertó, el intento de poner la cosas al revés tendría funestas consecuencias prácticas: cuando los gobiernos contribuyen a reducir el flujo de gasto, entonces la riqueza privada se convierte en una Jarra de Danaíd que jamás podrá llenarse.

La necesaria emancipación de las ilusiones de Maastricht no será tarea fácil. Hace falta romper con la restauración teórica prekeynesiana que todavía gobierna las ideas económicas desde hace más de veinte años y que fundamentaron el experimento de integración europea ahora en gradual desintegración. Y por supuesto, ello deberá ir de la mano de un cambio –hoy demasiado lejano- en las aptitudes políticas de una comunidad regional caracterizada por una creciente xenofobia, con izquierdas o socialdemocracias en bancarrota intelectual, con despliegue del nacionalismo facista y con los europeos de a pie encerrados en sí mismos, a punto de salir a las calles pero temerosos de perder lo poco que les queda.Ver

7 de feb. de 2010

Inflación: La Política en acción




*Alejandro Fiorito y Fabián Amico

La economía convencional postula causalidades que carecen de coherencia teórica y por ende enfrenta una miríada de casos empíricos que persistentemente no logra explicar. La inflación no escapa a ello, con el agravante de sus inmediatas consecuencias políticas. La explicación convencional de la inflación parte de un supuesto inadvertido pero crucial: la economía se encuentra en (o tiende al) pleno empleo de factores. Así cualquier impulso de demanda (como el gasto público) produce un exceso de demanda y desata un aumento de precios.

Esta explicación siendo la más vulgarizada, no encuentra asidero empírico. Muy rara vez los países alcanzan la plena utilización productiva. Menos aún del trabajo. Normalmente hay capacidad ociosa, y la demanda funge como elevador del nivel de actividad (mayores cantidades) y no como exceso sobre la oferta (mayores precios). Verbigracia: en el período 2002-07 en Argentina jamás se superó el 80% de la utilización de la capacidad productiva, aunque el PIB creció al 8% anual. Pero al menor atisbo de inflación se acusó, sin mayor análisis, a un excesivo aumento de la demanda. Hay en juego una visión en la cual el producto potencial es independiente del producto corriente gobernado por la demanda agregada. Esa independencia, es enteramente refutada por la literatura moderna sobre las series de tiempo. Allí la evidencia revela que el producto potencial (la capacidad productiva) está correlacionado con la marcha del producto corriente y con la demanda. El fenómeno se conoce como “histéresis” del producto potencial, ya que el mismo conserva las huellas de los impactos de la demanda y del ciclo económico.

Así, los pedidos de “enfriar” la economía (hasta por economistas considerados heterodoxos) mediante la reducción del crecimiento de la demanda, bien por medio de ajustes fiscales o bien con subas de tasas de interés (metas inflacionarias) y contracción monetaria, fracasan en el objetivo de bajar la inflación. Las políticas contractivas no tocan las causas de la inflación y pueden incluso recrudecerlas. En los 80, por caso, se usaron políticas restrictivas y la medicina no pudo evitar la hiperinflación con estancamiento. Por su lado, las subas de las tasas de interés actúan por un canal totalmente diverso del previsto por la ortodoxia del inflation targeting: hacen de imán del capital especulativo externo, aprecian el tipo de cambio y suavizan los choques de costos (vg. las subas de precios internacionales de alimentos). Son herramientas eficaces de control de la inflación, si se omiten sus efectos temibles sobre el crecimiento, el desempleo, y la distribución.

¿Y los costos?

Las explicaciones ganan en consistencia cuando indagan sobre la formación de precios y dejan tranquila a la demanda. Aquí el centro son los costos unitarios de insumos nacionales y/o importados, los costos salariales y el margen de ganancias que se adiciona sobre esos costos. La tradición estructuralista latinoamericana pivoteó sobre estos factores “estructurales”, como el rol central del tipo de cambio, la elasticidad de la oferta agrícola y otros elementos que luego se “transmitían” vía su impacto en los salarios reales y las pujas distributivas.

Aquí es preciso distinguir entre niveles de precios, tasas de aumento y aceleración. Una suba de precios (por ejemplo, el encarecimiento de un insumo) modifica los precios relativos, eventualmente produce un aumento del nivel de precios sin por ello acelerar su tasa de crecimiento. Es decir, sin generar inflación. Aun en el caso de insumos muy difundidos (combustibles), una suba de su precio lleva a una convergencia hacia un nuevo y más alto nivel, alterando los precios relativos, pero sin aceleración. Hace falta algo más para lograrla.

¿Y cuando hay inflación?

Para que una suba de precios se acelere es preciso que medien procesos redistributivos del ingreso que impacten en la formación de precios, acelerando su tasa de cambio. Vg. una suba de salarios nominales en condiciones normales se trasladará al precio en proporción al mayor costo. Luego ese precio integrará otros costos. Si todos los sectores trasladan a su vez este mayor costo a sus precios –como es la norma-, eso dejará a lo sumo, al salario real sin cambios. Allí, los trabajadores pueden pujar nuevamente por lograr la capacidad adquisitiva deseada (sea por pérdida anterior o por una mejora distributiva), y dependerá de su fuerza, (organización sindical, historia, y situación de empleo) para lograr subas de los salarios nominales, que nuevamente, luego de un tiempo, serán trasladados a los precios.
Pero, no cualquier suba de salarios desata inflación. En las economías capitalistas reales, las demandas por salarios y markups planeados son independientes. No hay ningún mecanismo económico que garantice la consistencia de esas demandas. Ergo, puede que el salario real demandado y los precios fijados por las firmas excedan el producto neto generado. Si esto persiste, un espiral de precios baja el salario real, o (si el salario nominal crece más que los precios) se retrasa el tipo de cambio, se pierde competitividad, se devalúa, cae el salario real y suben los márgenes de ganancia. Estos procesos siempre terminan mal para los asalariados, salvo que exista una adecuada intervención estatal con políticas de ingresos.

La heterodoxia local falla al sacar del foco al salario como elemento de la puja inflacionaria. Las versiones más inconsistentes afirman que los empresarios suben los precios ante un mayor impulso de la demanda sin aumentar la producción ni invertir, lo que está empíricamente desmentido por la experiencia reciente de la Argentina.
Una segunda, es que la inflación se debe a aumentos “autónomos” de los márgenes de ganancia, como si todas las empresas sincronizaran el aumento de sus markups y aceleraran esas subas todo el tiempo. Pero otra vez esto no se verifica: las empresas fijan sus márgenes nominales al momento de hacer una inversión tomando como dato la situación distributiva. Luego ajustan tales márgenes a los fines de conservar un cierto margen real (neto de inflación) para reponer el capital. Por caso, en los 90 había similares estructuras oligopólicas y grandes márgenes de ganancia, y no había inflación. ¿Por qué no actuaba esta lógica en esos años?
Una tercera es que existen “restricciones de oferta” sectoriales, o “cuellos de botella”, que “disparan” la puja distributiva. Tampoco esto explica la aceleración del nivel de precios, ya que todo crecimiento involucra una dinámica “desbalanceada”, que integra un cambio estructural y es acicate para invertir allí donde hay más presión de demanda. Aquí la cura es el lapso necesario para que responda la inversión (y lo hace, como se vió entre 2002-08).

En suma, los choques de oferta y de costos, que la ortodoxia ve como aleatorios y secundarios, son en realidad los factores claves. Y suelen estar ausentes en la heterodoxia local. Son estos choques de costos los que originan pujas por el ingreso que pueden devenir inconsistentes. Los ejemplos son múltiples en nuestro país:
-Subas de precios internacionales de alimentos que integran la canasta salarial, cataliza la puja, y justifican por este lado la implementación de retenciones que mengüen dicho impacto.
-El caso de ciertas ramas productoras de insumos difundidos y exportables (hierro, acero, aluminio) en las que sus costos salariales son irrisorios, como el caso de Techint o Aluar. Como a la soja, el precio de estos insumos es equivalente al precio internacional (sin relación con los costos). Luego, las significativas subas internacionales de tales bienes mueven la estructura de costos doméstica.
-La hiperinflación en los 80, propagada por sucesivas devaluaciones, que dando “luz verde” al traslado de salarios a precios, más la inelasticidad característica de nuestras exportaciones e importaciones, desembocaba en una crisis estructural de balanza de pagos e inflación cambiaria.

Pero la visión heterodoxa predominante dice que los salarios no pueden ser responsables por la inflación ya que exhiben un nivel históricamente deprimido. Siendo esto cierto como tendencia, es el producto de un largo proceso previo de pujas (que turnaron subas y bajas reales del salario), y que consolidaron un resultado frustrante. Subyace a esta visión una confusión, no siempre explícita, y asaz condimentada de connotaciones éticas, por la cual los salarios nunca pueden ser “culpables” de la inflación,(como se desprende de la figura en la nota) como si la economía real fuese planificada, confundiendo los deseos con la realidad. Luego culpar a los oligopolios y su “afán desmedido de lucro” por la alta inflación “cierra” perfectamente con esa confusa noción. Pero no resuelve el problema de la inflación real: la inconsistencia de los reclamos sobre el ingreso.

¿Se puede crecer sin inflación?

La verdad empírica es que si se aspira a tener un alto crecimiento del PBI y el empleo, muy probablemente la inflación resultará mayor a un dígito. Magia no hay. Se ha “lobotomizado” a la población con la absurda idea de que es posible crecer sin inflación. Sí es posible regular su ritmo, preservando el crecimiento, y coordinando la indexación para que no sea explosiva. Claro, existen otras vías: una dictadura militar que reprima toda puja (¡y vaya que se intentó esa opción en Argentina!). En los países asiáticos, con dictaduras militares y canastas salariales basadas en arroz, no escaparon a la misma lógica: Indonesia, Corea, Singapur, Tailandia y Filipinas mostraron en los 70 tasas de crecimiento de 7/8% con tasas de inflación de dos dígitos. Lo mismo pasó con Brasil o Méjico.

El control de la inflación es político, pero no por razones conspirativas, sino porque la distribución en el capitalismo es exógena, es decir, depende de múltiples factores no económicos. Como existe una clara asimetría de poder entre trabajadores y empresarios, es preciso que el Estado regule la dinámica de formación de precios, incluyendo políticas de ingresos que coordinen en el tiempo metas explícitas, el ritmo de crecimiento de la inflación, las mejoras de empleo y productividad, y las sucesivas mejoras salariales a fin de incorporar explícitamente la recuperación de los ingresos salariales perdidos y una mejora real de la situación distributiva de los trabajadores. Análogo a como aparece la cabina de un avión de pasajeros ante un improvisado piloto, las herramientas –olvidadas por el ideario neoliberal- que dispone el Estado para intervenir en la economía son más de las que hoy se usan. No es un camino fácil, pero es el único. Ver en cash

*Economistas de UNLU y Revista Circus