El viejo Almacén. BsAs

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

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25 oct. 2019

Argentina y el FMI: qué esperar con el probable retorno del kirchnerismo





Por Matias Vernengo*


La economía argentina está al borde de otro default menos de dos décadas después de la última, en 2002. Las próximas elecciones, el 27 de octubre, probablemente traerán de vuelta al poder a la oposición kirchnerista, y tendrán que negociar con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que tiene el poder de prevenir una crisis.

Argentina tiene una larga y turbulenta historia con el FMI que se remonta a la entrada del país en la organización en 1956 y al primer préstamo que se recibió al año siguiente, después del golpe militar que derrocó al gobierno peronista en 1955. Desde entonces, El país ha sido un usuario experto de los recursos del FMI, clasificándose entre los países que firmaron más acuerdos. El préstamo de aproximadamente $ 57 mil millones, alcanzado en 2018, es el más grande en la historia del FMI, y es un acuerdo Stand-By, ya que viene con la imposición de políticas económicas diseñadas por el FMI. Esto contrasta con el período en que Néstor Kirchner y su esposa Cristina Fernández de Kirchner estuvieron en el poder.

En 2006, el gobierno de Néstor Kirchner pagó su deuda con la organización y suspendió las consultas regulares del artículo IV, que permiten a los economistas del FMI monitorear la política macroeconómica en el país. Por el contrario, en 2016, el nuevo presidente electo, Mauricio Macri, invitó al FMI a una renovada visita por el artículo IV. En otras palabras, durante los años de Kirchner no hubo influencia del FMI en la política económica argentina.

Como Argentina está al borde de un incumplimiento, el FMI tiene todas las cartas en su mano. Si continúan desembolsando el préstamo a Argentina, el país podría tener muchas posibilidades de evitar una crisis e incluso comenzar su camino hacia la recuperación. Eso también sería necesario para reducir los niveles de desempleo y pobreza que se han disparado en los últimos años. Pero si el FMI continúa con las políticas de austeridad y retira su apoyo, Argentina caerá en el caos.

De 1956 a 2006, solo hubo períodos muy breves en los que no se sintió la influencia del FMI en la política macroeconómica. En este último ciclo, el grado de influencia del FMI ha sido más fuerte de lo necesario, dado que la economía estaba en buena forma en general cuando Macri fue elegido en 2015.

En particular, si el FMI proporciona las próximas cuotas del dinero que se acordó, lo que a menudo depende de si el país ha seguido la condicionalidad impuesta por el FMI, es crucial para la estabilidad financiera del país. Condicionalidad es el término utilizado para definir las políticas macroeconómicas requeridas por el FMI para desembolsar los préstamos. Lo que la organización internacional exige de sus prestatarios es esencialmente políticas de austeridad.

La influencia económica del FMI es crucial para la sostenibilidad económica y política del próximo gobierno. Tenga en cuenta que la Junta del FMI depende de los miembros con cuotas más altas, generalmente los Estados Unidos y las naciones de Europa occidental que siempre están al mando de la institución, incluso ahora, con la recientemente designada Kristalina Georgieva para el puesto de Directora Gerente. La pregunta es qué pasaría ahora que un gobierno kirchnerista está preparado para ganar las elecciones, y la tutela del FMI es casi inevitable para evitar el incumplimiento. Obtener una visión general de la historia de la problemática relación entre la Argentina y la institución de Bretton Woods podría ser relevante para comprender el punto muerto actual.

El FMI y el mundo en desarrollo

En la década de 1950, los países se unieron al FMI con la esperanza de que estar en buenos términos con la institución le permitiera tener acceso a recursos en dólares, tanto del FMI como del Banco Mundial, que se consideraban esenciales para el proceso de desarrollo. En particular, Argentina necesitaba dólares para comprar capital y bienes intermedios para el proceso de industrialización por sustitución de importaciones. Además, las autoridades de la época pensaban que ser visto como un pais de buen comportamiento por la comunidad financiera internacional conduciría a flujos de inversión extranjera directa, y que esto también promovería el desarrollo. Eso resultó ser una falsa esperanza.

El FMI era relevante para proporcionar fondos cuando las reservas eran bajas y para ayudar con problemas de balanza de pagos a corto plazo. Para eso fue diseñada la institución, por Harry Dexter White, un economista de las administraciones Roosevelt y Truman. La idea era que los países con problemas de balanza de pagos recibieran ayuda, pero deberían ajustar sus cuentas externas para eliminar los desequilibrios. El proyecto de White ganó al modelo británico para las organizaciones de Bretton Woods, diseñado por John Maynard Keynes, que puso más énfasis en un ajuste recíproco de los países con déficit y superávit. El FMI funcionó efectivamente imponiendo políticas fiscales restrictivas a los países deficitarios siguiendo el modelo desarrollado por el economista ortodoxo Jacques Polak, quien ocupó el cargo ahora conocido como Consejero Económico.

Pero en las décadas de 1950 y 1960, el FMI no era central para las políticas económicas en el mundo en desarrollo. La Guerra Fría, y el miedo a la alternativa soviética, en América Latina, encarnada vívidamente por la Revolución Cubana y las peripatéticas hazañas revolucionarias del Che Guevara, nacido en Argentina, crearon un espacio para políticas de desarrollo nacional autónomas en el país. Los países utilizaron controles de cambio para minimizar la necesidad de dólares, y las políticas comerciales e industriales permitieron una reducción adicional de la necesidad de reservas extranjeras.

Todo esto cambió en la década de 1970, después del colapso de Bretton Woods, la eliminación de los controles de capital y la creciente financiarización de la economía global. El dólar siguió siendo la moneda clave y los flujos de capital aumentaron drásticamente después de la desregulación de los mercados financieros. Muchos países en desarrollo pidieron prestados cantidades significativas de dólares para hacer frente a los dos choques petroleros. Argentina no estaba particularmente presionada por los recursos, ya que era esencialmente autosuficiente en energía en ese momento. Pero el gobierno militar de la época, que junto con el gobierno chileno de Pinochet fue uno de los primeros en promover políticas neoliberales de desregulación, liberalización y privatización, pidió prestados cantidades significativas. La deuda externa en dólares se disparó y se destinó principalmente al consumo y a la fuga de capitales.

En otras palabras, los dólares fueron comprados principalmente por las élites argentinas, y utilizados para obtener activos en dólares, mantenidos principalmente en el extranjero. Esto se hizo con pleno conocimiento y cierto grado de cooperación de la administración de los Estados Unidos, así como de organizaciones internacionales, como el FMI, que estaban ayudando a los bancos a prestar los llamados petrodólares, los fondos que los países ricos en petróleo depositaron en bancos de economías avanzadas, y que estaban sin hacer nada en sus bóvedas.

Hasta ese momento, el papel del FMI había sido mínimo y marginal. Pero en 1982, después de que Paul Volcker aumentara las tasas de interés significativamente para reducir la inflación en los Estados Unidos, México, que también estaba muy endeudado en moneda extranjera, dejó de pagar. Eso llevó, por un proceso de contagio, y de los bancos a cortar préstamos a todos los países latinoamericanos.
Argentina acababa de regresar a la democracia, y el nuevo gobierno de Raúl Alfonsín esperaba que fuera posible una reducción en el servicio de la deuda. Los orígenes de la deuda fueron considerados ilegítimos y relacionados con la dictadura. El país no tenía suficientes reservas e importaba más de lo que podía pagar con las exportaciones. El FMI apoyó a los bancos, y el temor a un incumplimiento llevó a una depreciación persistente de la moneda local. La gran depreciación de la moneda, que aumentó el precio de los bienes importados, y las presiones de una nueva situación democrática, con un fuerte movimiento sindical que exigía salarios más altos, impulsaron el proceso inflacionario, lo que condujo a la hiperinflación y al colapso de la administración de Alfonsín antes del final de su mandato.

La solución tradicional del FMI, que consistía en exigir la reducción del gasto público para reducir las importaciones y ahorrar dólares para el pago de la deuda, envió al país a una década de bajo crecimiento. La infame década perdida estuvo indeleblemente conectada con las políticas patrocinadas por el FMI. Fue solo después de que el nuevo gobierno de Carlos Menem, comprometido con las reformas favorables al mercado, asumió sus funciones y que una combinación de fondos del FMI y la adopción del Plan Brady, -lo que permitió la renegociación de la deuda externa,- y el tipo de cambio vinculado al dólar, en lo que se conoció como el Plan de Convertibilidad. Las presiones inflacionarias cesaron.

La década de 1990 marcó el pináculo de la influencia del FMI en la política económica. Pero incluso si el crecimiento aumentara, en comparación con la década perdida de la década de 1980, el desempeño de la economía fue deficiente después de las reformas estructurales asociadas a las instituciones de Washington, como el FMI, el Banco Mundial y la tesorería de los Estados Unidos. Esto se conocía como el Consenso de Washington. En particular, la liberalización de la economía, en un período en el que las economías asiáticas se industrializaban a un ritmo rápido, y con salarios reales considerablemente más bajos en dólares, dio un golpe significativo a la producción manufacturera local, el desempleo masivo y el aumento de los déficit comerciales, que tenía que estar cubierto por grandes cantidades de préstamos en moneda extranjera. Argentina fue vista como la hija modelo del Consenso de Washington, pero los persistentes déficits comerciales y la serie de crisis internacional que comenzó con el "Efecto Tequila" en México en 1995, y fue seguida por las crisis asiática y rusa en 1997 y 1998, y la crisis brasileña en 1999, creó la percepción de que el país no podría pagar sus deudas.

El FMI estaba esencialmente a cargo de la política macroeconómica argentina. La organización internacional exigió que se eliminaran los déficits fiscales, con la idea de que para pagar la deuda externa en dólares, el gobierno debería ahorrar más de lo que gastó en pesos. Claramente, el problema era que las exportaciones argentinas, la única fuente segura de dólares, se basaban en una estrecha especialización en la exportación de productos básicos. No generaron suficientes recursos para pagar los intereses de la deuda o las importaciones de capital esencial y bienes intermedios. Para 2001, estaba claro que la situación era insostenible. A fines de 2001, el FMI decidió retener un tramo o una cuota relativamente pequeña del préstamo Stand-By acordado. La noción de que el FMI había perdido la confianza en el gobierno argentino provocó un frenesí de especulación y la economía colapsó.

Argentina defauteó en diciembre de 2001, y en febrero la depreciación masiva de la moneda condujo a una inflación en espiral, así como a la contracción de la economía. Tenga en cuenta que una depreciación, al aumentar el precio de los bienes importados, reduce los salarios reales y la capacidad de los consumidores para comprar bienes y servicios. La caída en el consumo reduce el nivel de actividad y la economía colapsa. En el caso de Argentina, el colapso fue el peor en la historia registrada, con un colapso del 10 por ciento de la producción solo en 2002, y una disminución acumulada de casi el 20 por ciento durante toda la crisis, lo que arrojó a millones al desempleo y la pobreza. Una vez más, la intervención del FMI se asoció con una de las peores experiencias económicas de la historia de Argentina.

La era de los Kirchner y Macri

Néstor Kirchner fue elegido más de un año después del incumplimiento, en 2003. Él y su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, que lo sucedieron en 2007, renegociaron la deuda externa con casi el 93 por ciento de los tenedores de bonos y obtuvieron una reducción significativa en los pagos. . También pagaron la deuda con el FMI. Con eso, entre 2006 y 2015, cuando Mauricio Macri fue elegido, la economía argentina vivió el período más largo sin la interferencia de la organización internacional desde que Juan Domingo Perón decidió no unirse a fines de la década de 1940. Una combinación de una disminución de la carga de la deuda externa, una expansión del gasto social y buenas condiciones internacionales, junto con precios más altos para los productos que aumentaron el valor de las exportaciones, condujeron a altos niveles de crecimiento económico, reducción del desempleo y disminución de la desigualdad. La ausencia del FMI no solo no parecía importar, sino que parecía ser beneficiosa.

Obviamente, hubo problemas. Después de la crisis financiera mundial de 2008, los precios de los productos básicos cayeron, en particular después de 2011. Además, el Banco Central de Argentina no acumuló suficientes reservas en dólares, en parte porque las tasas de interés eran bajas o incluso negativas en términos reales. Y a pesar de que el gobierno mantuvo en su mayor parte superávit fiscales primarios o pequeños déficits y ningún préstamo significativo en moneda extranjera, la situación externa se estaba deteriorando. Tenga en cuenta que los resultados fiscales primarios son los que descuentan los pagos de intereses, lo que significa que las cuentas fiscales del gobierno no estaban en desorden, con el gasto del gobierno más o menos en equilibrio con los ingresos. El gobierno de Cristina Kirchner optó por mantener bajos niveles de crecimiento en los últimos años, lo que redujo la necesidad de importaciones y mantuvo la situación bajo control. Sin embargo, esto causó en parte que su candidato perdiera las elecciones en 2015. En 2015, cuando Macri asumió el gobierno, había suficientes reservas para cumplir con las obligaciones a corto plazo del país y no era inminente ningún riesgo de incumplimiento.

Macri prometió traer de vuelta el país al mundo, lo que significa una mayor integración con la economía global, siguiendo las viejas políticas del Consenso de Washington. Liberó los mercados de divisas y renegoció la deuda externa con los pocos holdouts, esencialmente los llamados fondos buitre, que habían comprado la deuda argentina por una miseria y demandaron en los tribunales de Nueva York por el pago total. Pagó lo que se exigía para que el país pudiera pedir prestado en dólares. La idea era, una vez más, que los fondos extranjeros fluirían y que esto conduciría al crecimiento. El FMI fue traído de vuelta, como un sello de aprobación para el buen gobierno. Las tasas de interés se mantuvieron bajas y, a menudo, negativas, en términos reales. La combinación de bajas tasas de interés y la ausencia de controles cambiarios significaron que las personas podían comprar libremente dólares, lo que condujo como antes a una fuga de capital y una depreciación significativa del peso.

Inicialmente, la depreciación fue vista positivamente, incluso si los economistas de Macri no lo admitieran. Nuevamente, uno debe recordar que una depreciación reduce los salarios reales, y Macri y sus economistas lo consideraron necesario para hacer que la economía sea más competitiva. Además, la depreciación y el ajuste fiscal, perseguidos al menos formalmente, para controlar la inflación, llevaron a la economía a una recesión con un mayor desempleo. Esto nuevamente redujo el poder de negociación de los trabajadores y tuvo el efecto deseado de reducir los salarios reales. Pero la peor parte fue que la deuda externa se duplicó con creces durante los próximos tres años, de cerca de $ 70 mil millones a aproximadamente $ 160 mil millones, sin un aumento significativo en las exportaciones. Este aumento en la deuda esencialmente financió la fuga de capitales, lo que significa que los dólares fueron tomados prestados en los mercados internacionales y vendidos inmediatamente al público, lo que causó una mayor depreciación de la moneda.

Para 2018, el gobierno estaba tratando de detener la depreciación, ya que se estaba quedando sin reservas, y las presiones inflacionarias estaban fuera de control. En lugar de reducir la inflación del 35 por ciento de los últimos años de Kirchner, la inflación se aceleró a más del 50 por ciento, rompiendo una de las promesas clave de la campaña de Macri. El mega préstamo del FMI se negoció en este punto. Hasta las elecciones primarias de agosto pasado, el dinero se destinó esencialmente a la fuga de capitales. Muchos creyeron, no sin razón, que el FMI estaba tratando de ayudar al gobierno a detener la depreciación e inflación descontroladas, y apuntalando las posibilidades de Macri en las elecciones. Además, si el FMI desembolsa los próximos tramos del préstamo este año, uno antes y otro después de las elecciones, presumiblemente podría llevar a un incumplimiento y afectar el resultado electoral o la capacidad del próximo presidente para administrar la economía. Está claro que sin el dinero del FMI, la economía argentina estará al borde del colapso, y el próximo gobierno tendrá que negociar y negociar con el FMI.

La gran derrota de Macri en las elecciones primarias sugiere que Alberto Fernández, el ex jefe de gabinete de Néstor Kirchner, y su candidata a la vicepresidencia, Cristina Kirchner, ganarán a fines de octubre. La pregunta es si el FMI y una administración kirchnerista pueden trabajar juntos para resolver los problemas argentinos. Después de todo, el kirchnerismo se asoció con la reversión de las políticas del FMI y su interferencia en la gestión de la economía.
 
Pero, al contrario de lo que podría esperarse de la historia, y cierta información errónea difundida por la prensa financiera, por ejemplo, el Wall Street Journal informó incorrectamente que Kirchner había incumplido la deuda, todo indica que un gobierno de Fernández trataría simplemente de modificar el perfil de la deuda externa, lo que básicamente alargaría el período de reembolso y reduciría la carga del servicio de la deuda, pero mantendría todos los compromisos legales con los tenedores de bonos. Luego trataría de obtener del FMI más espacio para aplicar políticas expansivas, tratando de enfocar las políticas hacia un aumento de las exportaciones, particularmente en relación con la posibilidad de expandir la producción de gas natural. La pregunta es qué haría el FMI, con su nuevo Director Gerente y bajo la influencia de una Casa Blanca inestable. Por el bien de Argentina y su propia reputación, uno esperaría que el FMI decida jugar a la pelota. La esperanza es eterna.


*Matías Vernengo es Profesor Titular de Economía en la Universidad de Bucknell y fue Gerente de Investigación Senior del Banco Central de Argentina entre 2012 y 2013.

original: ACA

21 oct. 2019

Una salida brasileña











Por Matías Vernengo *
Se ha hablado bastante de la posibilidad de una salida uruguaya para los problemas externos argentinos, en particular, en el caso de una victoria de Alberto Fernández en las próximas elecciones. La idea sería negociar con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y otros acreedores un reperfilamiento de la deuda externa en dólares. La salida uruguaya supone estirar los plazos de los pagos, manteniendo las tasas de interés y sin quita de capital. Además, la propuesta dependería para ser bien sucedida de un aumento de las exportaciones, en particular de gas natural y petróleo de Vaca Muerta.
Mayores exportaciones y más tiempo para pagar pondrían el país en una senda sostenible, y creando las condiciones para la retomada del crecimiento. Parece haber una predilección por el tipo de cambio alto, para estimular las exportaciones, que es complementada con una política fiscal sana, para demonstrar la preocupación del gobierno con el pago de la deuda.
Aunque hay problemas de cuenta corriente desde por lo menos el 2011, la crisis cambiaria que se desencadenó en el 2018, que llevó al país de vuelta al FMI, se dio por problemas financieros. En otras palabras, el levantamiento de los controles cambiarios, y las tasas de interés reales negativas o bajas, y las bajas reservas en dólares están en la raíz de la fuga de capital.
Hay un cierto optimismo con relación a la capacidad de aumentar las exportaciones en un periodo relativamente corto, en medio a una economía global en donde los países desarrollados crecen, pero a tasas moderadas, y en el que los países más dinámicos en Asia también han desacelerado su crecimiento. Se habla en realidad de estancamiento secular. Las exportaciones dependen de los ingresos del resto del mundo, que no van a crecer mucho, y son poco sensibles a los efectos de un tipo de cambio más alto. Por eso parece poco probable suponer que las exportaciones puedan crecer lo suficiente para resolver los problemas externos.
Frente a este escenario, el caso brasileño durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), en particular el segundo Lula y la primera Dilma, debería ser tenido en cuenta como una estrategia más práctica. En lugar de una política fiscal apretada, para pagar la deuda, y una política monetaria más relajada, para mantener tasas de interés bajas, estimular el crédito, y un tipo de cambio alto, habría que hacer justamente lo opuesto: una tasa de interés alta, para atraer fondos, y una política fiscal más expansiva, para estimular la recuperación.
Hay que garantizar rendimientos reales elevados, en deuda pública en pesos. Hay que expandir el mercado para bonos públicos en pesos, y el Banco Central debería cumplir con esa tarea. Brasil tuvo por mucho tiempo la tasa de interés más alta del mundo en términos reales. Esto le permitió acumular casi 380 mil millones de dólares, que ha blindado a la economía del país vecino de una posible crisis cambiaria. El escepticismo con relación a la posibilidad de acumular reservas en dólares, con base a que la Argentina es supuestamente excepcional, y donde la gente ahorra en dólares, no tiene fundamento teórico. Tasas elevadas, controles de cambio, y garantías de acumulación en pesos por parte del gobierno son el único camino para acumular reservas en dólares en el corto plazo.
Las objeciones sobre los efectos de una tasa de interés alta sobre el crédito doméstico y el nivel de actividad tienen todavía menos fundamentos. En Brasil los bancos públicos expandieron el crédito, y una política fiscal más expansiva, junto con una política de expansión de los salarios y los gastos sociales permitieron un mayor nivel de actividad. Además, a pesar del interés alto, hubo una mejora de la distribución del ingreso. La tasa alta al apreciar el tipo de cambio ayudaría a estabilizar los precios, y permitiría ganancias reales para los trabajadores. Solo con una solución financiera habrá espacio para las políticas industrial y comercial que permitirían resolver el problema externo de largo plazo, aumentando las exportaciones y reduciendo la necesidad de importaciones.
* Profesor de Economía de la Bucknell University.

18 oct. 2019

El impacto macroeconómico de "ponerle plata en el bolsillo a la gente"





Por Fabián Amico y Alejandro Robba
Aunque las exportaciones tienen una importancia estratégica en el alivio de la restricción de la balanza de pagos, sin embargo, el crecimiento en Argentina depende esencialmente de los componentes domésticos de la demanda (consumo asalariado, gasto público y transferencias sociales, inversión pública y privada, construcciones, etc).
El fracaso del experimento económico actual es resultado del intento de instalar un patrón de crecimiento basado en la expansión autónoma de la inversión privada (con un protagonismo central de la inversión externa) y las exportaciones. Para eso, el gobierno mejoró la rentabilidad general del sector privado y subió el tipo de cambio real. El ensayo, sin embargo, terminó en un colapso.
Solo en 2017 hubo una rápida y fugaz recuperación del nivel de actividad, la que estuvo justamente basada en la expansión del gasto público (transferencias sociales e inversión pública) y alguna mejora de los salarios reales.

Algunas razones del fracaso deberían ser evidentes. La inversión privada no puede aumentar sino crece el tamaño del mercado, ya que la ampliación del stock de capital de las empresas no puede hacerse inútilmente: nadie acrecienta una capacidad productiva que no va a utilizar. Ergo, para aumentar la inversión, debe previamente aumentar el nivel de utilización de esa capacidad y por ende debe aumentar la demanda de bienes finales.

La expansión del consumo depende básicamente de dos variables. Por un lado, los salarios reales del sector privado, cuya condición para aumentar es una cierta estabilidad cambiaria (y tarifaria). Por otro, las transferencias sociales del gobierno (jubilaciones y planes sociales) son factores importantes de empuje del consumo privado.

Estos movimientos tienen importantes efectos distributivos y ayudan a promover una sociedad más igualitaria e inclusiva. La recuperación de la capacidad de compra de los sectores populares (salarios y jubilaciones) aumenta las ventas y estimula la producción y la inversión, encendiendo la rueda virtuosa de distribución y producción.

En este contexto, las transferencias públicas sociales (jubilaciones y planes sociales) deben considerarse como un componente del gasto autónomo, y por ende como uno de los elementos que co-determinan la tasa de crecimiento de largo plazo. Son, en verdad, un determinante del producto más que una mera transferencia de ingresos desde un nivel dado de producto. Por ende, representan un motor de crecimiento (más que una detracción) y no existe necesariamente una contradicción entre mayor equidad social y crecimiento. En tal contexto, la justicia social no sólo es una bandera política, sino que también es una fuente de crecimiento mientras, al mismo tiempo, abre paso a una sociedad más inclusiva.

El aumento de los salarios privados, además de ser una fuente de demanda, son determinantes del efecto multiplicador del conjunto del sistema. Cualquier impulso autónomo de gasto (sea gasto público, exportaciones, u otros) tendrá un impacto multiplicador mayor cuando mayores sean los salarios. La razón es simple: para atender el mayor consumo privado (por ejemplo, proveniente del aumento de las jubilaciones) el sector privado deberá aumentar el empleo, y ahora cada trabajador recibirá un salario mayor que, a su vez, gastará en bienes y servicios. En suma, la masa salarial aumentará tanto por aumento del empleo como por la suba del salario. En síntesis, una sociedad más igualitaria tiene una mayor propensión a consumir y esto supone un mercado doméstico más grande, más producción y más inversión.

Justamente, el colapso de la inversión privada fue el principal fracaso intelectual de la era Macri. El punto es que la inversión privada en capacidad productiva, si bien tiene como condición necesaria una rentabilidad positiva, no depende (ni es función) del nivel de rentabilidad, sino que es determinada por la dinámica del mercado y la demanda efectiva (es decir, sigue el viejo principio del acelerador). De hecho, la etapa 2003-2011 marca uno de los hitos históricos en términos de inversión privada en equipo de capital.

Entonces, resulta claro que "poner plata en el bolsillo de la gente" significa tanto aumentar el efecto multiplicador (consumo asalariado) como los impulsos autónomos de gasto (transferencias sociales) y llevan ineludiblemente a "encender" la economía ahogada por la contracción del gasto público y la caída de los salarios reales. A su vez, la expansión resultante del mercado aumentará el nivel de utilización de la capacidad estimulando la inversión privada en búsqueda de oportunidades rentables.

Cabe destacar que, en paralelo, y como condición necesaria para volver a crecer, se debe descomprimir la carga de la deuda externa con una renegociación que implique –por lo menos- ganar tiempo para el pago de intereses y capital. Pese a la mejora del saldo de la cuenta corriente (debido al colapso de las importaciones por la recesión), la deuda será el principal determinante de la restricción externa tanto en el corto plazo como en el largo plazo.

Hoy nuestro país presenta una economía paralizada, una crisis alimentaria aguda, un desempleo superior al 10% como piso, y además la mayoría de los trabajadores y trabajadoras que tiene trabajo, no sólo no ahorran, sino que no llegan a fin de mes y se encuentran crecientemente endeudados. Según cálculos del BCRA, actualizados a marzo, desde fines de 2018 las familias del país pasaron a arrastrar una deuda equivalente a 3,2 meses de sus salarios netos (en su mayor parte, originado en el "tarjeteo" a tasas altas).

Con información del INDEC, tanto la Universidad Nacional de Avellaneda como la Fundación Mediterránea, publicaron recientemente que una familia necesitaría casi $12.000 para salir de la pobreza. La brecha de pobreza mide la distancia entre el ingreso promedio de los pobres y la línea de gastos de referencia.

Por lo tanto, la pregunta es cómo se financia esa brecha de ingresos. En la situación en que se encuentra el sector privado –en particular el sector pyme- respecto a caída de ventas, de producción y de rentabilidad, difícilmente se puedan imponer aumentos de salarios nominales por decreto. Por tal razón, además de motorizar el gasto y la inversión pública, estabilizar el tipo de cambio y las tarifas a partir del acuerdo social, se debe diseñar un listado de programas que mejoren los ingresos nominales o bajen los gastos familiares, para poder destinar más fondos a consumos esenciales. Entre ellos se pueden destacar el aumento de jubilaciones/AUH/salarios públicos, la desdolarización de tarifas públicas, los préstamos a tasa baja y plazos más largos con posibilidades de quitas, para saldar el alto endeudamiento que hoy padecen las familias argentinas, los programas de cobertura completa de medicamentos para jubilados, una nueva ley de alquileres que tenga en cuenta la crítica situación de los inquilinos y los descuentos en compra de alimentos a través de tarjetas para el pago de jubilaciones y programas social, entre otros.

Durante el primer debate presidencial, Mauricio Macri dijo que “aunque no lo sientas en el bolsillo, estamos mejor”. La crisis económica seguramente tuvo (y tendrá) un gran impacto electoral. Pero además la experiencia de estos cuatro años confirma no solo que el bolsillo es importante para asegurar el consenso político, sino que también es vital para "encender" la economía.

Fabián Amico. Economista. Docente de la Universidad Nacional de Moreno (UNM) y de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET).

Alejandro Robba. Economista. Docente y Coordinador de la Carrera de Economía de la Universidad Nacional de Moreno.
original: Ambito

19 sept. 2019

Cambiemos y el retorno del monetarismo como doctrina social en la Argentina




Posteamos una muy buena nota de los colegas De Lucchi y Vernengo sobre la visión dominante entre los economistas argentinos. La nota apareció en la Revista Márgenes nº5, septiembre, de la UNGS.

Regla de la escala de los billetes de dinero — Foto de Stock

por Juan Matías De Lucchi y Matías Vernengo*

En alguna medida la crisis cambiaria argentina era esperada. La restricción externa se hizo sentir en el caso argentino desde por lo menos el 2011, y era esperado, a pesar de las promesas de la campaña electoral, que el gobierno de Mauricio Macri utilizara la devaluación del tipo de cambio, y la reducción de retenciones para acelerar la inflación, frenar las negociaciones salariales en las paritarias, y reducir los salarios reales. Además, en el corto plazo, se esperaba que la reducción de los salarios y el ajuste fiscal conllevarían a una caída del producto interno bruto. En otras palabras, la devaluación con sus efectos contractivos e inflacionarios, aunque no fue anunciada, era esperada (Vernengo, 2016a). 

También era razonable suponer que una vez que se utilizara el tipo de cambio para dis-ciplinar a los trabajadores, del mismo modo se utilizaría el tipo de cambio para contener a la inflación, e incluso se podría especular que los economistas de Cambiemos, preocupados con el crecimiento económico antes de las elecciones, permitirían un aflojamiento fiscal para acelerar el crecimiento y reducir el desempleo. Sin embargo, nada de esto ocurrió y el tipo de cambio nominal aumentó 350% con, por lo menos, dos episodios de corridas cambiarias en 2016 y 2018, que abrieron nuevamente la discusión sobre un posible default. Esto sugiere que, en parte, el problema de la administración de Cambiemos también está relacionado con las decisiones tomadas por sus economistas, algunos de los cuales estuvie-ron presentes en la previa debacle y default al final de la convertibilidad.

En otras palabras, si bien es cierto que la economía argentina ya enfrentaba un déficit estructural de cuenta corriente, el principal factor de explicación de la crisis cambiaria de 2018 es una letal combinación de errores teóricos y operacionales. En este contexto, el inicio de un temerario patrón de endeudamiento en moneda extranjera, la implementa-ción de una inconsistente política monetaria y cambiaria y, finalmente, el innecesario y desesperado acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (fmi) por parte de un gobier-no desbordado por las circunstancias son los principales errores de praxis que cualquier gobierno que gane las elecciones tendrá que afrontar para estabilizar el tipo de cambio y evitar un incumplimiento de los compromisos externos. 

A igual que en tiempos del kirchnerismo, el problema externo y las tensiones cambiarias continúan siendo un fenómeno financiero más que real, considerando también el alto componente especulativo de las liquidaciones de granos. En particular, es importante notar que países con déficit externos similares, e incluso más severos, como Brasil, que ha tenido un déficit en cuenta corriente por un período más prolongado que Argentina, no han sufrido crisis cambiarias, en parte porque fueron capaces de acumular un volumen significativo de reservas internacionales atrayendo flujos de capital, en un contexto en que las tasas de interés en Estados Unidos han estado en niveles históricamente bajos. 

El resto del artículo esta divido en tres secciones. La próxima sección analiza las causas de la crisis, en la que se sugiere que los problemas fueron esencialmente financieros, y reforzados por un error de diagnóstico que llevó al creciente endeudamiento externo. La sección subsecuente describe la crisis cambiaria y sus consecuencias de largo plazo. Una breve conclusión cierra el artículo, sugiriendo que la mala praxis asociada al diagnóstico monetarista de los problemas argentinos pone en peligro la posibilidad de la retomada del crecimiento, y aumenta las chances de un default. La persistencia y el retorno del monetarismo como doctrina social, como lo habían identificado Bhaduri y Steindl (1983) para los países avanzados, no es, sin embargo, un mero error, sino la defensa ideológica de una serie de políticas que benefician a ciertos intereses en la Argentina 

*New School for Social Research y Bucknell University, respectivamente. 

ver toda la nota pagina 21 aca

6 jun. 2019

Argentina, el Financial Times y el próximo default.


 Publicamos traducción al español del post de Matias Vernengo, Naked Keynesianism





Por Matías Vernengo

Ha pasado un tiempo desde que escribí sobre Argentina. Para ser justos, porque es difícil dado todos los errores de los últimos años desde la victoria de Macri. Discutí las perspectivas de qué se podía esperar en ese entonces. Desde entonces publiqué aquí y aquí sobre la supuesta mejora en 2017, y el comienzo de la crisis aún en desarrollo en 2018. Y esto podría ser simplemente un post de "te lo dije", ya que advertí sobre la mayoría de las cosas que ocurrirían. Pero hay noticias importantes e interesantes sobre Argentina, ahora que hay algo de claridad sobre quién se enfrentará a Macri este año.


Cristina Kirchner finalmente anunció que se está postulando para la vicepresidencia, y que el jefe de gabinete de su esposo (cuando Néstor era presidente), Alberto Fernández, estará en la primera posición. Algunos han sugerido que este es un gran movimiento que permitirá unificar el peronismo, lo que podría llevar a la victoria en las elecciones de este año. Como respuesta, el comité editorial del Financial Times (FT) publicó un artículo en el que sugiere que, dada la baja popularidad de las medidas de austeridad de Macri respaldadas por las políticas del Fondo Monetario Internacional (FMI), sería posible un retorno del peronismo, pero un gran error para la argentina.


Hay muchos problemas en el análisis de FT. El artículo de FT sugiere que "el programa de austeridad del Sr. Macri está en vías de ofrecer ganancias a largo plazo para Argentina". Hay un error fundamental en su argumento. Los problemas de Argentina no son fiscales, causados por un gasto gubernamental excesivo, sino externos causados por préstamos excesivos en moneda extranjera. El Sr. Macri asumió el cargo en 2015 con una deuda externa de alrededor de 70 mil millones de dólares, y llego a más del doble a aproximadamente 160 mil millones de dólares, como se muestra en el siguiente gráfico (elaborado junto a Juan Matías De Lucchi, para un documento en español y que se publicará próximamente. La deuda denominada en el extranjero ahora es más alta de lo que era antes del incumplimiento de 2002, aunque es más pequeña como porcentaje del PIB (línea roja).
 

Tenga en cuenta que si bien Macri heredó una situación de alta inflación, déficits fiscales significativos (en moneda nacional) y una restricción externa, en su mayoría asociada a un déficit externo energético (el de moneda extranjera), la situación de la deuda externa se consideró sostenible por todos en aquel entonces Tenga en cuenta que la inflación fue, en última instancia, el resultado de una secuencia de pequeñas devaluaciones y una significativa resistencia salarial durante los años del kirchnerismo, y que la restricción externa se debió a la incapacidad de diversificar las exportaciones y, en particular, a la reducción de las necesidades de importación en el sector energético. La situación fiscal no fue problemática, y no hubo ningún problema con el financiamiento del gasto interno y no hubo presiones inflacionarias serias por parte del Banco Central que financió al Tesoro.


El gobierno de Macri estableció esas proposiciones. Su equipo, repleto de economistas tradicionales muy 'serios' como Federico Sturzenegger, quien argumentó que el aumento en las facturas domésticas de los precios de la energía no tendría un impacto inflacionario, creía que la inflación podría resolverse de manera simple al detener el financiamiento del Tesoro. La inflación era, de manera monetarista, una cuestión de demasiado dinero. También creían, hasta cierto punto, que una devaluación resolvería problemas externos si ocurriera. Pero esperaban un aumento en la inversión extranjera que llevaría al crecimiento y también ejercería presión para la apreciación del peso. Por supuesto, el resultado de su liberalización del mercado de divisas y su experimento monetarista condujeron a una mayor inflación y depreciación. * El ajuste fiscal y el despido de muchos trabajadores del gobierno llevaron a una recesión y un mayor desempleo. Ese fue el paquete macroeconómico del gobierno, incluso antes del FMI. **


Téngase en cuenta que no era necesario en ese momento pedir préstamos en los mercados internacionales en moneda extranjera. El déficit de la cuenta corriente era manejable, las obligaciones de la deuda externa eran relativamente bajas y la fuga de capital causada por la liberalización del mercado de divisas podría haberse detenido, en cierta medida, con un aumento en la tasa de interés. Por supuesto, deberían haber sido más cuidadosos con la liberalización de las cuentas externas, pero probablemente fue mucho pedir a este gobierno de operadores financieros con profundos vínculos con Wall Street y los mercados financieros internacionales (y un presidente con cuentas en paraísos fiscales, documentado en los Panamá papers).


El gobierno de Macri renegoció la deuda con los buitres, el último paso para que Argentina vuelva a ingresar a los mercados financieros, en condiciones excesivamente generosas, podría agregarse. Y tenga en cuenta que la deuda externa ya se había reducido significativamente por la exitosa renegociación de los Kirchner con el 93 por ciento de los tenedores de deuda (¡y los macristas hablaron de una fuerte herencia!). Aumentos menores en la tasa de interés en los EE. UU., que en la mayoría de los lugares llevaron a depreciaciones menores, se enfrentaron a tasas de interés que a veces eran negativas en términos reales, condujo a una salida masiva. Pero el gobierno continuó pidiendo préstamos en moneda extranjera, cuando casi todos los países de la periferia han podido obtener préstamos en moneda nacional.


Eso, por supuesto, no fue un error. Este gobierno ha promovido un aumento masivo de la deuda externa para financiar grandes cantidades de fugas de capital. El FMI esencialmente ha validado este modelo, al permitir que el gobierno utilice el préstamo para contener el tipo de cambio. Este gobierno ha creado condiciones para que una gran cantidad de dólares sean comprados por sus amigos en los mercados financieros. Es un esquema financiero fraudulento. Obviamente, esto no es sostenible, y una posición relativamente segura se ha convertido en un posible pronto incumplimiento . No es de extrañar que el espectro del peronismo persiga a la Argentina.




* En algún nivel, el gobierno quería una inflación más alta para reducir los salarios reales, algo que noté en 2015. También querían una recesión, para ayudar a reducir el poder de negociación de los trabajadores.

** Como digo a menudo, nuestras elites no necesitan el FMI, llevan el gen ortodoxo en su ADN económico.