El Viejo Almacen -Bs.As.

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

25 de abr. de 2012

Pierangelo Garegnani: Crítica de la Economía Política y Análisis de la Realidad.



                                    por Antonella Palumbo y Attilio Trezzini 

La investigación de este gran economista, quien murió en octubre pasado, se ha caracterizado por el intento de identificar un patrón de pensamiento radicalmente alternativo al dominante, la crítica a la teoría de la utilidad marginal y la distribución y la recuperación de los economistas clásicos y Marx. [1]
Pierangelo Garegnani, que murió el pasado mes de octubre a los 80 años, fue uno de los pocos economistas , de su generación y de las posteriores, que han dejado una huella importante en el desarrollo y se reconoce en la elaboración teórica en el campo de la economía política. Conocido sobre todo por sus escritos sobre la teoría del valor y la teoría capital, Garegnani fue un economista internacional absolutamente excepcional, que ha desarrollado y difundido el pensamiento de Piero Sraffa, y fue uno de los protagonistas del debate teórico sobre el capital de los años 60 del siglo XX, así como el centro de los debates sobre la teoría del valor y el renacimiento del pensamiento moderno y de los economistas clásicos y Marx.
Es interesante mirar hacia atrás en algunas etapas de la elaboración teórica de Garegnani, ya que representa un ejemplo de cómo la investigación teórica, incluso cuando se realiza al máximo grado de abstracción, dado que una vez que se entienden los mecanismos básicos de funcionamiento de la economía, ésta tiene implicaciones directas tanto para el análisis de realidad como para la elaboración de instrumentos de política capaz de afectarla.
No hay duda de que la reputación internacional de Garegnani, sobre todo al principio de su carrera, se debe su decisiva contribución a la crítica de la dominante teoría neoclásica (o, más correctamente, marginalista[2] ) de valor y la distribución. Como buscaremos de argumentar, sin embargo, es absolutamente simplista afirmar que su contribución a la teoría económica ha sido esencialmente una contribución crítica. Sin subestimar el papel que en primer plano él ha jugado en identificar los elementos que hacen a la teoría dominante inadecuada para el análisis consistente de economías de mercado, nos parece que el centro de investigación y análisis de Garegnani está bien representado por el intento constructivo de identificar un patrón de pensamiento radicalmente alternativo en comparación con el dominante.
Las distintas líneas de investigación que ha desarrollado en sus obras de hecho pueden ser vistas como las articulaciones de la propuesta de reformular la economía política sobre otras bases. Estas bases se forman por la instalación de la teoría de valor y la distribución de los economistas clásicos, hecha visible y perfeccionada por la obra de Piero Sraffa.
Después de describir la contribución Garegnani al debate teórico, explicitaremos aquí principalmente, aunque sea en líneas generales, las implicaciones para la política económica.
Las tres secciones siguientes se dedicarán, respectivamente, a la descripción de las teorías marginales de valor y la distribución y la crítica dirigida a la misma por Garegnani; la reanudación de la teoría clásica del valor y la distribución, y la teoría de la producción que Garegnani ha desarrollado a través de un síntesis de la teoría clásica del valor y la parte más fértil del análisis de J. M. Keynes. En la cuarta y última sección se explican las implicaciones de la política económica de su pensamiento.


[1] * Este artículo retoma parte del material del artículo de los mismos autores “Pierangelo Garegnani. Las implicaziones de politica economica de la critica de la economia politica”, in QA - Rivista dell’Associazione Rossi-Doria, 2011, n. 4.
[2] Utilizamos preferentemente en este trabajo el término “marginal” o marginalista” cuando se refiere a las teorías dominantes de demanda y de oferta fundamentalmente, más que el más habitual término “neoclásico” porque, como Garegnani mismo destacaba, este último término nace históricamente de la presunta continuidad entre las teorías marginales y las precedentes teorías del excedente propias de los economistas clásicos y por ello resulta poco apropiado para dar cuenta de la desvinculación y el radical cambio de posición teórica que en los últimos decenios del siglo XIX lleva a la afirmación y luego al predominio de las teorías marginales. Cfr. infra, sez. 1, para una descripción mas detallada de este tipo de teorías.

Para ver todo el documento: ACA

Para ver en Italiano ACA



21 de abr. de 2012

Mark Weisbrot: Los críticos de la Argentina están equivocados otra vez con la renacionalización del petróleo

Leemos una muy intersante nota de Mark Weisbrot


Argentina's critics are wrong again about renationalising oil

In taking back oil and gas company YPF, Argentina's state is reversing past mistakes. Europe is in no position to be outraged


The Argentinian government's decision to renationalise the oil and gas company YPF has been greeted with howls of outrage, threats, forecasts of rage and ruin, and a rude bit of name-calling in the international press. We have heard all this before.
When the government defaulted on its debt at the end of 2001 and then devalued its currency a few weeks later, it was all doom-mongering in the media. The devaluation would cause inflation to spin out of control, the country would face balance of payments crises from not being able to borrow, the economy would spiral downward into deeper recession. Then, between 2002 and 2011, Argentina's real GDP grew by about 90%, the fastest in the hemisphere. Employment is now at record levels, and both poverty and extreme poverty have been reduced by two-thirds. Social spending, adjusted for inflation, has nearly tripled. All this is probably why Cristina Kirchner was re-elected last October in a landslide victory.
Of course this success story is rarely told, mostly because it involved reversing many of the failed neoliberal policies – that were backed by Washington and its International Monetary Fund – that brought the country to ruin in its worst recession of 1998-2002. Now the government is reversing another failed neoliberal policy of the 1990s: the privatisation of its oil and gas industry, which should never have happened in the first place.
There are sound reasons for this move, and the government will most likely be proved right once again. Repsol, the Spanish oil company that currently owns 57% of Argentina's YPF, hasn't produced enough to keep up with Argentina's rapidly growing economy. From 2004 to 2011, Argentina's oil production has actually declined by almost 20% and gas by 13%, with YPF accounting for much of this. And the company's proven reserves of oil and gas have also fallen substantially over the past few years.
The lagging production is not only a problem for meeting the needs of consumers and businesses, it is also a serious macroeconomic problem. The shortfall in oil and gas production has led to a rapid rise in imports. In 2011 these doubled from the previous year to $9.4bn, thus cancelling out a large part of Argentina's trade surplus. A favourable balance of trade has been very important to Argentina since its default in 2001. Because the government is mostly shut out of borrowing from international financial markets, it needs to be careful about having enough foreign exchange to avoid a balance of payments crisis. This is another reason that it can no longer afford to leave energy production and management to the private sector.
So why the outrage against Argentina's decision to take – through a forced purchase – a controlling interest in what for most of the enterprise's history was the national oil company? Mexico nationalised its oil in 1938, and, like a number of Opec countries, doesn't even allow foreign investment in oil. Most of the world's oil and gas producers, from Saudi Arabia to Norway, have state-owned companies. The privatisations of oil and gas in the 1990s were an aberration; neoliberalism gone wild. Even when Brazil privatised $100bn of state enterprises in the 1990s, the government kept majority control over energy corporation Petrobras.
As Latin America has achieved its "second independence" over the past decade-and-a-half, sovereign control over energy resources has been an important part of the region's economic comeback. Bolivia renationalised its hydrocarbons industry in 2006, and increased hydrocarbon revenue from less than 10% to more than 20% of GDP (the difference would be about two-thirds of current government revenue in the US). Ecuador under Rafael Correa greatly increased its control over oil and its share of private companies' production.
So Argentina is catching up with its neighbours and the world, and reversing past mistakes in this area. As for their detractors, they are in a weak position to be throwing stones. The ratings agencies threatening to downgrade Argentina – should anyone take them seriously after they gave AAA ratings to worthless mortgage-backed junk during the housing bubble, and then pretended that the US government could actually default? And as for the threats from the European Union and the rightwing government of Spain – what have they done right lately, with Europe caught in its second recession in three years, nearly halfway through a lost decade, and with 24% unemployment in Spain?
It is interesting that Argentina has had such remarkable economic success over the past nine years while receiving very little foreign direct investment, and being mostly shunned by international financial markets. According to most of the business press, these are the two most important constituencies that any government should make sure to please. But the Argentinian government has had other priorities. Maybe that's another reason why Argentina gets so much flak.
original: The Guardian
Version en español: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-192604-2012-04-25.html 

19 de abr. de 2012

Getting the Priorities Right: The new central bank law in Argentina


By John Weeks
Over the last two decades of "inflation targeting" policies, one of the last paces to look for pragmatic economic policy was a central bank. In answer to the question, in what country does the central bank have a growth focused mandate, most would answer, "there are none" or "beats me". Yet, there is at least one. In Argentina the Ley Organica for the central bank, passed by the houses of the legislature and signed by the president in March 2012, incorporates an unambiguous growth mandate. And if this does not make the Central bank of Argentina unique, combining it with a woman as the Governor certainly so qualifies it.





During the 1990s, the government dedicated itself to a neoliberal economic regime, most infamously with the adoption of a currency board. This excursion into monetary policy madness tied the domestic money supply to central bank holdings of foreign exchange. Initially lauded by neoliberals as the quintessence of sound monetary policy, it spectacularly imploded at the end of the decade. The disaster ushered in a twenty percent fall in national income during 1998-2002. Inflation went over 100 percent in 2002 when accumulating disaster forced the government abruptly to abandon its ill-advised currency regime (see chart).
A central project of neoliberal ideology is removing economic policy from the democratic process, to render it "independent" and unaccountable, under the control of so-called experts. The ideology preaches the necessity of balanced budgets to decommission counter-cyclical fiscal policy. "Flexible" or "market-determined" exchange rates provide the vehicle to discard an interventionist currency regime. The decommissioning of policy tools is completed with central bank "independence" that excludes political oversight. This extreme insulation from the democratic process, epitomized by the dysfunctional European Central Bank, leaves governments with few policy instruments to pursue any goal other than deflation (aka "inflation targeting").
The election in Argentina of Nestor Kirchner in 2003 brought a dramatic shift, from neoliberalism to social democracy. This change continued and deepened with the election in 2007 of Cristina Kirchner, who was re-elected in October 2011 with almost 55 percent of the vote. Nestor died of a heart attack at the end of 2010.

The change in national economic performance proved as dramatic as the shift in policy. After the five years of decline, real national income grew at an annual average of 7.5 percent during 2003-2011, and inflation averaged slightly less than ten percent (see chart). While hardly to the delight of the neoliberals, this rate of inflation is quite modest for post-war Argentina. Indeed, it may be that the country's structural inflation has been reduced by this growth, the longest sustained expansion in a generation (sustained except for the dip in 2009 due to the global crisis).
Though economic policy changed dramatically, it remained constrained by the legal legacy of the dysfunctional currency board. This dysfunctionality manifested itself in 2010 when the governor of the central bank refused to use currency reserves to service the country's external debt. Faced with a central bank induced default, President Kirchner changed the governor, replacing him with Mercedes Marcó del Pont, then president of the largest commercial bank in Argentina.

With a new governor has come a new legal framework for the central bank that institutionalizes the ability of the bank to implement counter-cyclical policy, in contrast to the previous framework that institutionalized the opposite. The new law eliminates the pro-cyclical link between foreign exchange reserves and the monetary base. The importance of this change cannot be exaggerated, for it enables rational policy making. If "inflation targeting" has a rational justification, it must refer to the lower boundary (avoiding destabilizing deflation) as well as the upper boundary (avoiding destabilizing inflation); that is, the change enables counter-cyclical monetary policy, to complement counter-cyclical fiscal policy. It simultaneously enables rational debt management, rather than constraining that management by an analytically unrelated reserve link. And, of course, it allows the central bank to coordinate currency market interventions with medium and long term industrial policy.
But most important, the new Ley Organica institutionalizes the principle that the function of monetary policy is to achieve a range goals, and in coordination with fiscal policy to select among and prioritize goals. Forty years ago the coordination of fiscal, monetary and exchange rate policy to facilitate growth was standard practice in both developed and developing countries. In 1969, the Bank of Sweden awarded Jan Tinbergen its "Nobel Prize" in part for his famous "Tinbergen Rule" of policy coordination.
Social democrats and other progressives all over the world owe thanks to the Argentinean government for the return to economic sanity embodied in the country's new central bank law. The legal formalization that monetary policy should be a positive instrument for the general welfare vindicates the arguments of generations of heterodox economists. More important, the re-inserting of the central bank into the political economy of policy making embodies the principle that all policy should be subject to democratic oversight. Just as "war is too important to be left to the generals" (Georges Clemenceau), economic policy should not be left to economists. Experts advise and elected representatives decide. It is called "the democratic process", and Argentineans think it should apply even to central banks.
This article was originally published in here
April 4, 2012.
Networkideas

17 de abr. de 2012

The Reform of the Central Bank Charter is Necessary for Growth and Stability


By Sergio Cesaratto, Marc Lavoie and John Weeks

“Give me a one-handed economist! All my economists say: on the one hand… on the other…” once famously said the U.S. President Truman. In his interview to La Nación professor Lance Taylor provides the perfect example of a two-handed economist: he supports growth, but he warns of the dangers of inflation; he approves of a central bank that cooperates with fiscal authorities, but he warns of excessive public spending; he gives his support to import controls, but he warns of their possible “micro-inefficiencies”. Professor Taylor thus plays the two-handed game of criticizing whatever the Argentineans could possibly do, even if we are not completely convinced that he actually said in the interview that he is in favor of an Independent Central Bank, as the headline would make you believe.
Of course we share, and we are sure that the Argentinean government shares, some of these preoccupations – although we are less concerned with the idea that import controls only protect domestic inefficient sectors. To begin with, comparing Argentina with Europe, where the inability of the Central Bank to cooperate with the national treasuries has created the crisis, Argentina looks pretty good, with a central bank that is mandated to cooperate with the democratically-elected government to pursue growth and employment rates that are consistent with the lowest possible inflation rate. In Europe, a non-cooperative European Central Bank has let interest rates on sovereign debt jump to unsustainable levels. In that respect the Argentinean central bank acts more like the North American Federal Reserve.
In addition, European central bankers and political leaders have advocated austerity measures that are causing a serious recession and that exacerbate the public budget problems caused by the financial crisis, very much like Argentina did during the Convertibility period, in which the former Central Bank Charter was imposed. By contrast, in Argentina now, there is a pro-growth central bank that carefully uses its foreign exchange reserves to reduce the needs of the government to borrow on international financial markets, and that wishes to sustain domestic investment through a public investment bank. This can only be good news.
Nobody would deny the importance of a competitive real exchange rate to sustain exports and favor the development of a competitive manufacturing sector. We believe that the reliance of exports on the vagaries of soya prices and harvests is a preoccupation of the Argentinean authorities too. Many Argentinean economists are however skeptical about the positive effects of currency depreciation on manufacturing exports; instead they are more concerned about the inflationary effects that exchange depreciation might have in a country like Argentina, with its strong tradition of labour militancy in defending real wages. They also warn that a policy of real wage compression through a depreciating exchange rate, if successful, would depress domestic consumption, growth and unemployment, with little compensation from an unlikely export-led boom. So, in any case, the objective of a competitive exchange rate should not be accompanied by restrictive fiscal and monetary policies, but rather should be accompanied by income policies that would preserve real wages.
Finally, the government with the support of many economists, in its attempt to diversify the export sector and reduce the import dependence, is relying on a pro-active industrial and trade policy, rather than relying on the real-exchange-rate-depreciation cum fiscal-contraction model proposed by critics. One cannot forget that Brazil has public control of long-term finance through BNDES, and that given Argentina’s higher GDP growth rate, the Argentinean government might have legitimate reasons to impose imports controls. As to the inefficiencies allegedly brought about by import substitution policies and import controls, the de-industrialization outcomes of decades of neo-liberalism are a much worse heritage. We do favor, in general, a more depreciated exchange rate to reduce the external constraint, but because devaluation is inflationary, on the cost side, and there often is wage resistance, one must be moderate. Exchange rates are only one price, and the notion that there is a perfect level that would solve everything, leading to growth, stability and sustainable current account by itself, might be a chimera.

15 de abr. de 2012

El sinsentido de la austeridad europea











La crisis financiera europea no terminó, acaba de comenzar. En el largo plazo, la tragedia griega aparecerá como un episodio menor. No es difícil para los argentinos comprender el origen de la crisis, aunque es sorpresivo por qué una de las regiones más ricas del mundo y una referencia global para el crecimiento con equidad social se está suicidando al adoptar medidas de austeridad que profundizan la crisis.
La Unión Monetaria Europea (EMU, por sus siglas en inglés) nació de un diseño político francés que pretendía atar para siempre el destino de la Alemania post-unificación a Europa occidental. De otro modo, la nueva Alemania hubiera mirado hacia el este, como lo hizo de todas formas al convertirse en el eje manufacturero de Europa del este, hacia donde descentralizó sus producciones de menor valor agregado. Al participar de la EMU, Italia y otros países apuntaron a importar la disciplina fiscal, monetaria y laboral alemana.
Los economistas de Estados Unidos alertaron a los europeos que la EMU no era un “área monetaria óptima”, ya que era muy heterogénea en términos económicos, culturales y lingüísticos. Las elites europeas lo vieron como una conspiración norteamericana para impedir el nacimiento de una nueva divisa internacional. Sea lo que fuera, lo que sucedió entre 1999 y 2008 es una historia conocida para los argentinos. La liberalización financiera y la fijación del tipo de cambio generaron enormes flujos financieros desde el “núcleo” europeo –Alemania, Holanda, Austria y Finlandia– hacia la “periferia” –fundamentalmente, España, Grecia e Irlanda–. Estrictamente, Francia e Italia no pertenecen a ninguno de los grupos, la industria manufacturera italiana se ubica segunda sólo por detrás de Alemania y esto evidencia las diferencias entre Italia y España. Los flujos de capitales condujeron a un boom de la construcción en Irlanda y España e impulsaron el despilfarro del gobierno en Grecia. Esto condujo a un efímero crecimiento en esos países, acompañado por una inflación relativamente elevada y la consecuente pérdida de competitividad. Las cuentas externas se volvieron negativas y acumularon un enorme caudal de deuda, principalmente con Alemania.
Asimétricamente, desde fines de la década del 90, bajo el gobierno social- demócrata del canciller Schroeder, Alemania adoptó una política mercantilista de moderación salarial y fiscal junto con flexibilización laboral. Por un lado, comprimía la demanda doméstica y la inflación y, por el otro lado, financiaba la demanda agregada en la periferia. Esto se convirtió en la desembocadura del modelo de crecimiento alemán basado en las exportaciones.
El único problema es que la periferia acumuló enormes cantidades de deuda externa sin tener la capacidad para, eventualmente, terminar con los desbalances devaluando sus monedas, como hizo Argentina en 2002 o Italia en 1992, luego de los desequilibrios creados por el Sistema Monetario Europeo en los 80. A fines de 2009, los mercados financieros comenzaron a dudar de la solvencia de las economías periféricas. La crisis golpeó a Grecia, Irlanda, Portugal en 2010 y a la tercera y cuarta economía de la EMU, España e Italia en 2011. Como consecuencia de la caída en los ingresos fiscales y el rescate público del sector bancario en países como Irlanda y España, los problemas de deuda privada se convirtieron en un problema de deuda pública.
La respuesta europea ha sido caracterizada históricamente por ser sistemáticamente “muy chica, muy tarde”. Los fondos de emergencia europeos fueron concebidos para evitar el default de los gobiernos periféricos. Sin embargo, hay un inconveniente: una parte significativa de esos recursos viene de los mismos países que necesitan el financiamiento, un círculo vicioso. Contra el deseo de Alemania, el Banco Central Europeo (BCE) tuvo una tímida intervención para sostener las deudas soberanas periféricas, pero sólo lo suficiente para evitar el colapso de la EMU y no para mantener en niveles sostenibles las tasas de interés sobre esas deudas (los dos miembros alemanes del directorio del BCE renunciaron en protesta durante 2011).
Los alemanes se oponen a que el BCE actúe como prestamista de última instancia para los países y bancos, la principal razón por la cual fueron creados los bancos centrales. La idea de un banco central que coopere democráticamente con la política fiscal fue parte de la reciente reforma del Banco Central argentino. Pero los líderes alemanes, los gobernantes demócratascristianos y la oposición socialdemocrata, comparten, consciente o inconscientemente, un diagnóstico errado de la crisis europea. En nombre de un inexistente peligro inflacionario, rechazan el accionar firme del BCE para calmar a los mercados al actuar como el máximo garante/protector de las deudas periféricas. Es más, Alemania impuso medidas de austeridad fiscal sobre la periferia argumentando que el derroche fiscal es el responsable de la crisis.
El resultado es una situación económica y social en deterioro. Alemania espera sobrevivir, a pesar de la caída de los mercados periféricos europeos, mirando hacia las economías emergentes. La única acción efectiva fue tomada en diciembre pasado por el titular del BCE, Mario Draghi, nuevamente con la oposición alemana, al prestarle a los bancos europeos un billón de euros por tres años a una tasa de uno por ciento con la expectativa de que una parte se utilice para sostener las deudas soberanas. Esa operación sirvió como alivio de corto plazo, pero ahora los bancos tienen más bonos de deuda, una situación nada tranquilizadora dado que las causas que generaron la crisis siguen presentes.
Los países europeos están en un escenario kafkiano: locos si se quedan, locos si se van. Por un lado, el quiebre de la Eurozona devastará al sistema financiero global, dado que cualquier país endeudado entrará en default al mismo tiempo. Por otro lado, Alemania se opone a la solución más razonable: permitir que el BCE sostenga la deuda europea, impulsar la demanda interna alemana permitiendo que los salarios y el gasto fiscal aumenten, implementar un enorme Plan Marshall europeo para la periferia emitiendo eurobonos.
Este es el triste final de una linda historia europea de construcción de una sociedad justa y eficiente. Tal vez, cuando las cosas empeoren, incluso para los alemanes, el fracaso de la austeridad lleve a medidas más progresivas. Sin embargo, eso no compensará el sufrimiento innecesario que imponen las políticas vigentes sobre millones de europeos. La presión de Estados Unidos y las economías emergentes para que Alemania asuma un liderazgo regional y global y no se comporte como Suiza serían de gran ayuda.

Original Pagina 12

See in English here

1 de abr. de 2012

El Fantasma de la Hiper


por F. Amico & A. Fiorito

                         El BCRA habría comprado el Helicóptero Ben adaptado a pesos  para usar en la Argentina

El fantasma de la hiperinflación de 1989 recorre el debate tras la reforma de la Carta Orgánica del BCRA. El retorno de una mayor “discrecionalidad” relaja la disciplina sobre el gasto público y parece abrir las puertas a la temida “monetización” del déficit, sentando quizás las bases para una nueva catástrofe inflacionaria.

Como en la hiperinflación alemana de 1920, en la explosión de precios de 1989 hubieron dos interpretaciones, aunque una se impuso. Una visión simplista culpó a la mala política monetaria y fiscal: el déficit fiscal fue el motor de la hiperinflación y la monetización del déficit su combustible.
En este curioso enfoque el aumento de la oferta monetaria precede a la suba de los precios. Luego, el aumento de precios precede y causa la devaluación. La cadena causal va de la oferta (exógena) de dinero al nivel de precios y, de estos, al tipo de cambio. El diagnóstico subyacente es que el país intentaba vivir por encima de sus propios medios, y el “exceso de demanda” resultante (mucho gasto público) se traducía en aceleración de la inflación y suba de las importaciones, causando al mismo tiempo la crisis inflacionaria y externa. La solución era simplemente reducir el déficit fiscal y la culpa de todo era del “populista” gobierno radical.

Sin embargo, a comienzos de los 80, Argentina había perdido sus fuentes externas de financiamiento, los términos de intercambio se deterioraban, la tasa de interés internacional se disparaba y la demanda externa se derrumbaba por la recesión mundial. Esto desencadenó una severa crisis de balanza de pagos. Además, había aspiraciones salariales reprimidas por la dictadura, que un movimiento obrero aún vigoroso esperaba satisfacer en democracia.
La respuesta del gobierno (América Latina hizo más o menos lo mismo) se basó en el control recesivo de las importaciones y en el aliento a la exportaciones mediante salvajes devaluaciones. La política logró algún crecimiento de las exportaciones al costo de acelerar la inflación y dañar el crecimiento. Fue la década del estancamiento “liderado-por-exportaciones”.

La devaluación supone la reducción del salario real. Si hay resistencia de los trabajadores, puede haber (y de hecho hubo) una espiral tipo de cambio-precios-salarios hasta llegar a la hiperinflación. Diamand llamaba a esto “inflación cambiaria”. Como dijo Joan Robinson respecto de la hiper alemana, “ni la devaluación, ni el déficit presupuestario pueden dar cuenta de la inflación por sí mismos. Pero si el aumento de los salarios nominales se incluye en la historia, el papel que desempeña cada variable se puede ver claramente”. Y llegados a este punto, no es posible estabilizar la economía sin estabilizar el tipo de cambio. En este contexto, al contrario del ingenuo enfoque monetarista, no fue la inflación, sino la devaluación el comienzo de la cadena, la que, a su vez, causa el aumento de los precios y, luego, genera endógenamente la emisión monetaria.

A su vez, el gobierno hacía formidables esfuerzos (corte de gastos y grandes tarifazos) por reducir el déficit fiscal. Pero era infructuoso. La recesión derrumbaba los ingresos más que los gastos, y generaba déficit fiscal endógenamente. Además, el proceso era reforzado por el “efecto Olivera-Tanzi”, por el cual los gastos corrientes del Estado aumentan junto con la inflación, pero la recaudación (como se hace efectiva con demora) genera un valor real significativamente inferior al del gasto. Luego, el BCRA emitía pesos para financiar el déficit y ponía bonos para “esterilizar” esos mismos los pesos, con la vana ilusión de que no fueran al dólar (el “déficit cuasi fiscal” y el “festival de bonos” eran/son los espantapájaros predilectos del coro monetarista). Pero, en verdad, la crisis fiscal, más que causa, era una consecuencia de la crisis externa y de la inflación.

A comienzo de los años 90, el mayor flujo financiero (junto con la reestructuración  de la deuda), permitió estabilizar el mercado cambiario y con ello los precios. La adhesión argentina a la apertura financiera condujo a una fuerte apreciación cambiaria, una mayor dependencia del financiamiento externo de corto plazo y una gran vulnerabilidad externa. El abundante financiamiento y el bajo crecimiento del mercado internacional de commodities, permitieron la adopción de políticas antinflacionarias basadas en anclas cambiarias. La eficacia del tipo de cambio fijo en el control de la inflación fue reforzada por la existencia de precios internacionales nominales bajos y declinantes. Este fue el secreto del éxito antinflacionario de la convertibilidad y no la “independencia” del BCRA o el fin de la “discrecionalidad” fiscal.

La contracara de estos movimientos, beneficiosos en términos de inflación doméstica, fue el bajo crecimiento del valor en dólares de las exportaciones primarias y la desindustrialización, lo que contribuyó a profundizar la crisis externa. El contexto internacional (y no, insistimos, la política del BCRA) explican en medida sustancial tanto el éxito inicial del ancla cambiaria, como también su vida relativamente efímera. A nivel interno, el fundamento principal fue la declinación de la resistencia salarial gracias a la flexibilización laboral y el alto desempleo que resultaba de todo el esquema.

A principios de los 2000, varios países (entre ellos, Argentina) aprovecharon el rápido crecimiento del comercio mundial para disminuir su vulnerabilidad externa, reduciendo sus déficit en cuenta corriente (o generando superávit), acumulando reservas y evitando la sobrevaluación de sus monedas. Por esta misma vía, los altos precios de las commodities, aunque alivian la restricción externa y permiten mayores tasas de crecimiento, generan condiciones más adversas para el control de la inflación, en un contexto en el cual hay un target de tipo de cambio competitivo y una mayor resistencia salarial (gracias a la reducción del desempleo y la vigencia de paritarias).

Si, como dicen los economistas convencionales, uno debe aprender de la historia, entonces el BCRA puede tener un rol importante en el control de la inflación en el largo plazo. La principal causa de la inflación han sido las crisis de la balanza de pagos. Los shocks externos afectaron la estructura de la economía y cambiaron regresivamente la distribución del ingreso. La estabilización requiere una solución para las crisis externas latentes. El Banco Central puede convertirse en el agente financiero del gobierno en la tarea ardua de producir el cambio estructural, fomentando y financiando políticas de sustitución de importaciones, de inversión modernizadora en infraestructura y de diversificación de exportaciones. En suma, desplazando y removiendo la restricción externa al crecimiento. Sólo entonces habremos alejado los fantasmas de la hiper definitivamente.


ver nota en Página 12